Número 15

CICLO DE SÁBADOS: LOS ROSTROS DE LA MASCULINIDAD

Sumando aportaciones: Masculinización de las mujeres/feminización de los hombres, ¿vidas cruzadas?

Por Lola López Mondéjar

En mi libro de ensayo, Si digo agua, ¿beberé? Psicoanálisis y creatividad[1], dediqué un par de capítulos a plantear la feminización de la litera­tura escrita por hombres, mostrando algunos ejemplos de cómo los protagonistas masculi­nos de relatos y novelas de escritores que en la actualidad cuentan entre los cuarenta y los cin­cuenta años, se alejan del diseño de los imagi­nados por escritores que rondan ahora los ochenta, o que nos dejaron a lo largo de este siglo XXI, que respondían a una masculinidad hegemónica tradicional.

Por el contrario, muchos de los protagonistas masculinos actuales reconocen a las mujeres como compañeras y formadoras de su identi­dad, como quienes les enseñaron a ser “hom­bres”, y muestran más abiertamente su vulne­rabilidad que lo hicieron los personajes de las novelas del XIX. Algunos de ellos insisten en que han sido sus compañeras sentimentales quienes les han ayudado a abandonar una masculinidad hegemónica, rígida, sin subjeti­var, que les hacía daño; otros reconocen la in­fluencia de sus abuelas o de sus madres como beneficiosa para el hombre que ahora son. Por otra parte, la descripción de relaciones de amis­tad con mujeres ya no es tan excepcional ni en la literatura ni en el cine. Nada que ver con los personajes masculinos de García Márquez, por poner un ejemplo, que utilizan a las mujeres desde una posición de poder, donde el sujeto son únicamente ellos, y donde muchas veces las protagonistas femeninas son exclusiva­mente objetos sexuales sin identidad propia.

Lo mismo sucede con algunos de los protago­nistas de ciertas películas contemporáneas que se adentran en interrogar una masculinidad que ya está despojada de los atributos de do­minación que exhibía el cine clásico. Especial­mente, subrayamos la aportación de la película Fuerza mayor[2], de Rubén Östlund (2014) donde es la mujer quien recupera para el ma­rido su rol de padre poderoso, perdido frente a ella y frente a sus hijos en un momento de co­bardía en el que los abandona frente a un peli­gro. La película es altamente recomendable como ejemplo de una masculinidad en crisis, si bien reproduce el rol femenino de la madre que se inmola psíquicamente para salvar la autori­dad perdida del padre.

Las conquistas del feminismo han colocado a los hombres en lugares donde nunca estuvie­ron, generándoles grandes incertidumbres so­bre su identidad. La llamada crisis de la mascu­linidad que se ha instalado entre nosotros desde finales del siglo XX, arroja un panorama complejo. Por una parte, muchos adolescentes, jóvenes y hombres ya maduros, se afirman en los valores convencionales de la masculinidad hegemónica (MH), que reivindican como señas de identidad, como podemos observar en mili­tantes de los partidos de derechas y ultradere­cha que han surgido en nuestro país. Los hom­bres barbudos de Vox son la expresión casi ca­ricaturesca de una masculinidad de cazadores, dominadores, exculpadores, actuadores, el hombre fuerte y narcisista de la iconografía Marlboro[3]. El discurso en la televisión del can­tante El Fary sobre lo que llamó El blanden­gue[4], se hizo famoso y profético, porque detec­taba una tendencia hombre hacia una masculi­nidad distinta a la tradicional, y la oposición de quienes se identificaban con esta a esa nueva masculinidad emergente.

Mientras que amplios grupos de adolescentes se atrincheran en estas masculinidades con­vencionales frente a las incertidumbres de gé­nero, esta incertidumbre lleva a otros a explo­rar, a veces precipitadamente, las opciones trans, cuando la perplejidad sobre su identidad se hace presente en sus vidas al final de la pu­bertad y comienzos de la adolescencia, y el fá­cil acceso a los videos de jóvenes trans en las redes les proporciona un rápido modelo a se­guir. Este grupo de jóvenes que transitan entre un género y otro, o que reinventan una mascu­linidad híbrida muy teatral, están en las antípo­das de los primeros.

Pero, entre quienes se refugian en las masculi­nidades tradicionales y quienes transitan hacia una identidad fluida, muchos de los hombres que hoy se encuentran entre los treinta y cua­renta años se esfuerzan por adaptar su com­portamiento a las exigencias de igualdad que la sociedad actual les impone, si bien en su inte­rior, como afirma el escritor noruego Karl Ove[5] en sus autobiografía, Mi lucha, habita todavía en muchos aspectos un hombre del siglo XIX. En esta lucha constante por modificar lo apren­dido respecto a la masculinidad y adaptarse a las demandas de una identidad menos tradicio­nal, más igualitaria, la presencia de sus compa­ñeras sentimentales, que les exigen y les edu­can en un titánico esfuerzo por hacer la convi­vencia más agradable y sintónica con los requi­sitos de la igualdad, es indispensable.

