Número 15

CICLO DE SÁBADOS: LOS ROSTROS DE LA MASCULINIDAD

Masculinidad perversa y fagocitación de la mujer: caso clínico

Por Teresa Sánchez Sánchez

Resumen: El objetivo que me guía es ofrecer una serie de vislumbres de un caso clínico complejo en el que la sexualidad cobra un valor simbólico y real en la estructu­ración de entramados relacionales muy alienantes para las mujeres. En se­gundo lugar, presento hipótesis interpre­tativas que plasman el desenlace de la intimidad perverso-narcisista creada desde un falso self. Pretendo evidenciar una ligazón indiscutible: los procesos que articulan la identidad son los mis­mos que tejen la intimidad: imposibili­tada ésta, no puede erigirse aquélla. Tanto la identidad masculina (¿qué sig­nifica ser hombre?) como la imposible intimidad con los objetos poseen en los fragmentos clínicos presentados un re­lieve importante, aportando muy breve­mente hipótesis psicodinámicas para su comprensión. Se aportan significativas viñetas de la historia clínica de un pro­yecto fallido de psicoterapia psicoanalí­tica que destapó –bajo la superficie de una depresión reactiva- una estructura perversa en una personalidad como sí.

PRESENTACIÓN CLÍNICA

El paciente (H.M.), de 56 años, acude a consulta deprimido y desubicado tras su segundo divorcio. Tiene dos hijos, uno con cada una de sus exmujeres, pero mala relación con ambos. Procede de una familia industrial del campo, dedi­cada por tradición desde hace tres ge­neraciones al mismo negocio. Es el ma­yor de 5 hermanos, todos ellos varones; su padre, fallecido hacía 15 años y la madre hacía 10. No mantiene contacto con ningún miembro de su familia de pri­mer o segundo grado por lo que se en­cuentra socialmente aislado. Sus únicas relaciones sociales son ocasionales dentro del seno de grupos de Singles, en los que espera obtener algunos pla­nes de excursiones, vacaciones, cenas o ligues, y, si ello fuera posible, una nueva pareja. Su vida cotidiana carece de alicientes fuera del trabajo, tras cuya jornada se encierra en casa viendo tele­visión o chateando al ordenador.

Mantiene de sí mismo una creencia (yo ideal) que sugiere rasgos megalóma­nos, encubridora de un narcisismo muy frágil y sobrecompensado, pero que dista enormemente de la visión que tie­nen los demás sobre él. Así, por ejem­plo, él se define como un hombre bien situado, capaz de vivir en la mejor zona de la ciudad, tener coche de marca, que puede comprar siempre lo mejor, apuesto, que ha ido a colegios de pres­tigio, y que puede pagar siempre los me­jores servicios (abogado, asesor fiscal, médico, psicólogo, etc.). En su disfraz de arrogante autoestima pesan como bal­dones tres rasgos físicos: tiene un vien­tre abultado, papada y ojeras, tras las gafas. Sin embargo, ante mi mirada, lo que se muestra reiteradamente es que presenta una higiene descuidada, acude lleno de polvo y con su ropa a me­nudo sucia, que emite muy mal olor, que habla en tono despótico y que, tras la cortesía elemental inicial, pasa a em­plear un lenguaje imperativo que refleja en la transferencia el modo en que se di­rige a empleados y contratistas.

Mi percepción es que me invisibiliza y no me contempla como un ser humano, pese a que –dice- se ha informado sobre mí y le han dicho que “soy la mejor”, por eso “compra y paga” mis servicios. En el transcurso del primer año de terapia, se me hace evidente que él ha comprado una función, más allá de la cual neutra­liza mi condición de mujer, mi edad o as­pectos de mi salud muy llamativos y sig­nificativos (por los que me vi obligada a suspender el tratamiento durante casi 3 meses), por los que jamás llegó a intere­sarse. Siendo muy sarcástico siempre con la indumentaria o estilo de todas las mujeres con quien trataba, con su ‘clase’ en las ropas, peinado, maquillaje, etc., jamás emitió opinión alguna sobre mi aspecto físico o mi forma de vestir, pero no porque fuera respetuoso o no se atre­viera, sino porque solo me asignaba una función terapéutica que podía prescindir de cualquier componente humano. Cali­ficaría esto como función oracular. Trato alienante e instrumentalizador en su vida diaria (sus empleados no tenían nombre para él, y el resto serían: el ca­marero, el portero, el transportista, el asesor…) que vuelca en la transferencia un guion relacional idéntico. Él espera que yo –al modo de una máquina expen­dedora- suministre soluciones a sus pro­blemas y “le ponga en condiciones de volver al mercado” a conseguir una mu­jer joven antes de que se haga dema­siado viejo o se estropee todavía más. Se refiere a que presenta bastantes trastornos y patologías crónicas: dislipe­mia severa, hipertensión arterial, soplo cardiaco, claudicación intermitente, dia­betes secundaria e impotencia fre­cuente. Además, se cuida poco a nada en cuanto a la alimentación y otros hábi­tos de vida y sueño, padeciendo insom­nio recurrente y/o despertares tempra­nos. En su negocio cuenta con pocos empleados, de quien ignora o ridiculiza y devalúa casi todos sus méritos y acti­tudes, y a quien trata siguiendo la misma pauta que su padre aplicaba con los em­pleados cuando vivía. El trato con los re­presentantes y distribuidores que ata­ñen a su negocio es frío, pícaro y a me­nudo manipulador y fraudulento, consi­derando que en temas de dinero están justificadas todas las deshonestidades posibles, porque “si no la metes, te la meten”.

En mi propia elaboración mental tras concluir la terapia por su abandono, he llegado a colegir que la cosificación de la función del terapeuta obedecía a la deformación de un hábito incorporado a su vida: adquiría muchos productos a través de Amazon y otras empresas de telecomercio; de igual forma, conseguía contactos en Internet, que estaban dis­ponibles a golpe de clic y que ni siquiera tenían rostro o nombre (o éste estaba falseado), por lo que la transferencia que volcaba en mí era sobre la función que él precisaba: consejo terapéutico, y sobre el producto que él quería comprar e incorporar a su vida para su mejora personal: seguridad, seducción, atrac­tivo, habilidad oratoria, magnetismo.

Durante los años previos a su segundo divorcio, H.M. se había aficionado a lí­neas de chat con mujeres desconoci­das, creando ad hoc perfiles completa­mente falsificados en los que usurpaba fotos de individuos atractivos mostrán­dolas como propias. Siempre se atribuía en dichos contactos unos 15 o 18 años menos, lo que le obligaba a negar tener hijos (su hijo menor tenía por entonces unos 8-10 años), y a crear una pseudo­logía fantástica que le llegó a poner en situaciones difíciles de solventar, por sus incongruencias y contradicciones. Con la identidad disociada en varios he­terónimos virtuales, mantenía relacio­nes eróticas también virtuales con varias mujeres simultáneamente, pero llegado el momento de plantear un posible en­cuentro físico con ellas, lo eludía y se excusaba porque, naturalmente, tales encuentros hubieran descubierto la es­tafa de identidad que había pergeñado y, además sospechaba, su realidad (tripa-papada-ojeras-gafas) las disuadi­ría. Las relaciones on-line no siempre culminaban en cibersexo, pero H.M. buscaba en ellas un reforzamiento nar­cisístico, dado que con la infinidad de atributos deseables con los que él se en­galanaba (empresa propia, dinero, vi­vienda bien situada, coche de lujo, bar­niz cultural), se aseguraba la admira­ción, los elogios y el deseo de esas mu­jeres desconocidas y a menudo solita­rias y subdepresivas que le avizoraban como una lotería que milagrosamente se había derramado sobre sus maltre­chas vidas. Convencido él de que le pi­ropeaban, halagaban y reconocían a él, y no al avatar o personaje que había fa­bricado.

