REFLEXIONES SOBRE EL SOBREDIAGNÓSTICO INFANTIL Y LA EDAD ADULTA

REFLEXIONES SOBRE EL SOBREDIAGNÓSTICO INFANTIL Y LA EDAD ADULTA

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TDAH en adultos

Como profesionales especializados en la clínica infantil y juvenil sabemos que las clasificaciones diagnósticas en la infancia están en auge. Cada vez son más los niños y niñas que presentan algún diagnóstico y reciben el correspondiente tratamiento farmacológico como único modo de abordar el padecimiento que los aqueja. Muchos profesionales venimos denunciando esta práctica por ser excesiva y, de alguna manera, reduccionista y poco atenta a las circunstancias personales, históricas y familiares que tiene cada niño o joven. También alertamos del escaso lugar que se le da a la psicoterapia para tratar el sufrimiento que niños y adolescentes presentan en nuestra época. Sin duda es una realidad sobre la que es necesario reflexionar ya que no somos ajenos a ella cuando acuden a nuestras consultas niños y niñas clasificados o rotulados con un sinfín de etiquetas diagnósticas.

Entiendo que todas las reflexiones, escritos y encuentros profesionales que surgen en torno al exceso de diagnósticos y medicalización en la infancia nos acompañan en cada encuentro clínico con un niño o adolescente.

Los profesionales, preocupados por este exceso, nos preguntamos por el niño/a o adolescente que hay tras el diagnóstico. Intervenimos con una idea flotante: abrir ese reduccionismo y conocer toda la complejidad de cada caso para conocer las motivaciones personales, su historia, su contexto, para dar voz al sujeto que padece.

Con todo este “eco teórico” me encontraba atendiendo a una joven de 24 años. Aunque su motivo de consulta fuera otro, venía quejándose hacía días de sus dificultades con los estudios universitarios. Decía “ya no es como el instituto”, se aburría a pesar de estudiar algo que le gustaba y estaba decidida a acudir al neurólogo para descartar un diagnóstico más propio de la etapa infantil que de la adulta. Veníamos trabajando la significación de sus dificultades cuando se planteó la posibilidad de un diagnóstico. Buscaba refugiarse en un diagnóstico de TDA-H y desresponsabilizarse de sus inhibiciones académicas. La confirmación del diagnóstico la alojaría en una problemática cerebral y no mental que podría resolverse farmacológicamente. ¡Qué sencillo! Además, le serviría para confirmarle que “no puede” y… ¡Fin de la historia! Según avanzaba la intervención terapéutica se hacía evidente el desplazamiento y la confusión con el conflicto materno. Desde hacía tiempo se mostraba irascible con su madre y llegaba a desconfiar si era cariñosa o amable con ella. Su enfado estaba en parte relacionado con los mensajes negativos que recibió de niña sobre su falta de capacidad intelectual. Frases como “pareces tonta”, “no piensas lo que haces” o “eres muy despistada” se repetían a menudo. Lo que estaba en juego, más allá de las dificultades académicas, era su posición en relación al conflicto con su madre. ¿Podría salir de él o quedaría fijada a la queja, a la apariencia de incapaz y por lo tanto al diagnóstico?

Vivimos en una época, marcada entre otras cosas, por el borramiento de las diferencias entre generaciones. De la mano de la simetría reinante entre el mundo adulto e infantil llega la confusión en unos y otros. ¿Es posible que en este contexto social nos encontremos con adultos que se identifican con diagnósticos más propios de la infancia que de la adultez? Eso parece.

Nuria Sánchez-Grande
Psicóloga psicoterapeuta
Miembro de la comisión directiva de AECPNA