Algunos de estos hombres, sin embargo, han preferido crear grupos de iguales para conver­sar sobre una identidad masculina que ya no les convence y avanzar hacia nuevas masculi­nidades, más igualitarias, abandonando mode­los aprendidos en un trabajo constante de desidentificaciones y nuevas identificaciones. La pregunta sobre qué es ser un hombre no tiene fácil respuesta, como no la tiene qué es ser una mujer, pues partimos del rechazo de las viejas teorías esencialistas y pensamos la iden­tidad de género como una construcción social que se aprende de forma preformativa durante la socialización, mediante la reiteración de mensajes y normas prescriptivos (lo que ha de hacerse, lo que aparece como del orden de los ideales) y proscriptivos (lo que no ha de ha­cerse, lo prohibido, del orden del superyó).

Desde este planteamiento, feminidad y mascu­linidad se construyen en cada contexto histó­rico: no era lo mismo el hombre y la mujer de la Viena finisecular o la Inglaterra victoriana, donde prevalecían las identidades eran sólidas y complementarias que caracterizaban al hom­bre y la mujer modernos, que los hombres y las mujeres posmodernos que produce el neolibe­ralismo, individualistas, cuyas identidades es­tán en constante revisión.

La identidad  es una ficción, hasta cierto punto necesaria, que suple la percepción angustiosa de nuestra carencia óntica, de la vivencia de vacío y fragmentación, la falta en ser que está en el centro de lo humano, a poco que sepa­mos/podamos acercarnos a explorarlo.

Por otra parte, el proceso de adquisición de la identidad se hace por oposición a otra cosa (no­sotros-ellos, por ejemplo), y, en el caso de la masculinidad y la feminidad, sus características convencionales se oponen y –según el famoso mito de la media naranja– se complementan, creando un binarismo de género que hoy, en la llamada modernidad líquida, está saltando por los aires.

Veamos qué está sucediendo del lado de las mujeres.

Una parte de ellas asume los valores de la fe­minidad convencional, sobre todo amplios sec­tores de mujeres con escasa formación o con valores ideológico-religiosos concretos, como los seguidores del Camino Catecumenal, fami­liarmente conocidos como los Kikos, o las afi­liadas a partidos de derecha y ultraderecha. También las asociaciones que reivindican una maternidad de entrega absoluta al bebé, como la Liga de la leche, o las seguidoras de la lla­mada Crianza de apego, reivindican comporta­mientos maternales muy vinculados a una fe­minidad convencional, si bien en estas últimas opciones encontramos también mujeres que lu­chan al mismo tiempo por la igualdad y defien­den una ideología abiertamente de izquierdas, que no entra en contradicción con el rol de en­trega maternal que defienden, sino que identifi­can este con un retorno a el ethos de cuidados que era propio de la feminidad y que habría que universalizar hoy para ambos sexos.

Otro importante grupo de mujeres lucha por la igualdad de distintos modos, tanto en la intimi­dad de sus casas y de sus familias como en el espacio público. Los valores del feminismo han calado ampliamente en nuestra sociedad, como lo demuestran las publicaciones de revis­tas y libros que reivindican la libertad y la auto­nomía para la mujer en distintos ámbitos, así como las multitudinarias manifestaciones del 8M que se producen tanto a lo largo y ancho del territorio español como a nivel mundial. Aunque no se definan a sí mismas como femi­nistas, una gran mayoría de mujeres ha incor­porado esos ideales de igualdad, aunque en­tren en contradicción con identificaciones más tradicionales también inscritas en ellas vía ma­dres o abuelas. Se trata de mujeres que inten­tan integrar una ética del cuidado –en la mater­nidad, las relaciones afectivas y de amistad- con la autonomía y el reconocimiento profesio­nal, ensayando de forma creativa modos per­sonales y únicos de ser mujer, madre y trabaja­dora. Son mujeres que sufren una tensión constante entre lo aprendido (exigido por un su­peryó y un Ideal del yo que pugnan por impo­nerse) y lo que desean adquirir (representado por nuevos ideales en tensión con los anterio­res), en un conflicto que nunca está exento de culpa. La función maternal de las jóvenes ma­dres de entre treinta y cuarenta años está llena de interrogantes sobre su dedicación a los hijos y su entrega profesional, así como sobre la di­fícil integración de una y otra. La sensación de ser siempre insuficientes en todos y cada uno de los roles que ejecutan es fuente de un pro­fundo malestar y de sentimientos de culpa.

Sin embargo, en el extremo opuesto a este, otro amplio grupo de mujeres ha adoptado sin interrogarlos los modos de la masculinidad más convencional, masculinizándose, es decir, in­corporando los valores convencionales de la Masculinidad hegemónica (MH), una asimila­ción que se observa tanto en el espacio público como en el privado. Esto es, enfrentadas a la crisis de los modelos que regían para ambos géneros, su identidad ha incorporado mimética­mente el modelo masculino, mucho más afín y productivo para el mundo laboral y para las re­laciones sociales que impone el neoliberalismo y el mercado: importancia extrema del logro, desapego y fácil deslocalización, entre otras exigencias.

Veamos algunos ejemplos que, aunque parez­can anecdóticos, son un síntoma de la mascu­linización que intentamos analizar aquí.