La ciberadicción invadía su tiempo de ocio y de negocio y le aisló de su mujer e hijo pequeño, siendo conocedora de la misma su esposa, ante quien él alar­deaba de ciertas conquistas en la red y le hacía escuchar sus relatos de triunfos sexuales con otras mujeres, usándolos luego en su propia intimidad sexual con ella como un potente estimulante. No se trataba de un juego o menage a trois en el que la tercera participe deliberada­mente, sino de un tercero excitatorio que incrementa el deseo de H.M. en un do­ble sentido: imaginariamente copula con dos mujeres, al tiempo que impone sá­dicamente a la mujer real el imperativo de asemejarse a la virtual y de ser para él una actriz/prostituta que simule todas las otras identidades de las amantes ci­bernéticas. La connivencia aparente de su esposa no es sino una consecuencia de la extorsión y el sometimiento que H.M. había logrado mediante el despo­jamiento previo de su identidad y su vo­luntad.

Pero retrocedamos en el tiempo para poder sustentar la hipótesis clínica que está expuesta en el título. Durante su in­fancia y adolescencia, era conocido y aceptado por los hermanos que su pa­dre (D.M.) era “un putero”, que aprove­chaba sus viajes de negocios para per­noctar en clubes de carretera o mante­ner relaciones con mujeres que ocasio­nalmente se cruzaban en su camino en bares u hoteles. También era evidente que su madre (R.G.) lo sabía y transigía con ello con una mezcla de rabia, humi­llación y resignación que le fueron agriando el carácter hasta anestesiarla afectivamente y configurar un rictus pé­treo, incapaz de cualquier muestra de afecto hacia sus hijos. La ley patriarcal, el nombre del padre, poseía en ese ho­gar rasgos arcaicos y duros, recubiertos socialmente por una pátina de normas superficiales de cortesía (misa de do­mingo, buenas apariencias en festejos populares, asistencia a los colegios de pago preferidos por la burguesía de la provincia, etc.). Sin embargo, bajo dicho maquillaje, la convivencia familiar era sórdida y violenta verbalmente, abun­dando las descalificaciones, humillacio­nes e invalidaciones a la capacidad inte­lectual de los hijos. Convertirse en ricos, respetados y ocupar un lugar de ventaja entre otros negocios competidores, con­figuraba el mito familiar y se convirtió en lema para todos ellos. En dicho encua­dre, los muchachos no podían entablar amistad con niños del pueblo si no te­nían cierto estatus económico y no eran bien vistas sus relaciones con mucha­chas que no ofrecieran un claro porvenir de formación o ‘dote’ en herencia. Una infancia solitaria, en la que sus amigos escasos eran vetados por no tener el pe­digrí social que la familia aspiraba con­quistar, y en la que H.M. obtenía malas calificaciones y comía de cara a la pared fuera de la mesa de comedor, cual si ésta fuera un pódium al que hubiera que merecer ascender.

Cuando H.M. cumplió los 22 años, la fa­milia se confabuló para ‘elegirle’ una no­via, que era, por descontado, la más guapa de la comarca. Con ello, consoli­daban su prestigio y su poder, porque no solo iban prosperando económica­mente, demostrando su habilidad y sa­gacidad empresarial, sino que acredita­ban que sus chicos poseían la prestan­cia suficiente para hacerse acreedores de la belleza: machos alfa, mostrando poderío en la berrea. No se trató de un matrimonio concertado al estilo del me­dio rural en épocas pasadas, sino de la insinuación que adquiere el valor de una orden, de la que no es posible sus­traerse, a riesgo de desobediencia y os­tracismo familiar.

H.M. recuerda que, desde pequeño, in­tuyendo por el malhumor y la frecuente tristeza de su madre, por las discusiones domésticas -donde se verbalizaban las acusaciones de infidelidad con prostitu­tas-, y por la jocosidad de los comenta­rios de su padre con su tío sobre las mu­jeres, desarrolló pensamientos e inquie­tudes hipersexualizados, quedando no obstante reducida la sexualidad a mera actividad (y no a muestra afectiva o co­municativa) y permaneciendo como un virulento tabú que quemaba su mundo imaginario con un tinte tribal y primitivo como en la alienada y alienadora sexua­lidad del padre. Por ello, una de las acti­vidades obsesivas que H.M. acometía desde los 9 años era: recortar fotos de revistas con mujeres desnudas o en po­ses insinuantes, y transcribir pasajes de novelas (como El amante de Lady Cha­terley, entre otras) donde se describían minuciosamente muchos de estos con­tenidos y se abría a su fantasía un sinfín de posibilidades a ejecutar en el futuro. Su escuela de sexualidad fue la promis­cuidad paterna. Nuevamente, sobresale esta cualidad deshumanizada que se haría presente en H.M., ya que las mu­jeres eran etiquetadas como productos de consumo impersonal y efímero, cual producto de supermercado. El coleccio­nismo de imágenes y pasajes eróticos era, en la configuración psicosexual de un niño, un puente a la posesión poste­rior: recortes en un álbum secreto. La di­sociación patriarcal: mujer/madre, mu­jer/objeto de deseo fugaz, se repetía como un guion transgeneracional.

En su imaginario, él tendría que ser un amante capaz de sumar y superar todas las variantes sexuales desplegadas por los personajes literarios, cuyas hazañas admiraba y aspiraba a realizar algún día. Mi hipótesis a este tenor es que: en el coleccionismo de álbumes de recortes y pasajes eróticos transcritos, él estaba expropiando de su intimidad a otras per­sonas/personajes para componer una identidad de súper-macho, aspecto cen­tral en sus identificaciones con la figura paterna y en la idealización del patriar­cado más rancio que impregnaba el en­torno familiar. Podría juzgarse que se trata de un itinerario de aprendizaje co­mún a niños y adolescentes, pero en H.M. tenía un componente obsesivo y paranoide que desbordaba cualquier rito iniciático: esbozaba su ideal del yo más afín con la imagen paterna, al tiempo que erigía un rasgo central en su identi­dad: qué significa ser hombre: ser “todos los hombres”, aunar en un macho, toda una manada de machos. La ambivalen­cia hacia su padre admirado/odiado im­pregnó sus identificaciones: de una parte, deseaba ser el omnipotente com­prador (conquistador) de mujeres; por otra, lo escarnecía por desdeñar y ultra­jar a su madre con sus aventuras furti­vas y adúlteras. Su padre (D.M.) y él mismo actuaban cual si cumplieran una consigna ancestral: los hombres tienen el derecho y el deber de demostrar que lo son acumulando el mayor número de mujeres bajo su poder, rubricado con una sexualidad parcial que despojaba de identidad (nombre, rasgos, atributos) a cuantas mujeres accedieran. No me resisto a introducir el concepto adquisi­ción, en lugar de relación, ya que para ambos faltó siempre el reconocimiento de la subjetividad del otro (u otra), y no alcanzaron jamás una forma de inter­cambio en la que el otro fuera un ser completo e integrado, más allá de la fun­ción específica y temporal que le asig­naran: procreación, sexo, compañía, ne­gocio, compra-venta.

El primer matrimonio duró 10 años, y se rompió por infidelidades de ella, sanita­ria en un hospital importante, y que, se­gún él, se había acostado con media plantilla de médicos. Lo que hace de este episodio algo singular es lo que co­menzó a suceder a partir de entonces: durante los meses que siguieron al des­cubrimiento y la explosión pública del ‘escándalo’ y que, por descontado, justi­ficó que a ella la juzgaran una puta y que la familia de H.M. le obligara a repudiarla y a separarse de ella, es que continuó teniendo encuentros clandestinos con ella –desprestigiada como mujer pero revalorizada eróticamente como amante-, teniendo a partir de este mo­mento el mejor sexo de toda su historia conyugal. El material con que se alimen­taba el deseo de H.M. era la evocación supuesta y minuciosa de los episodios de adulterio que ella había mantenido durante su matrimonio, ingrediente éste en el que ella consentía porque se sen­tía adulada al comprobar en él un enar­decimiento pasional que no existió du­rante su convivencia regular previa al adulterio y al divorcio. Mi propuesta in­terpretativa es la siguiente: H.M. fagoci­taba las virtudes amatorias de los aman­tes de su exmujer, empleándolas en sus encuentros, pues trataba de demos­trarle/se que él era mejor amante que ellos y podía ofrecerle a ella una mejor intimidad erótica. Asimilaba, se apro­piaba y reproducía los comportamientos de sus rivales y construía imaginaria­mente un escenario en el que él triun­faba sobre ellos porque, buen aprendiz, emulaba la creatividad de los otros y de este modo trascendía una identidad em­pobrecida y torpe, deviniendo “todos los hombres” y el mejor entre ellos. No se trataba en absoluto de un intento de re­incorporar al objeto perdido, completa­mente denigrado y aborrecido por la hu­millación pública que le había infligido al haberle ‘puesto los cuernos’, sino de una autorreferencial exhibición de narci­sismo perverso: si él se acostaba con su exmujer adúltera triunfaba sobre el resto de los hombres (machos) que antes ha­bían estado con ella, por lo que se coro­naba como el vencedor entre los aman­tes.