En el espacio público se han normalizado las despedidas de solteras en las que las jóvenes amigas de la novia festejan del mismo modo zafio e hipersexualizado que lo hacían los hom­bres la entrada de esta en el matrimonio y en una “fidelidad”, al menos contractual, que pa­rece justificar el cariz sexual de una fiesta que se supone sirve de despedida de la libertad an­terior. De ahí que se alquilen los correspondien­tes boys, con sus chistes eróticos y su parafer­nalia hipermasculina, sin modificar una coma de los espectáculos a los que nos tenía acos­tumbrados las despedidas de solteros de los jó­venes[6], excepto el sexo de las participantes y del chico que les brinda el espectáculo erótico. En mi artículo, ¿Libres para imitarlos?[7], hago una crítica de esta adopción imitativa y en ab­soluto creativa de los modos masculinos de ce­lebración, de los ritos de paso, por parte de am­plios grupos de chicas.

Cuando conversamos con estas jóvenes mas­culinizadas, observamos que confunden los comportamientos que antes eran exclusivo pa­trimonio de los hombres, pues estaban penali­zados en la socialización de las niñas –compor­tamientos como la desinhibición sexual explí­cita, por ejemplo–, con la libertad sexual y la igualdad entre los géneros. Ser iguales es para ellas convertirse en machitos, con los mismos defectos ancestrales que ellos. Esta tendencia llega al cine en forma de comedias como Una noche sin control[8], de Lucia Aniello, o a series de televisión como Girls[9] o Euphoria[10], donde mujeres adolescentes y jóvenes repiten los mo­delos masculinos sin interrogarlos. Los stripper, la promiscuidad sin reflexión, o una iniciativa sexual tan insensible y procaz como la que era patrimonio de los varones –tan criticada por un cierto feminismo y por muchas mujeres, como veremos – se muestran como un signo de liber­tad, como sinónimo de igualdad, ya que, como afirman las propias adolescentes: ¿si ellos pue­den hacerlo, por qué no yo?

Esta igualdad mimética tiene sus defensoras teóricas, que califican a quienes la cuestionan como inquisidoras y puritanas[11], pues una ca­racterística de la masculinidad que copian es la ausencia de reflexividad, la exculpación y la proyección defensivas. En el mismo sentido de esta masculinización, esta vez entre las muje­res adultas, el turismo sexual se extiende en los países desarrollados[12], donde se organizan viajes organizados para tal fin, tanto en África como en Latinoamérica, tal y como antes era frecuente que hiciesen los hombres en Cuba o en Tailandia. El fenómeno ha sido tratado por el director austríaco Ulrich Seidel en una exce­lente película, Amor[13], que forma parte de su trilogía, Paraíso. El turismo sexual de las muje­res maduras nos indica que cuando se tiene po­der económico e independencia, y no se está asistido por un necesario pensamiento crítico, la igualdad puede convertirse para amplios gru­pos de mujeres en la imitación de las peores costumbres de los varones, sin interrogar ni cuestionar si merece la pena adoptarlas. Cosi­ficar al otro, comprar sus servicios sexuales, es algo a lo que la lucha por la igualdad iniciada por las mujeres a mediados de los años 60 se ha opuesto desde su inicio. No obstante, como un tímido resto distintivo, que nos habla de la diferente educación sentimental que recibieron los hombres y mujeres que hoy tienen entre cin­cuenta y sesenta años, las mujeres que optan por este tipo de turismo parece que necesitan que los jóvenes a los que pagan finjan amor, fingimiento al que los jóvenes contratados se prestan.

También el cine brasileño ha representado a la mujer madura y adinerada que contrata a un gi­goló en Doña Clara[14], protagonizada por la ac­triz Sonia Braga. En sus reuniones de café, las amigas se pasan el teléfono del hermoso joven que presta sus servicios sexuales de forma ele­gante y discreta. Una prostitución de lujo como a la que antes tenían acceso los hombres. La representación de esta práctica que Doña Clara, la protagonista del film, adopta, está exenta de cualquier tipo de juicio moral por parte de su entorno más íntimo y, aparente­mente, del director del film.

No obstante, el consumo de prostitución mas­culina por parte de mujeres es muy bajo, por no decir insignificante, si bien existen web para re­clutar a gigolós[15] o chicos de compañía, pues el mercado no deja nicho alguno sin explotar. Si lo traemos aquí es como un ejemplo de ese mimetismo, de la homogenización con hábitos masculinos que es una tendencia.

Mucho más peligrosos, por mayoritarios, pare­cen ser los modos que han adquirido los ritua­les de conquista actuales, ya que modifican su­tilmente las identidades de los jóvenes y la se­xualidad misma.

Como he analizado ampliamente en algunos artículos, nos encontramos con una forma de búsqueda de relaciones sexuales y afectivas que he denominado el Modelo Tinder[16], una forma de protocolizar las relaciones calcada de la masculinidad hegemónica, donde se aban­dona la afectividad en favor de un sexo sin compromiso; modelo que se ha exportado a las mujeres, que lo adoptan con poca resistencia, haciendo gala de esa plasticidad que tanto nos caracteriza.

El Modelo Tinder tiene sus detractoras, que nos advierten que practicarlo sin más no es sino proporcionar a los hombres un tipo de sexuali­dad coital y poco atenta a las necesidades de las mujeres; sexualidad que el patriarcado ya venía proponiendo desde la revolución sexual de los 60 disfrazándola de liberación, pero sin atender a las necesidades afectivas de las mu­jeres que hicieron esa misma revolución. Quie­nes lo defienden[17], reivindican una igualdad hombre-mujer en cuanto al tipo de deseo, afir­mando que las mujeres también quieren y pue­den gozar de una sexualidad sin afectividad, y tildando de puritanas a quienes interrogan el modelo de sexo sin afecto.

Sin embargo, no se trata de esto. No se trata de que algunas jóvenes puedan estar cómodas con este modo de encuentros que privilegian la relación sexual rápida y sin conocimiento del otro, sino que ese único modelo se instituya como un imperativo cultural para estar en él, lla­mémosle, “mercado afectivo-sexual”. Un mer­cado donde no hay reconocimiento intersubje­tivo, sino un uso del otro como función, reificán­dolo, cosificándolo como si se tratase un pro­ducto a consumir[18].

Es por esto las detractoras del Modelo Tinder crecen a medida que las jóvenes descubren la cosificación que supone para ambos miembros de la eventual pareja mantenerse enganchados a un dispositivo que pone a su disposición un supermercado de ofertas inabarcables. Entre sus detractoras más lúcidas se encuentra la pe­riodista y ensayista Judith Duportail[19], quien en un reciente artículo afirmaba lo siguiente[20]:

Es urgente que nos neguemos a la separación forzosa del sexo y las emociones e inventemos nuevas maneras de conectar. Levantar la ca­beza del teléfono móvil es levantar la cabeza, sin más.

Como bien pueden imaginar quienes han se­guido mis trabajos, no se trata de oponer nin­guna objeción moral, sino de denunciar la ne­gación de las necesidades erótico-afectivas de las mujeres que este tipo de aplicaciones trae consigo, o bien, para las más adaptadas, la asunción sin cortapisas de un modelo de rela­ción mercantilizado, basado en la incorporación al mundo afectivo de los valores coste-benefi­cio que imperan en el mercado neoliberal, omo bien ha señalado en sus libros[21] Eva Illouz[22].

Es preciso que las mujeres reflexionen sobre si sus necesidades y expectativas a la hora de en­contrarse con el otro pasan o no por los rituales que exige Tinder, y que dejen de asumir sin más propuestas que siguen los modelos pa­triarcales y del mercado, que universalizan lo que era antes patrimonio de lo masculino. Esto no excluye que haya encuentros Tinder que de­riven en relaciones estables de pareja, puesto que la aplicación se ha convertido en uno de los lugares más consultados para encontrarla, siendo utilizada por millones de personas en todo el mundo.

En el ámbito de lo privado la cuestión es tam­bién compleja, quizás más sutil, pues entramos en el territorio de lo interpersonal con todos los matices que precisa sumergirse en él.

Durante décadas se diferenciaba entre las ca­racterísticas de género que se les atribuían tra­dicionalmente a las mujeres y a los hombres. En las primeras eran más frecuentes la autoin­culpación, la capacidad de introyección (y men­talización), la reflexividad, la búsqueda de la afectividad por encima del mero encuentro se­xual, el cuidado de las relaciones, o la res­puesta depresiva (reflejo de la misma autoin­culpación) ante la angustia, así como colocar el amor como sostén del narcisismo, por encima del logro profesional. Mientras que en los hom­bres se manifestaba más la exculpación –la culpa es siempre del otro-, con la consiguiente proyección hacia afuera de lo malo, la falta de reflexividad que se vincula a lo anterior (alexiti­mia funcional), las actuaciones y adicciones como manejo de la angustia (la depresión que­daba encubierta bajo el alcoholismo o la con­ducta temeraria, por ejemplo, mucho más tole­rables para la representación de la masculini­dad que la vulnerabilidad depresiva) y el logro profesional como eje del narcisismo, por en­cima de las relaciones afectivas. Si bien ser un hombre era también, tener/poseer una mujer y una familia. Respecto a los diferentes modos de enfermar que una socialización y otra traía consigo, con exquisito sentido del humor, Luis Bonino, quien lleva décadas investigando so­bre las masculinidades, afirmaba que, mientras que las mujeres sufrían malestares, los hom­bres provocaban “molestares”, dado que su tendencia a la exculpación hacía que su males­tar siempre acabase fastidiando al otro y ne­gando su propia participación en el conflicto. De ahí que las mujeres son aproximadamente dos veces más propensas que los hombres a sufrir depresión, y consuman más hipno­sedantes[23], y a la inversa, que los hombres consuman el doble de alcohol que las mu­jeres y sean más propensos a las conduc­tas de riesgo.

Sin embargo, hoy observamos una clara ten­dencia hacia una masculinización universali­zada, expresada en la cada vez más frecuente ausencia en las jóvenes de los rasgos adscritos a la feminidad mencionados más arriba, y una progresiva adquisición de los que eran más fre­cuentes en los varones. El resultado es que las adolescentes y jóvenes configuran identidades muy afines a las de la Masculinidad Hegemó­nica, produciéndose una progresiva homologa­ción de las conductas y las subjetividades.