Sin lo que precede no puede entenderse la siguiente viñeta: En sus viajes de ne­gocios, aún en vida de su padre –ac­tuando como testaferro del mismo y como hermano mayor- comenzó a via­jar para diversificar y expandir el nego­cio. Casado aún con su primera mujer, comenzó su propio álbum de mujeres de carne y hueso (ya no cromos, recortes de Interviú, pasajes de novelas o posta­les eróticas), repitiendo la pauta paterna de clubes de alterne y relaciones furti­vas,  que él no computaba como infide­lidades porque a su juicio no eran más que expresiones del ejercicio normal de la masculinidad que él había introyec­tado y sin más función que el puro desahogo fisiológico (racionalizaciones sobradamente comunes en nuestro en­torno cultural y de las que están transi­dos millones de hombres y mujeres, contemporáneos nuestros todavía). Si se da pábulo a su confesión, habría es­tado con más de 200 mujeres en su vida. No es este el asunto que, no obs­tante, deseo resaltar ahora, sino su ha­llazgo del placer voyerista que pronto descubrió: solía alojarse, si era posible, en hoteles que tuvieran ventanas a par­ques o jardines y, aprovisionado de unos prismáticos, observaba las activi­dades de las parejas en los alrededores. Esta variante de su coleccionismo de estampas la expresó ante mí con bas­tante más vergüenza y pudor que otras y una vez más la racionalizaba como una fórmula para contrarrestar su inse­guridad y su fragilidad: “no quería que­dar anticuado y fuera de onda en sus prácticas amorosas y por eso absorbía con sus ojos esas nuevas ideas de la se­xualidad fugaz y juvenil”. Mi hipótesis es aquí que expropiaba y robaba la intimi­dad de otros para construir una intimi­dad potencial e imaginaria en la que su propia angustia de castración no existía porque, mirando, se convertiría en com­petente y tendría todas las fórmulas de éxito sexual que le impedirían fracasar como hombre, ya que emulaba a “todos los hombres”. El sexo voyeur que prota­gonizó en la década de sus ’30, fue re­emplazado por el cibersexo voyeur en su década de los ’40 y por las páginas de contactos en sus ’50. En todos los ca­sos, una personalidad como sí, inscrita en una fantasía megalómana y perversa regida por un yo ideal delirante fagoci­taba y se apropiaba de todas las aven­turas sexuales que contemplaba ne­gando su propia castración y su impo­tencia. Su realidad tan prosaica y sór­dida de hombre cornudo, abandonado y solitario era suplantada en su voyerismo por el simulacro de un galán irresistible, sabio en sus artes amatorias, seguido y aclamado por varias amantes a quienes imaginariamente había conquistado desde sus falsos perfiles con fotos roba­das.

Un episodio más en esta andadura per­versa, tal vez el más sádico de todos ellos, se desarrolla durante su segundo matrimonio. Se casó con una mujer agraciada, 10 años menor que él. Du­rante sus primeros años de casado, él la devaluó y sometió porque a la par que mantuvieron los primeros contactos, ella estaba viéndose todavía con quien ha­bía sido su pareja anterior, en una serie de cariñosas despedidas, que certifica­ban la ambigüedad y las dudas que ella tenía sobre a quién elegir definitiva­mente. No teniendo trabajo propio ni for­mación completa, bastante dependiente de su familia de origen, se decidió por H.M., a juicio de él porque le ofrecía ma­yor tranquilidad económica y no preci­saba buscarse un empleo. H.M. gusta de exhibirla en sus paseos por las calles céntricas de la ciudad, mostrando a to­dos que su primer ‘fracaso’ matrimonial no le ha derrotado y que no ha quedado mancillado por el adulterio, puesto que él ha conquistado a una chica joven y sin ‘cargas’ de hijos: una mujer de primera división, como la presentaba él. La inti­midad sexual que van confeccionando entre ambos se va tiñendo de crecientes elementos de dominación por su parte, incorporando gradualmente ingredien­tes sádicos claros: por ejemplo, para su estimulación sexual, la coacciona a vi­sionar películas pornográficas y, sobre todo, se hacía contar pormenores de los encuentros que ella había mantenido con otras parejas previas.

H.M. se irritaba y violentaba conociendo lo que su mujer era forzada a referirle -siendo falso en gran medida-, para esti­mularlo sexualmente y a lo que ella ac­cedía para que acabara cuanto antes y la dejara descansar, a menudo entre lá­grimas y dolorida. En uno de estos terri­bles momentos, ella relató que su propio padre la obligó a copular con él. El pre­sunto incesto y otras truculentas agre­siones sexuales narradas por ella obraba el milagro de vivificar una sexua­lidad que mostraba ya impotencia oca­sional pero cuya culminación orgásmica él vivía como un desafío diario. En para­lelo, su mujer acusaba el desgaste emo­cional de estos atropellos a su dignidad y a sus secretos, sintiendo paulatina­mente que aquello que representaba su mayor bochorno personal se convertía en afrodisiaco que enardecía la virilidad declinante de su marido. Las vivencias que más la degradaban a ella eran utili­zadas por su marido para despojarla de su condición de mujer y convertirla en un objeto mediador en su reafirmación se­xual. La consecuencia fueron manifesta­ciones depresivas: llanto, abulia, replie­gue, reforzamiento de los lazos con su familia de origen y, finalmente, el aban­dono sin preaviso ni nota explicativa de la casa conyugal. Es obvio para mí que, con ella, H.M. perpetró

Un abuso más grave que los anteriores, una violación de su cuerpo y de sus lími­tes, invadiendo aquello que ella necesi­taba mantener en penumbra y en silen­cio para poder respetarse mínimamente a sí misma. Como no le fue posible, pagó el precio de despersonalizarse: devino una muñeca, un personaje que exageraba estridentemente todas las transgresiones para complacer otra forma de voyerismo auditivo (las histo­rias eróticas de las violencias sexuales de las que ella, presuntamente, había sido víctima. Mi hipótesis a este res­pecto es: con ella, H.M. dio un giro de tuerca más en la necesidad de construir una pseudoidentidad de macho y una pseudointimidad de marido: de cara al exterior, estaba casado con una mujer “virtuosa”, pero él la moldeaba y extor­sionaba para convertirla en la intimidad en una incestuosa mujer, triunfando con ello frente a otros hombres y frente al ri­val-padre.

Una vez consumado su segundo divor­cio, regresa sin restricciones a su viejo hábito de las páginas de contactos. Fal­seando y ocultando siempre las caracte­rísticas que le avergonzaban, se aven­turaba esporádicamente a tener en­cuentros sexuales con chicas con las que había conectado en el coqueteo vir­tual, pero al no atreverse a desvelar los rasgos que él pensaba que las ahuyen­taría, planificaba una escena erótica que puedo entender como de antivoyerismo. En una ocasión, acordó un encuentro con una chica que tenía la misma edad de su hijo mayor, por lo que él se sentía halagado y reforzado, pero para no des­cubrir el engaño de ella simuló un juego: ella llamaría al timbre, él la abriría y la esperaría en la cama sin luz alguna. Él guiaría sus pasos con su voz, de tal modo que el encuentro erótico no ten­dría prólogo ni visual, ni de conversa­ción. De forma tal, que él sacrificaba su pasión de ver a su joven conquista a cambio de no ser visto por ella, preten­diendo con ello mantener la ficción de ser como el joven avatar de treinta años que había fabricado en su perfil. Ella ac­cedió, pero el tacto la sacó de su engaño y le propinó una vivencia de humillación y bochorno que ni esperaba ni sentía merecer, huyendo muy violenta por el ul­traje.  Mi hipótesis en este punto es que, a oscuras, H.M. jugaba plenamente con su pseudoidentidad y manipulaba al ob­jeto como un fetiche confirmatorio de su hombría, siendo el hombre en plenitud que, desde la impostura, había creado en la representación mental de sus amantes.