Pongamos un ejemplo: muchas jóvenes llegan a la consulta sostenidas en un mantra inamovi­ble: Yo soy así, que funciona como una holo­frase, como significantes solidificados que no dejan lugar a la asociación ni a la introspección, tal y como sucedía a menudo con los pacientes masculinos. Al respecto, suelo decir, sin duda exagerando, que si Freud hubiese recibido a las mujeres jóvenes de hoy nunca hubiese des­cubierto el inconsciente, dada la escasa men­talización que presentan frente a la capacidad asociativa que manifestaba Anna O y de las burguesas y aristócratas pacientes del padre del psicoanálisis, en la Viena finisecular.

Las jóvenes de hoy se muestran reacias a la introspección, prefieren actuar, exculpar, con­sumir sustancias y eludir el conflicto intrapsí­quico con actuaciones interminables, que las alejan de él. En la literatura, Luna Miguel, en su novela, El funeral de Lolita[24], representa a la perfección las defensas y estrategias que una joven milenial, la también llamada generación Y, pone en marcha para elaborar un duelo, tal y como expuse en mi reseña sobre su libro[25]: comida, alcohol, movimiento. Es solo un ejem­plo de este tipo de defensas cada vez más fre­cuentes.

Pero veamos qué sucede en las parejas hete­rosexuales actuales. Una pareja de jóvenes es un espacio donde se entrecruzan los esfuerzos de los chicos por abandonar la dominación y adiestrarse en la igualdad, y el esfuerzo de las chicas por no ser explotadas en lo doméstico y evitar entrar en una dinámica donde se sienten “madres” de su parejas, en el sentido de tener que educarles en el terreno doméstico. El en­trecruzamiento de las expectativas, conscien­tes e inconscientes de ambos producirá malen­tendidos frecuentes. A menudo, y con la mejor voluntad, el chico intentará adoptar las respon­sabilidades compartidas a pesar de su educa­ción patriarcal, pero nunca alcanzará a hacerlo en la medida que se lo requiere la chica, y esta se verá obligada a “educarlo como un hijo”, nos dicen, al tiempo que este necesario tutelaje en la igualdad trae como consecuencia un involun­tario descenso de la atracción que él le pro­voca. En mi obra teatral, El sueldo[26], exploré desde la comedia la relación de una mujer en la treintena cuya pareja está en paro, que in­venta una fórmula para que él conserve ciertas actitudes de la masculinidad en la que ha sido educada, que la ausencia de independencia económica del hombre le impide realizar. La pareja se lleva bien, tiene una hija de cinco años que el hombre cuida con mayor dedica­ción que ella, al estar en casa y la madre traba­jando. Pero ella echa de menos gestos mascu­linos que, si bien racionalmente puede recono­cer su insustancialidad, no dejan de incomo­darla y de disminuir su deseo hacia él. Gestos tan banales como que la invite a cenar de vez en cuando. Para ayudar a que él recupere su atractivo, perdido junto a su independencia económica, decide pagarle un sueldo acorde con las tareas domésticas que realiza, de ma­nera que con él pueda conservar esos signos de virilidad que ella tanto echa de menos. Una graciosa solución que inspirada en la realidad de una paciente.

Las dificultades en la convivencia de los hom­bres y las mujeres en transición hacia modelos nuevos de masculinidad y feminidad se compli­can si a los problemas intersubjetivos como el que hemos expuesto arriba se unen los conflic­tos intrasubjetivas. Por ejemplo, imaginemos que el joven que intenta aprender responsabili­dades compartidas es sensible a los reproches de su compañera porque le recuerdan los de una madre insatisfecha que nunca se mostró orgullosa de él, por lo que, en el conflicto actual con su pareja puede responder de forma des­proporcionada a sus recriminaciones, con un inopinado enfado. Y, de parte de la joven, pen­semos que la necesidad de reiterarle a su pa­reja sus obligaciones, obligaciones que él ape­nas puede identificar porque no ha sido edu­cado en ellas, le produce un malestar cuyo ori­gen no acierta a precisar, pero que vincula al menosprecio que su propio padre le hacía a su madre, que debía insistirle sobre ciertas tareas domésticas una y otra vez, lo que la niña vivió como humillante. Una dinámica que, ya adulta, tratará de evitar en su relación actual, por lo que, cada vez que tiene que repetirle sus tareas a su compañero, además del enfado de él, cae en un episodio de tristeza y desesperanza como el que la falta de armonía entre sus pa­dres le producía, respondiendo de forma que tampoco se corresponde con el motivo real[27] del altercado.

Vemos cómo las interrelaciones entre los géne­ros en crisis son mucho más complejas que cuando los roles estaban muy claros y la vio­lencia se ejercía mayormente contra la autono­mía psíquica de la mujer, que se rebelaba con síntomas que los médicos del XIX y principios del XX llamaban histéricos.

La identidad sexual se adquiere mediante un complejo entrecruzamiento de identificaciones procedentes de los progenitores de ambos gé­neros y de los adultos significativos, entrecru­zamiento que cristaliza en una determinada configuración, siempre dinámica, pero que con­serva las huellas y la historia de su formación. Abandonamos la bisexualidad original, y la bi­sexualidad de nuestras identificaciones, por amor a los padres; un amor que nos hace repri­mir unos rasgos y acentuar otros, según los mandatos de los roles de género. La indicación de los progenitores, Eres un niño, o eres una niña, se convierte en una guía de conducta, en una identificación; identificación que está en consonancia, la mayoría de las veces, con nuestro sexo anatómico. Cuando la diferencia sexual anatómica se descubre, entre los dieci­ocho meses y los dos años, aproximadamente, la vagina y el pene solo servirán de confirma­ción, o se producirá su rechazo en los pocos casos en que no haya habido concordancia en­tre la identificación sexual y el sexo anatómico. En el 99, 9% de los casos, un niño se despren­derá de lo que se considera femenino para ade­cuarse a lo que la sociedad determina que es “masculino”, y otro tanto hará la niña con lo masculino, adhiriéndose a lo que se considera femenino. Si bien en el inconsciente convivirán siempre las identificaciones primeras cruzadas, y la primitiva bisexualidad.

Pero hoy aquellos roles de género que hasta el segundo tercio del siglo XX estaban bien defi­nidos, están desdibujados; el perfil de lo que sea un hombre o una mujer se difumina y se abre a un abanico de posibilidades diversas que amplían el campo de los malentendidos a la hora de convivir en pareja.

En su afán por agradar a las mujeres con las que se relacionan, muchos hombres se dulcifi­can, se instruyen en el cuidado, mentalizan más, muestran sensibilidad y búsqueda de afecto, mostrando su vulnerabilidad, sin des­prenderse de identificaciones femeninas (por cierto, procedentes del padre y de la madre, no olvidemos esto); y en el afán de no caer en las clásicas representaciones femeninas de sumi­sión y docilidad, muchas mujeres se identifican con rasgos de la masculinidad hegemónica: ex­culpación, proyección, dominación, falta de re­flexividad, preocupación por el logro y promis­cuidad sexual (por cierto, procedentes tal vez de la madre, y no solo del padre, o en ningún caso del padre; el inconsciente es así de com­plicado).

El problema al que asistimos cuando tratamos estas nuevas feminidades y masculinidades es el de las contradicciones intrapsíquicas que se encuentran tras ellas, la tensión que interna­mente producen y su articulación con las rela­ciones de pareja. Las mujeres niegan sus ne­cesidades afectivas para adoptar un modelo masculino de funcionamiento sexual y social; los hombres no siempre pueden reconocer el esfuerzo que sus intentos de responder a las demandas de sus compañeras sentimentales les comporta, la vulnerabilidad que despierta, la feminización que advierten, a veces con placer, con temor y disfunciones sexuales otras. Para muchos varones, el encuentro sexual está lleno de incertidumbres sobre si darán o no la talla. Una talla que instituyen los modelos de una se­xualidad pornográfica y ficticia, genitalizada e inventada en los montajes de las películas porno; así como el temor a que su pareja sexual tenga más experiencia que ellos mismos. El saldo de estas amenazas puede muy bien ser la disfunción eréctil, que se ha incrementado notablemente entre los hombres menores de cuarenta años.

Para las mujeres, por su parte, surge el temor a que tras el encuentro, esporádico o no, se produzca la desaparición del partenaire sexual, algo que se ha llamado ghosting. Para defen­derse de esta situación de abandono tras la cita, las jóvenes se han especializado en lo que se ha dado en llamar Síndrome Tinderella[28]: flir­tear online y no realizar el encuentro presencial, puesto que conocen de antemano cómo este termina.

La mercantilización de la educación sentimen­tal en la sociedad del capitalismo digital ha traído de la mano la instrumentalización del otro, que no es más que un producto entre los miles que se ofertan en las pantallas de nues­tros móviles. Por otra parte, la educación por­nográfica que se ofrece hoy a los jóvenes[29] ha introducido como modelo una sexualidad geni­tal que apenas tiene en cuenta el erotismo y la seducción.

Se ha investigado cómo el consumo de porno­grafía produce profundos cambios en el orga­nismo y en el psiquismo; la adicción a la dopa­mina[30] que estimula su visionado ha contri­buido a que la educación sexual y afectiva de los niños y los jóvenes (que se inician en el con­sumo de porno a partir de los nueve años) sea eminentemente pornográfica y violenta. El mo­delo pornográfico de relación toma a la mujer como objeto del varón, mientras que el hombre se identifica momentánea y peligrosamente con la fantasía de invulnerabilidad, al mostrar en la pantalla un uso omnipotente del cuerpo propio y del otro. La violencia es un ingrediente cada vez más exigido en la representación por­nográfica de la sexualidad, puesto que la adic­ción a la dopamina exige contenidos progresi­vamente más violentos para que esta alcance los niveles necesarios para obtener el mismo efecto que antes obtenían vídeos menos crue­les. La pornografía produce adicción y toleran­cia igual que las drogas, y se necesitan dosis la dopamina necesaria para un placer que se hace difícil de conseguir con su consumo exce­sivo. Además, el placer sexual se experimenta en la superficie, el interés por la realidad del cuerpo del otro disminuye y, con frecuencia, en los hombres que se masturban con porno, apa­recen problemas de disfunción eréctil. En un estudio realizado en 2011 sobre la incidencia de disfunción eréctil en distintas edades[31], se establecieron dos grupos; el de los “mayores” (entre 40 y 80 años, no educados en la porno­grafía) y los “jóvenes” (entre 18 y 40 años, la generación del porno rápido y de fácil acceso en Internet, sin esperas). En contra de lo espe­rado, la generación de edades entre los 18 y los 40 fue la que padecía un mayor porcentaje de disfunción eréctil. Algunos hombres comienzan a excitarse más y mejor con las pantallas que con sus parejas de carne y hueso.