Una última viñeta ilustrativa de su es­tructuración perversa: comenzó a viajar al Caribe tras comprobar que ninguna mujer de las que conocía en singles o en foros de internet le interesaba. Rehuía cualquier situación que pudiera compro­meterle a mantener encuentros sexua­les con ‘amigas’, no se preocupaba de no experimentar deseo sexual alguno hacia ellas, sino que la intimidad le re­pugnaba. Reducía a todas las mujeres a una burda categorización: “follables y no follables”. Pues bien, las mujeres reales a su alcance pertenecían sin excepcio­nes al segundo bloque, pero su prurito identitario de hipermacho le dictaba que debía tener intimidad sexual con muje­res, aunque para despertar su deseo y burlar su impotencia creciente debiera recurrir a píldoras azules y a mujeres muy jóvenes. En el Caribe recuperaba –puede ser que con alguna menor- su yo ideal de virilidad sobresaliente. Lo asombroso es que, al fin, pudo renunciar a la intimidad y a la comunicación real o impostada. Solo le fue vitalmente impor­tante para su supervivencia personal preservar lo que consideraba troncal en su identidad: ser ‘hombre-macho’, en­carnar a su propio padre.

De los malestares de la masculinidad a los “molestares”.

Jablonka (2017), en una durísima obra en la que traza y reconstruye las varia­bles que confluyeron en la muerte vio­lenta de una chica francesa con tan solo 18 años, a manos de un desalmado de­lincuente reincidente, contempla los múltiples rostros de la masculinidad que forman parte de la sociedad del siglo XIX:

El espectro de las masculinidades des­carriadas del siglo XXI, tiranías de ma­chos, paternidades deformadas, el pa­triarcado que no termina de morir: el pa­dre alcohólico, el nervioso, histrión exu­berante y sentimental; el cerdo paterno, el pervertido con mirada franca, el padre que te da lecciones mientras te toquetea en los riñones; el cabecilla adicto, pre­suntuoso, posesivo, el que jamás será padre, el hermano mayor que ejecuta a manos desnudas; el jefe, el hombre del cetro, presidente, decisor, potencia invi­tante. Delirium tremens, vicio untuoso, explosión mortífera, criminopopulismo: cuatro culturas, cuatro corrupciones viri­les, cuatro maneras de hacer de la vio­lencia una heroína (Jablonka, 2017, p. 364).

El retrato (o perfil) dibujado de este hom­bre difiere mucho del ofrecido por Verdú (2001) hace unos años al hablar de las nuevas masculinidades. No se ha resi­tuado ni ha elegido a partenaires que le ayuden a reubicarse en el nuevo ajuste de sensibilidades y géneros. Superficial­mente se muestra como un ‘caverní­cola’, desvirilizado pese a su machismo y al sometimiento de sus objetos. Entre todas las etiquetas diagnósticas que le son aplicables, la de “perverso narci­sista”, podría ajustarle como un traje, pues para afirmarse, debe destruir. Hay una voluptuosidad en la bajeza y un triunfo en la derrota o humillación de las figuras de relación que son, a un tiempo, fútiles para su afectividad, pero impres­cindibles para su afirmación masculina (Hirigoyen, 1999). Su frágil narcisismo le empuja a robar, a vampirizar a quienes trata. Luego carga sobre ellos sus pro­pios fallos, externalizando cualquier culpa, sintiéndose víctima ultrajada. Pri­mero enferma a sus víctimas para luego erigirse en su curador o en el atento es­poso que se ocupa de sus parejas des­carriadas en la depresión o en las soma­tizaciones. Representa ese oxímoron que es el torturador salvavidas. Vacía a sus víctimas para luego ‘salvarlas’ (Bou­choux, 2016).

Cuando Bonino (1998) se propuso “de­construir” la supuesta normalidad mas­culina, achacó gran parte de la culpa a los cuatro preceptos o mandatos que han pesado sobre el hombre; imperati­vos que han marcado una disyuntiva so­bre el ser o no ser un hombre, que, en suma, es sobre la identidad/no identidad masculina. Responder a ese implícito: ¿Qué significa ser un hombre? Se ve atravesado por cuatro ideas tan básicas que parecen los cuatro elementos bio­químicos que componen el ADN: 1) No tener nada de mujer, 2) ser importante, 3) ser duro, 4) hacer mi deseo (cumplir mi deseo). De resultas, emerge una nor­mativa hegemónica de género respon­sable de organizar la producción de masculinidades que pasan por ser ade­cuadas, integradas, correctas, pero que esconden una amplia diversidad de ma­nifestaciones psicopatológicas. Sin em­bargo, convertir en paradigmática de la normalidad/salud la identidad masculina deja oculta a simple vista la perversión y el malestar múltiple que viven los hom­bres y más aún el molestar múltiple que causan a los demás (compañeros, hijos, parejas), sobre todo si se trata de muje­res (de sus mujeres).

La articulación de la identidad masculina tiene mucho que ver con la acomoda­ción a unos ideales y arquetipos que es­tán en la cultura pero que tejen también la subjetividad intrapsíquica. Bonino, hizo un perfil certero de H.M. al escribir lo siguiente:

tener una representación de sí como va­rón es el resultado de la constitución predominante de una subjetividad con lí­mites yo/otros hiperreactivos, confor­mada por un yo centrado en sí y en el logro con la narcisización del dominio y la violencia, un Yo-ideal de perfección elevada y grandiosa, un sistema de ideales muy elevados centrados en el dominio y control de sí y otros (…), un superyó con alto contenido de mandatos narcisistas y de crítica severa, un predo­mino del deseo de dominio, un deseo sexual legitimado y vivido como autó­nomo, la proyección y el control de la ac­ción como formatos de reacción frente al conflicto, un desarrollo logrado de habi­lidades instrumentales y un tipo de vin­culación desconfiada y poco empática (Bonino, 1998).

Aplicando la peculiar psicopatología con visión de género que se extrae de su propuesta, me resulta útil entender a H.M. a la luz de diversos malestares y molestares diversos:

MALESTARES MASCULINOS:

A.1.     Trastornos por sobreinvesti­miento del par éxito-fracaso.

A.1.1.  Trastornos por búsqueda Im­perativa del éxito y control.

A.1.2.  Obsesiones-compulsio­nes por la sexualidad propia o ajena…

A.1.3. Trastorno por sentimiento de fracaso viril.

A.1.4.  Retracción vital, timidez, aislamiento, falta de deseo…

A.2.     Patologías de la autosuficiencia con restricción  emocional.

A.2.1. Síndrome de impasibilidad mas­culina.

A.2.2.  Alexitimia: pensamiento operatorio, trastornos somáticos, falta de empatía.

A.2.3. Fobia a la intimidad (guar­dar las distancias).

A.2.4. Dependencia de la porno­grafía.

A.2.5.  Delirio de autosuficiencia.

A.2.6. Adicción a la tecnología.

A.2.7.  Sobreinvestimiento del quehacer para sí.

A.2.8. Homofobia.

A.2.9. Dependencia emocional de   las mujeres (parasitismo emocional).

A.3.     Trastornos por sobreinvesti­miento del cuerpo-máquina muscular.

A.3.1.  Adicción a los gimnasios, deportes temerarios, con desgarros y fracturas.

A.3.2.  Sobreinvestimiento del cuerpo exterior y desinvestimiento del interior.

A.3.3   Mal manejo de las enfermedades, hospitales, sangre, etc.

A.4.     Hipermasculinidades.

A.4.1.  Machismo grupal callejero, exceso de alcohol y drogas, emparejamiento con mujeres muy jóvenes,

A.4.2.  Comportamientos contrafóbicos que esconden su vulnerabilidad.

A.5.     Patologías de la perplejidad o trastornos de la masculinidad de transición.

A.5.1.  “Perder el norte”, no hacer pie ante la falta de referencias tradicionales.

A.5.2.  Ocultamiento de los ajustes que se hacen en privado para no recibir burlas.

A.5.3.  Crisis de identidad masculina.

A.6.     Trastornos derivados de orientaciones sexuales no tradicionales.

 

ABUSOS DE PODER Y VIOLENCIAS (“MOLESTARES” Y MALTRATOS MASCULINOS):

Suelen ser egosintónicos.