Pero los efectos de la educación sexual porno­gráfica solo empiezan aquí, sus derivados se alargan hacia la relación entre los géneros en materia de cortejo y de expectativas.

He tenido pacientes que han sido abordadas por los chicos de manera abiertamente gro­sera, enarbolando una supuesta complicidad sexual que habla del imaginario que estos chi­cos tienen de lo que ellas esperan que ellos ha­gan. Aunque se equivocan. Sin embargo, mu­chas mujeres, en una nueva demostración de la plasticidad del ser humano, un nuevo sín­toma de la facilidad con que nos amoldamos al deseo de los otros, son cómplices de la diná­mica que se les impone para no quedar fuera del mercado afectivo-sexual. No sin malestar, a veces poco identificado.

En un estudio efectuado por Cordelia Fine y Mark A. Elgar[32] en el campus de distintas uni­versidades de EEUU, se advirtió que en los en­cuentros esporádicos las chicas no conseguían el orgasmo (pues rara vez los chicos se ocupan de su placer), y tenían riesgos mayores que los hombres de ser abusadas o contraer enferme­dades de transmisión sexual. A pesar de esta insatisfacción expresa, las chicas continúan buscando.

Un joven paciente adicto a las citas Tinder, que aseguraba que hasta la entrada en terapia no había pensado nunca en el placer de las chi­cas, que intercambiaba sin cesar, dado que te­nía hasta cuatro encuentros distintos a la se­mana, me preguntó durante una sesión: ¿Por qué si yo no las tengo en cuenta, ellas me vuel­ven a llamar?

Una interrogante que explora abiertamente la demanda negada de afecto que tienen las jóve­nes; afecto que no se atreven a pedir abierta­mente por miedo a ser consideradas pesadas, puritanas o antiguas y salir del marco que exige el mercado actual del amor; afecto que prefie­ren ocultar para responder a lo que el chico les propone. Por otra parte, tal y como observa Irene Meler[33]:

Pero mostrarse en soledad no tiene el mismo sentido para una mujer joven que para un varón de edad semejante. Él puede ser percibido como un ser autónomo, mientras que ella ex­hibe una lastimosa carencia, un fracaso en la obtención de una compañía masculina que, en ese contexto, funciona como un fetiche. Esta es una curiosa pervivencia del control social ca­racterístico de la pre-modernidad, en el cora­zón del desierto postmoderno.

 

Para adaptarse a esta situación las jóvenes se contrarían, niegan sus emociones, se acomo­dan a las exigencias de un marco de relación que no ha tenido en cuenta la especificidad del deseo femenino. En muchas de ellas la adap­tación ha sido exitosa, pero el modelo predomi­nante es un modelo patriarcal, que separa la sexualidad del afecto y elude el reconocimiento intersubjetivo.

Para adaptarse a esta situación las jóvenes se contrarían, niegan sus emociones, se acomo­dan a las exigencias de un marco de relación que no ha tenido en cuenta la especificidad del deseo femenino. En muchas de ellas la adap­tación ha sido exitosa, pero el modelo predomi­nante es un modelo patriarcal, que separa la sexualidad del afecto y elude el reconocimiento intersubjetivo.

Si la relación se establece, los problemas son otros.

Para todos los grupos sociales, la promesa de felicidad de la sociedad posmoderna, neoliberal e individualista, en la que vivimos, está vincu­lada a la experiencia del amor romántico, que representa el éxito afectivo. Sin embargo, este amor romántico esperado no es más que una ficción, dado que se trata de un ideal que eleva a la categoría de amor la exaltación de las pri­meras etapas del enamoramiento (pasión eró­tica, proyección e invención del otro, novedad, intensidad emocional), de tal forma que, cuando en la pareja aparecen las primeras di­ferencias y los primeros conflictos, el ideal ro­mántico se pone en entredicho y, en lugar de aceptar que el otro de la realidad no puede ser como el otro soñado, en lugar de explorar quién es la persona que tenemos delante, se inte­rroga el afecto mismo: si tenemos diferencias, discusiones, malentendidos, ha de ser porque esto que siento no es verdadero amor. El amor romántico, por supuesto, ha de estar exento de conflictos. Además, ahí afuera hay cientos de posibilidades de encontrarme con alguien con quien el ideal de amor inventado por el mer­cado, las canciones, la literatura o el cine, pueda hacerse realidad. De esta forma, las pa­rejas no resisten los embates del conflicto que es consustancial en la construcción de un en­cuentro entre dos subjetividades, y se rompen. Según datos publicados por la oficina de esta­dística comunitaria, Eurostat, el 57,2 % de los enlaces terminan en divorcio y el aumento de personas que viven solas crece cada día en toda Europa. Es evidente que la cultura del in­dividualismo no nos enseña a convivir como su­jetos interdependientes, y que el engañoso ideal de amor romántico que hoy predomina no incluye el esfuerzo por aceptar la realidad del otro, lo que exigiría el verdadero reconoci­miento intersubjetivo. El amor maduro o de largo recorrido es un trabajo de la voluntad que se opone tantas veces a la pulsión, un predo­minio del deseo de perseverar que se impone sobre la apetencia[34].