B.1.     Abusos y violencias de género.

B.2.     Abuso de poder y violencias intragenéricos.

B.2.1.  Jerárquicos y generacionales: Bullying acoso a los “menos hom­bres” o a los “menos enterados” (fanatismo): “menos dueños de la verdad”.

B.3      Abuso de autoridad y poder político.

B.4      Patologías de la paternidad y la responsabilidad procrea­tiva:

B.4.1.  Dejación el rol continente/pro-tector parental.

B.4.2.  Uso perverso de los hijos; uso sádico de la educación.

B.4.3.  Rivalidad patológica hacia los hijos varones.

B.4.4.  Huida o desentendimiento ante embarazo u obligaciones.

 

TRASTORNOS POR TEMERIDAD EXCESIVA:

 

Hipervaloración del enfrentamiento al riesgo. El riesgo de muerte, asegura la vida narcisista.

 

–           conducción temeraria,

–           adicción a la aventura, deportes y juegos desafiantes,

–           prácticas sexuales poco segu­ras,

–           apuestas,

–           ingestas brutales de alcohol, comida o drogas.

 

TRASTORNOS POR INDIFERENCIA A SÍ O A OTROS/AS.

D.1.     Patologías de la autosuficiencia indiferente o agresiva.

D.2.     Autocentramiento: “Déjame en paz”.

D.3      Insolidaridad, despreocupación por los prójimos.

 

TRASTORNOS POR EXCESIVA OBEDIENCIA.

Normopatía viril o excesiva adaptación a los ideales de la masculinidad tradicio­nal. No se queja, se pliega a la jerarquía, con la esperanza de trepar y llegar a la cúspide: trepa, aplanamiento vital, fre­cuentes somatizaciones.

TRASTORNOS POR REBELDÍA EXCESIVA.

F.1.      Sociopatía, perversiones, antiso­cialidad.

F.2.      Rebeldías adolescentes.

 

DEPRESIÓN MASCULINA: Suele ser una depresión enmascarada, camuflada bajo la acción, el ocultamiento emocio­nal, la ira, la negación de la debilidad.

Su apariencia suele ser:

Aislamiento.

Irritabilidad.

Escapar de situaciones afectivas y sociales.

Se da el modo huraño: aislamiento silen­cioso, que no acepta que le digan nada, y el modo agitado, con predominio de la irritabilidad, la explosividad y la amar­gura. Un animal enjaulado, hipersuscep­tible, hiperactivo e inaguantable por sus exigencias. Suele descubrirse por sus consecuencias: intoxicación frecuente, accidentes, suicidio, asesinato de hi­jos…

Masculinidad y perversión se conforman recíprocamente

De entre todas las viñetas clínicas resal­tadas, emerge como común denomina­dor una evidencia: la imposibilidad de vínculo fruto del fracaso en el apego in­fantil y de un narcisismo primario erigido sobre bases artificiosas y frágiles (ver-ser vistos, aparentar, dominar, acapa­rar, poseer). La estructura perversa y cí­nica se sedimenta tempranamente por la introyección de la figura paterna, de muy parecidas hechuras a las propias, imagen y encarnadura de un ideal del yo deformado en la creencia de que sus rasgos llevaban aparejado el éxito social y económico, la hombría, el dominio pa­triarcal sobre la prole y el respeto teme­roso de los plebeyos asalariados a su cargo.

Ese tipo de construcciones ideológicas y culturales persisten en mundos de pen­samiento y acción que suelen quedar fuera de los consultorios, pues la inca­pacidad de introspección y mentaliza­ción por parte de personas tan primitivas como H.M., no demandan ayuda tera­péutica que pase por la palabra. ¿Qué razones ciegas me guiaron a mí para aceptar un caso que, a juicio de Betty Joseph, podría parecer claramente inac­cesible y a juicio de C.A. Paz inanaliza­ble?: La sintomatología depresiva que en el momento de la consulta destacaba por encima de cualquier otra considera­ción. Filtré la dificultad de adaptación de un hombre cuyo modelo mental y su pa­trón cognitivo estaba claramente des­ajustado del contexto, de un entorno que le aislaba y repelía porque él encarnaba coordenadas medievales de virilidad y lo repelía como apestado social. Él no bus­caba en la terapia resolver su sufri­miento mediante su ajuste y cambio, sino potenciando el atractivo que garan­tizara la perpetuación de un modelo de poder y control sobre el otro. Por lo de­más, sus objetos de relación debían adaptarse a sus pretensiones, abando­nándolos si no cumplían la función de objetos-narcisistas, esto es: si no eran lo bastante guapas, ricas, interesantes, jó­venes, bien decoradas…

La personalidad perverso-narcisista de H.M. desemboca en depresión ante el fracaso de las construcciones idealiza­das y fetichizadas de objeto. Cuando és­tas se desmontan porque las mujeres yuguladas se apartan. Destruyendo su yo ideal fastuoso pero irreal y quebra­dizo, emerge la depresión narcisista. Las performances perversas que he na­rrado (muy sintéticamente) semejan ser el equivalente teatralizado de un yo ma­níaco omnipotente, mediante el cual puede inventarse, crearse y construirse como un impostor siendo el hombre/los hombres que nieguen la castración del hombre real, su impotencia, vejez, inani­dad, soledad. Cruz y cara de un narci­sismo primario cuarteado y cuestionado, puesto a prueba e invalidado, en cada ocasión en que ha necesitado soste­nerse sobre pilares extrafamiliares.

Certificación de un nuevo hombre de narcisismo depauperado por la crisis del modelo patriarcal y el advenimiento de mujeres libres, que pueden elegir (mejor dicho: pueden no elegirle), dejando en evidencia su ridiculez. Preferir la muerte antes que ser humillado o descubierto en su precariedad. La única forma de evitarlo es no admitir en su círculo a nin­guna mujer igual, así puede anularlas, vejarlas o tiranizarlas.

 

Lo inquietante.

Crastnopol (2019), en su obra sobre mi­cro-traumas, incluye una variante micro­traumática que denomina “intimidad in­quietante”. En ella, uno se apodera del otro. La dulzura de la intimidad enmas­cara y oculta la agresión o el abuso que se comete. En cada pareja hay que dis­tinguir cuál es el límite exterior, pero también cuál es el límite interior que se pone: el límite de intolerabilidad. Es claro que en las relaciones establecidas por H.M. buscaba crear intimidad pero elegía una forma perversa pues eludía la autenticidad. El resultado fue una si­mulación que precisaba crear la “coope­ración deseante y seducida de un objeto externo”. Aparentemente, sus parejas son cómplices de sus de aproximacio­nes perversas, pero son forzadas a una complicidad con el juego de su perpetra­dor, sin disfrutar en absoluto del mismo, vivido como tortura. A H.M. la ‘intimidad inquietante’ no le provee alimento psí­quico alguno, mientras que a sus pare­jas les roba esas confesiones estimulan­tes con la violencia de la posesión, so pretexto de construir un lazo fuerte de entrega mutua.

Adopto el criterio de McDougall (1998) para avalar el diagnóstico de masculini­dad perversa, basada en: (1) coacción (dominio, ejercicio de poder) sobre un sujeto no autónomo o vulnerable, (2) au­sencia de empatía con el otro, o incluso despersonalización del otro. Por consi­guiente, (3) hay una falla esencial en el reconocimiento de la subjetividad del otro, razón por la que también se pro­duce (4) un fracaso inapelable en la in­tersubjetividad, en la mutualidad, en la reciprocidad y en la co-creación de un verdadero espacio de encuentro y fe­cundidad. Finalmente, (5) ausencia de intimidad porque no atribuye identidad al otro y porque anda buscando la suya propia.

Es patente la repetición de los guiones de vida transgeneracionales que pendu­lan entre lo mismo y lo idéntico, mos­trando la clonación tanto en el contenido (sexual preobjetal), como en las formas (lenguaje, actitudes), y en el paso al acto perverso entre su padre y él mismo. Cada nueva repetición es una viga más en la edificación del mito familiar patriar­cal. El ‘legado maldito’ que ha alcanzado tanto a H.M. como a sus otros hermanos procede de las identificaciones incons­cientes alienantes (Faimberg, 1985) y opera como “fosilización psíquica”, “en­quistamiento” de la masculinidad del pa­dre-tío-abuelo[1], en una saga que se re­monta al pasado (Kaës, 1998).

Busca objetos que no se rebelen, como no lo hizo la madre, que solo actuó pós­tumamente su ferocidad contra el padre. No por casualidad, todas las esposas de los hermanos y las suyas propias sí eje­cutaron esos enactment que su madre no actuó, certificando con ello que reac­cionaron a la obsolescencia del modelo patriarcal heredado. Ellas sí actuaron la protesta desgarradora que su madre re­primió.

Subrayaré una vez más la escisión del afecto, que permite desplazar toda su carga sobre una sexualidad-cosa, pro­saica y no vinculante. Casi retórico y capcioso es señalar la fijación ambiva­lente, no integrada, a sucesivos objetos parciales que le defienden de la fusión primaria con la madre (amada-odiada) y le protegen del riesgo incestuoso que su identificación paterna podía despertar. En la medida en que las mujeres-cosa de la pornografía o los clubs, podían ser despersonalizadas y mezcladas en una amalgama de cuerpos sin rostro ni nom­bre, solo quedaba preservado el nom­bre-rostro de la madre. Y en la medida en que él emulaba las gestas de con­sumo sexual masivo de su padre, su donjuanismo de tarjeta de crédito, podía incorporar la potencia del padre, librán­dose de su fantasma de impotencia y castración.

Despojamiento de subjetividad en la transferencia

Mi incomodidad contratransferencial de­rivaba de la inexistencia de subjetividad y de subjetivación. Ni la poseía él ni la buscaba o se la otorgaba a los objetos de trato (fueran éstos laborales, familia­res o sexuales). La forma de comunica­ción neutra, distante, envolvía las sesio­nes de un aura maquinal e irreal. Vea­mos: al relatar cualquier episodio, la di­sociación se hacía patente con el uso de la tercera persona y de las expresiones impersonales: “uno está cansado de es­perar a quien no llega”, “tener éxito con las mujeres te da puntos”, “se supone que se puede encontrar a alguien más joven y guapa que quiera estar con un hombre de casi 60 años”, etc. No hay sujeto en el discurso, no hay implica­ción, no hay verdadera confesión o en­trega de sí mismo. Su rostro, tanto como sus palabras, opacan, como si de una máquina expendedora de palabras se tratara, cualquier revelación de su mundo psíquico. Sin embargo, no veo en ello, en modo alguno, contención, re­presión o timidez, sino simulación. Juega a esconderse pretendiendo que el experto (la experta) le descubra, sin arriesgar su orgullo, poniéndolo a prueba, exigiéndole/me que le demues­tre que valgo lo que paga por el cumpli­miento de mi función.

Hoy puedo adoptar la creencia de Tab­bia (2018b) según la cual la tarea aco­gedora de un psicoanalista: “consiste en ofrecer una “actitud placentaria” que transforme… actuaciones en significa­dos, y excitaciones en vínculos, que transforme emociones en imágenes” (p. 3). Yo, inicialmente interpreté que bus­caba esa ‘placenta analítica’ que le per­mitiera expandir y liberar su sufrimiento sin riesgos, pero tardó en mostrar toda variedad e inmensidad de elementos beta que fue desgranando, y aún hizo falta más tiempo hasta que mi mente pudo metabolizar la toxicidad que conte­nían y devolverlos transformados en ele­mentos alfa, integrables. Tal fue mi ruta de viaje terapéutico, la aspiración que estimuló mi furor sanandi, pero claro es que fracasé en mi empeño. No podía ha­ber intimidad porque no había intersub­jetividad. Ni él era sujeto, sino arquetipo, ni yo era sujeto, sino función. Su repeti­ción transferencial era la de una transac­ción comercial más; él esperaba réditos, no cambios, y yo era un vendedor más a quien engatusar con la autocompasiva imagen del ‘pobre de mí’.

H.M. reclama de mí una función-ordena­dor (oracular) convirtiendo la sesión en un simulacro de encuentro, reprodu­ciendo el modelo de contacto ciberné­tico que mantiene en sus redes sociales. Cada sesión deposita ante mí el en­cargo de procesar mentalmente un con­junto de síntomas o malestares, deman­dando de mí que ponga en su “carrito de la compra” virtual un elenco de solucio­nes y estrategias que luego intentará aplicar en su vida. Por ese motivo, mien­tras yo hable y le aclare, le interprete o le demuestre que intento conseguir algo, no es necesario registrar ni mi es­tado, ni mi aspecto, ni mis condicionan­tes físicos severos durante un tramo de la terapia. Yo fui despersonalizada en la transferencia como lo eran los contactos virtuales a los que acudía, o los compa­ñeros fortuitos en sus reuniones de sin­gles y las figuras intercambiables con las que se relaciona en los clubs o en sus viajes de negocios.

H.M. me hizo pensar en un estilo de transferencia operatoria (Zubiri, 2018). Su lenguaje descriptivo, enunciativo y concreto, revelaba padecer una grave alexitimia así como una fuerte disocia­ción, un vacío pronunciado del nivel fan­tasmático e imaginario. Un agujero ne­gro que hace densa la ausencia de mente tanto en él como en toda la red familiar y de la que dan cuenta sus nu­merosas y graves expresiones psicoso­máticas. Nunca faltó a una sesión ni se retrasó, incluso a menudo solicitaba más sesiones de las acordadas sema­nalmente, pero no por ello abandonaba el estilo operatorio ni lograba ligar su an­gustia difusa con significantes verbales o emocionales.

La cortesía formal a la entrada y a la sa­lida de sesiones es un envoltorio que trasmite una microagresión y que ejercía sobre mí en la transferencia un efecto microtraumático por encubrir los ata­ques al objeto que comprendían el transcurso de los cincuenta minutos de cada sesión (Crastnopol, 2019).

La impostura

Preguntándome acerca de todo ello, co­lijo que tras la envoltura perversa se aprecian dos problemas: la simulación (pseudoidentidad, personalidad como si, pretend mode) y la inexistencia de es­pacios intersubjetivos (intimidad). López Mondéjar (2019) acuñó la expresión hombres huecos, casi como si hubiera conocido a mi paciente. Claro es: si no hay sujeto, no puede haber espacio intra ni intersubjetivo. Si no hay sujeto autén­tico, solo cabe la simulación relacional de relaciones decepcionantes y vacías. Las mujeres no son ‘objetos’ externos y no dejan en su psiquismo objeto interno alguno. Tan solo son ‘objetos de con­sumo narcisista’. La causa es temprana, viene de la incapacidad de amar de la madre: “no se produjo esa fusión nece­saria con un objeto amoroso, esa aliena­ción necesaria para posteriormente po­der separarse y construirse. Un «yo» normal va a encontrar en condiciones corrientes un refugio en ese narcisismo sano, en ese amor a sí mismo” (García Beceiro, 2016). (H.M.) carecía de ese refugio.

El uso recursivo de las identidades fal­sas en las redes de contacto y su identi­dad fallida me remiten a la personalidad del impostor. En el retrato que hace Gar­cía Beceiro (2016) del mismo, se vislum­bra el hambre de identidad, la oquedad, el vacío narcisístico que conduce a bus­car alguna clase de reconocimiento siendo otro. La solución maníaca o huida hacia delante del duelo no reali­zado por lo que no recibió de amor ma­terno, degenera en un uso instrumental de los objetos de amor, cuya función es llenar su falta de ser. Se da una alter­nancia entre las identidades simuladas grandiosas y deseables (en sus juegos depredatorios con las mujeres en inter­net) y la identidad victimista, quejosa y melancólica que muestra al comienzo de la terapia. Ha recibido el máximo daño y causa el máximo dolor. Nunca pudo habitar cómodamente su propio yo; no construyó un narcisismo saluda­ble, sino lleno de heridas e imaginó que la solución estaba en recibir el refuerzo que las mujeres darían a sus alias. Into­lerante a la verdad ni en sí mismo ni en ellas, sus objetos amorosos son pseu­doobjetos que no le importan sino como alimento narcisista a la identidad que parasita. Racamier (1986) lo denomina­ría “caracterosis perversa” y Paul Den­nis “perverso narcisista” (2012): lo eró­tico, aunque parezca ocupar un lugar re­levante, solo está al servicio de la eleva­ción narcisista de un yo inflacionario.

Se da una suerte de mecanismo de transformación en su contrario, pues cree que el triunfo para él está en pasar de la pasividad del hijo que acata y traga a la actividad del hombre que impone y fustiga. Las formaciones reactivas son también evidentes en sus mecanismos contradependientes. Tal como expresan Schejtman el al. (2017), y como compro­bamos en H.M. en relación a sus pare­jas, la analidad ensuciadora y destruc­tiva que vierte sobre ellas impide el desarrollo de la subjetividad de sus ob­jetos relacionales. Obligándolas a ver pornografía, a oír sus gestas eróticas a través de la red, a detallar sus relacio­nes previas pese a su carga traumática, logra privarlas de voluntad y deseo pro­pios, fagocitando y expropiando su inti­midad, rompiendo cualquier posibilidad de separación entre ambos, absorbién­dolas hasta alcanzar una fusión simbió­tica.

La imposible Intimidad

Cuando la duración de algunas de sus parejas le hubiera permitido crear un es­pacio intermedio íntimo, lo evitó ate­rrado. En esos momentos, fomentaba el escaparate narcisista: deseaba ser visto y admirado acompañado de bellas es­posas que confirmaran su éxito y su condición de macho envidiado. El re­chazo de ellas era vivido más como amputación que como pérdida, pues no es el objeto lo apartado, sino un atributo de su valor narcisista. La calle resultaba fóbica para él sin la compañía de una mujer bella, percibiendo entonces su fra­caso de ser un hombre mutilado en su masculinidad. Complementariamente, el hogar era una jaula de leones y el placer de la intimidad una quimera (Bleichmar, 1999). La dulzura del exhibicionismo está en eludir la castración. Solo era hombre en la mirada de otros hombres que reconocieran su conquista; «Al per­verso se le hace intolerable la intimidad, tanto la propia como la ajena (…), la ac­ción del perverso atraviesa y penetra los más recónditos intersticios en donde la intimidad del otro, mora» (Tabbia, 2018b, p. 195).

Retrospectivamente, tiendo a pensar que su progresiva y casi constante im­potencia se mostraba como un ensayo de neurosis, un modo de abandonar su recalcitrante perversión narcisista. Co­menzó a suceder cuando comenzó a du­dar de su valor narcisista como hombre. Cuando debía medirse con la mirada de una mujer deseada, entonces temía fa­llar y fallaba. Acaso entonces llegara a contemplarse con la mirada de ellas. Acaso entonces podía comenzar a ela­borar una teoría de la mente acerca de lo que ellas veían y su yo ideal maníaco se derrumbaba, se caía, metaforizado en su pene flácido.

Al no haber conservación del objeto más allá del fugaz arrebato pasional, sobre­venía el vacío que empujaba a una nueva búsqueda compulsiva. Destaco lo siguiente: siente dañada su imagen pú­blica tras los divorcios; habla de sí mismo como un leproso social, se aver­güenza del fracaso que proyecta en los ojos de sus paisanos. Pasear a solas lo estigmatiza y ha de fingir que camina presuroso a algún asunto. Por ello se re­fugia en su casa los días de fiesta o se embarca anónimamente en un crucero donde su soledad le cuestiona menos.

Sin embargo, el dolor narcisista que ma­nifiesta no es tanto por no tener intimi­dad, sino porque los demás sepan que no la tiene, que está incompleto, que ha perdido el don de la conquista. El temor al encuentro fortuito con los objetos me­nospreciados y a recibir la mirada des­valorizante de sus vecinos-jueces, acre­cienta su pudor y le recluye. Huye de su vulnerabilidad narcisista y de su ansie­dad a ser visto solo, mediante la porno­grafía y la cibersexualidad que le pro­veen de una artificial exaltación de po­der maníaco. Mirar es una forma de en­trar parcialmente en el objeto, de asegu­rar la proximidad sin el riesgo al re­chazo, la humillación o la burla: «si el paciente se siente menospreciado in­tenta revertirlo por medio de la incorpo­ración de la superioridad y la proyección de la inferioridad» (Steiner, 2017, p. 224).

La intimidad, lo hemos dicho más arriba, es condición de la subjetividad (Martínez Álvarez, 2010) y requiere una apertura a lo más particular del sujeto y un permiso para co-crear con alguien un espacio permeable en el que el yo y el otro pe­netren sin violencia ni miedo. Para él, la mujer solo cumple una función de sos­tén de su narcisismo, pero sería una amenaza si fuera reconocida en su se­paración e individualidad; razón por la que, para autorregularse, precisa anular y absorber todo rasgo que la persona­lice. Él invade, avasalla, culpabiliza, cas­tiga y violenta para no sentirse forzado a reconocer su espacio propio y sostener la ilusión de dueño de todo. Se concluye que la mujer es el objeto narcisizante del que se nutre vaciándolo, cortando todas las vías posibles de apego. Puede de­cirse que toca sin encontrarse con el ob­jeto, desafectiviza a sus contactos, apar­tándolos de su piel y su proximidad in­mediatamente, como si sus cuerpos desprendieran radioactividad. Tras la brutal avidez posesiva (Fernández-Villa­nova, 2018), exhibe autosuficiencia y desprecio. Tal como han recreado Aise­mberg et al. (2017), no alcanza a crear el ‘borde íntimo’ en virtud del cual la piel deja de ser frontera y membrana y pasa a ser punto de contacto e intercambio.

Fernández Miralles (2011) defiende la hipótesis de que este tipo de hombre no trata mejor sus necesidades de apego y afecto de lo que trata las necesidades de los objetos de su entorno, por lo que la propia masculinidad es un síntoma. Prescindir de la ternura y el apego es, en estos códigos terribles, devenir un hombre ante la mirada de otros hom­bres, salir de la urna de la infancia donde la madre y lo femenino tendrían un lugar. El ideal del yo del devenir mas­culino comporta y hasta exige abando­nar cualquier barrunto de feminidad en sí mismo, y el reconocimiento de lo fe­menino como algo positivo. La aliena­ción identitaria de H.M., como la de tan­tos hombres aferrados al modelo patriar­cal de dominación, pasa por reprimir cualquier componente de sus necesida­des emocionales, ora por infantiles, ora por femeninas: la roca viva de la pasivi­dad de la que Freud habló en Análisis terminable e interminable (1937).

De las tres formas de relación que Levy (2018) glosa de Meltzer: ocasionales, contractuales e íntimas, obviamente H.M. alcanza las dos primeras, pero no ha logrado jamás la tercera; llega a con­cebirla en el pensar, pero no llega a an­helarla en el sentir porque teme la re­nuncia al poder totémico que ello supon­dría. Cuando sale del refugio esquizoide que supone su casa y su trabajo, donde puede sentirse abrumado por sus va­cíos y fracasos, incluye en su pseudoin­timidad relaciones ocasionales (sean éstas de sexo fortuito o de amistad pac­tada en los clubes de solteros), o rela­ciones contractuales (matrimoniales y de páginas web) que, sin embargo, no tienen mayor valor subjetivador, porque no admite la diferenciación ni la distin­ción de peculiaridades. De hecho, él re­nuncia a cualquier dato personal que las mujeres quieran aportarle: gustos, in­tereses, circunstancias familiares, in­cluso ‘escupe’ violentamente su desinte­rés y desprecio por todo ello, “le aburre que le cuenten cosas”, dado que eso di­bujaría un perfil más completo e inte­grado de ellas y le obligaría a desvelar su impostura, dado que él no es quien dice ser en las redes. Para H.M., el con­trol sobre los objetos eróticos, dosifi­cando su presencia-ausencia, su grado de implicación, su volatilidad o perma­nencia, es condición de garantía de su dominio del espacio psíquico sin riesgo narcisista. No olvidemos que: «La intimi­dad es entonces condición y efecto de subjetivación, de identidad» (Guillén Ji­ménez, Sáez Rodríguez, Sánchez-Pa­lencia Ramos y Gállego Valverde, 2017, p. 146), por ello la rehúye.

El deseo, completamente disociado del amor, se agota con la pura descarga eyaculatoria. Meramente expulsivo, no introyecta nada del objeto, porque el ob­jeto es solo eso: objeto, y no siendo su­jeto no puede darse, sino solo prestarse temporalmente al pasaje al acto del de­seo. Para «habilitar la intimidad» (Gra­nados Pérez, 2017), tendría que haber dádiva, entrega, y no solamente uso, ex­plotación, apropiación del objeto. H.M. se limita a reproducir el esquema rela­cional paterno, como una condena transgeneracional (Sánchez-Sánchez, 2015).

H.M. y sus parejas coluden en un len­guaje perverso y sado-masoquista, creando un monstruo en el espacio in­termedio entre ambos, normativizado con el uso, y configurando un lenguaje relacional implícito que ambos aceptan tácitamente: “es lo que hay-es lo que puede haber-es lo que debe haber”, hasta que la presencia de algún tercero (los amantes en el caso de la primera esposa, la familia en el caso de la se­gunda y los amigos en el caso de la ter­cera pareja) introduce la valoración dra­mática y actúa como cuña separadora al perfilarse con claridad el maltrato (Da­vins et al, 2012). Cuando los terceros re­significan la escena y las colusiones, comprueban su despojamiento, el vacia­miento de su identidad, la fagocitación a que han cedido, víctimas propiciatorias en el altar narcisista de H.M.

En cuando a las razones del impasse te­rapéutico que condujo al abandono del paciente, observo la imposibilidad de construir intimidad en el trabajo analítico (la atmósfera de que habló Ferenczi), tanto por mi defensividad contratransfe­rencial ante sus maniobras de desperso­nalización e instrumentalización (que persistían pese a ser interpretadas), lo que a juicio de Tabbia (2018a) degrada la función alfa del terapeuta, como por su reluctancia a recibir y mentalizar vi­siones de sí mismo que amenazaran su estabilidad en la posición maníaca lo­grada con sus triunfos perversos. El re­sultado de todo ello es la soledad, que es refugio y garantía, por una parte, y aterrorizante por otra, porque no ha lo­grado incluir ningún objeto suficiente­mente bueno habitándola (Winnicott, 1958).

 

Vampirización del objeto-mujer

Este hombre es un arquetipo de cierta masculinidad que hoy quisiéramos ex­tinta. Un patrón que mantiene viva la vieja guerra de los sexos, pues no está dispuesto a ser con el otro ni para el otro o desde el otro: solo sabe ser contra el otro. Como refleja Fernández Miralles (2011), glosando a Kaufman:

Todo el modelo patrocéntrico, patriarcal, se sustancia en esa fractura que pro­voca la negación del otro como condi­ción de la propia existencia. El otro es negado, pero como no puede desapare­cer (salvo en situaciones extremas) es reducido a la categoría de objeto, es despojado de su subjetividad.

H.M. cumple con todas las limitaciones de la capacidad de amar de la que habla Kernberg (1995, 2011): no posee con­fianza en el otro, sino que lo destruye para no reconocer su otredad y no admi­tir su envidia inconsciente (a su atrac­tivo, a su dulzura, a su simpatía); no per­dona ni repara las imperfecciones o fa­llos del otro, sino que castiga y chanta­jea a sus parejas por ellos, cobrándose siempre un tributo de expropiación y alienación; ignora las necesidades del objeto y no abandona la rivalidad sino que impone la prevalencia de sus capri­chos; no flexibiliza ni adapta el lenguaje sexual sino que lo estereotipa, de forma que en vez de incorporar al otro, cambia de pareja para no cambiar de estilo ni de sentido sexual; finalmente, tampoco hace duelo al ser abandonado o recha­zado, sino que sustituye al objeto, envi­leciéndolo aún más para así salir triun­fante.

Puedo pensar que se trata de una com­plementariedad enloquecedora, o que estoy ante un «enlace pasional ma­ligno» (Abelin-Sas, 2004), pero creo que hay una falla primaria en el desarrollo del narcisismo primario y la identidad tan frágil y vacilante, que no favoreció la re­solución de una vergüenza primaria oculta (Lansky, 2010) y la sobrecom­pensó con una indignación incontrolada (Crastnopol, 2012)  a través de pasajes al acto perversos y manifestaciones de un narcisismo intratable (Kernberg, 2014) que usa a los demás como asis­tentes personales expendedores de gra­tificación en el corto plazo.

Mención especial merece en el análisis del caso, el papel desempeñado en la relación perversa de objeto el uso de in­ternet, causa detonante directa de la ruptura de su segundo matrimonio (al menos la causa que figuró como emer­gente en la solicitud de divorcio y la ra­zón públicamente exhibida por su exes­posa), y su segunda (¿o primera vida?) paralela en las redes. Canestri, prolo­gando el incisivo y preclaro libro de Bur­det (2018) parece estar pensando en H.M. cuando escribe:

«(El ordenador) exalta una falsa autono­mía, niega la soledad y utiliza la exhibi­ción permanente en una búsqueda de­sesperada de reconocimiento nunca sa­tisfecho. Que confunde, obnubila el tiempo en un continuum de ficticia pre­sencia, que incrementa en exceso, sin medida, la excitación ex terna e interna, que hace proliferar la pornografía, que fractura la relación entre sexo y afecto y convierte el afecto en una mercancía más. Que hace prevalecer la escisión sobre la represión como mecanismo de defensa, dando lugar a psiquismos diso­ciados, fragmentados. Que privilegia el valor fetichista del objeto amoroso pues uno vale el otro» (Canestri, en Burdet, 2018, p. 4).

La recurrencia a los contactos online ejerce un papel excitatorio y calmante, como cualquier adicción a sustancias. Solo que hablamos de sustancia-per­sona, aunque virtual, intangible, inapre­sable, ficticia, teatral, quizá inexistente fuera del simulacro. Burdet habla de la irrelevancia del otro del intercambio, de la descarga de sobreexcitación para lo que sirve cualquiera que cumpla los re­quisitos fetichizados por el deseo capri­choso y voluble. La doble faz que pre­senta H.M. es la del desesperado y la del apaciguado por la red. Es un esclavo de la cantidad sobrecompensando un gran vacío identitario. Internet es el pe­cho inagotable y pródigo. Succiona con avidez sus imágenes y mensajes hasta altas horas de la noche, con un hambre inextinguible, pero inmediatamente de­feca y denigra a los objetos que le han nutrido e hinchado, cuando a la mañana siguiente se ve incapaz de soportar la soledad (Goldiuk, 2018). Abonado a la promesa infinita e inacabable de satis­facción, su alivio y su veneno provienen de la misma fuente y, curiosamente, es­tando el mundo real tan cerrado para él, este supermercado de la carne está abierto 24 horas cada día. Le tranquiliza la accesibilidad del producto y se siente colmado con un coleccionismo de sen­saciones fugaces pero evanescentes que perpetúa la imagen del Don Juan en una trágica parodia.

 

[1] Todos los hermanos se han divorciado, uno de ellos estuvo en la cárcel por violencia de género y otro tiene una orden de alejamiento de su exmujer.

*Ponencia dentro del Ciclo de Sábados: “Los Rostros de la Masculinidad”, celebrado en AECPNA durante el curso 2019 – 2020.

 

**Sobre la Autora:

Teresa Sánchez Sánchez es doctora en Psicología, psicoterapeuta psicoanalítica, ejerce en Salamanca desde hace 30 años (Centro “Athanor”),  pertenece a la Asociación Psicoanalítica “Oskar Pfister”, profesora titular de la Universidad Pontificia de Salamanca,  profesora del Master de Psicología General,  profesora y colaboradora en grupos de Psicoterapia en el Centro Self (adscrito a IPR), profesora del Máster y del Curso de Especialista en Psicoterapia Psicoanalítica codirigido y auspiciado por la Universidad Pontificia de Salamanca

Autora de varios libros:

“La mujer sin identidad” (Ed. Amarú)

De la Editorial Biblioteca Nueva:

“Psicoanálisis y psicología: convergencia y confrontación” y “¿Qué es la Psicosomática?: Del silencio de las emociones a la enfermedad”

“Psicoanálisis: evaluación epistemológica y modelos de validación empírica” (Ed. Universidad de Salamanca)

“Maltrato de género, infantil y de ancianos” (Ed. Universidad Pontificia de Salamanca).

Autora de más de 100 artículos publicados en revistas especializadas.

C/ Compañía 5. Salamanca 37002. tsanchezsa@upsa.es

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