Las dificultades que hemos expuesto aquí, junto al ritmo de trabajo actual o la velocidad que imprimimos a la vida, que no deja tiempo para el cuidado de los afectos; la educación pornográfica que causa el abuso y adicción a la pornografía; así como la crisis de la masculini­dad y una feminidad en procesos ambas de reinvención, hacen complicado el encuentro entre los hombres y las mujeres, de manera que hoy, a pesar de encontrarnos en un clima liberal, se tienen menos relaciones sexuales que hace treinta años[35], lo que no deja de ser una interesante paradoja.

Apenas una referencia a la pandemia del COVID 19 que estamos viviendo antes de dar por terminados, que no concluidos, estos apun­tes.

Numerosos analistas aventuran importantes cambios en las relaciones afectivo-sexuales tras la crisis sanitaria que vivimos desde marzo de 2020; crisis cuyo final no estamos en condi­ciones de precisar. Para algunos analistas, la desconfianza hacia posibles contagios y el obli­gado distanciamiento social podrían traer de la mano el retorno a la pareja estable, supuesta­mente más segura. Pero no creo que sea así. De hecho, parece que entre los jóvenes meno­res de treinta y cinco años, el uso de las aplica­ciones de citas aumentó[36] durante el confina­miento. También aumentó la duración de las conversaciones[37] por chat, lo que podría hacer­nos pensar en un mayor conocimiento de los interlocutores, que sería bienvenido. No lo sa­bemos aún.

Por último, creo que, más que hacia una mas­culinización de las chicas, adoptando modos de la masculinidad hegemónica, deberíamos ca­minar hacia una androginia psíquica de ambos géneros que estimo necesaria y fructífera, una posición subjetiva donde tanto hombres como mujeres integren el cuidado con la autonomía, la reflexividad con la asertividad, la libertad se­xual con las necesidades de reconocimiento y afecto, la feminización de los hombres en cuanto al acceso a una mayor reflexividad y preocupación por el cuidado, y la adquisición de las mujeres de mayor autonomía.

Surgen constantes llamados de atención sobre el hecho indiscutible de que se puede alcanzar el bienestar psíquico manteniendo lazos afecti­vos profundos donde quepa la intimidad, no solo con la expectativa de una vida en pareja. Una sólida red de amigos, el compromiso so­cial, las relaciones presenciales y cercanas son fuentes de satisfacción y otorgan sentido a la vida humana. Somos seres cuya necesidad de los demás ha sido negada por el individualismo, poniendo en un amor-ficción todas las expecta­tivas de una prometida felicidad[38].

Sin embargo, este camino es largo, y las dificul­tades a las que se enfrentan los peregrinos, muchas. De ahí que apreciemos un constante aumento de las familias monoparentales, o del creciente número de mujeres que renuncian a la maternidad, un refugio que evita la difícil con­frontación con el otro a la que hemos breve­mente aludido y, también, un modelo de con­sumo de bienes grato al sistema neoliberal e individualista que deberemos abandonar en el incierto mundo de cambios (climáticos, econó­micos, de modos de ocio y de relación) que nos espera en un futuro ya muy próximo.

Pero cualquier acercamiento al mundo de los afectos es siempre insuficiente. Sigamos, pues, pensando juntos.

 

 

 

 

 

*Como se ve a lo largo del artículo, el uso de los vocablos “masculinización” y “feminización”, no hace referencia a ninguna esencia de lo masculino o femenino, sino a las características en las que se socializaba tradicionalmente a hombres y mujeres en el patriarcado y, primordialmente, en Occidente. Características que tienen una génesis histórica, por tanto modificable.

 

**También quiero hacer notar que en este caso,  solo me  refiero a las relaciones heterosexua­les.

 

***Sobre la autora:

Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora. Últimas novelas publicadas: Mi amor desgraciado, La primera vez que no te quiero, Cada noche, cada noche (todas ellas en Siruela). Los libros de relatos: Lazos de sangre y Qué mundo tan maravilloso (Editorial Páginas de Espuma) y los ensayos, Una espina en la carne. Psicoanálisis y creatividad (Psimática) y Si digo agua, ¿beberé? Literatura y psicoanálisis (Grupo5 editorial), así como numerosos capítulos de volúmenes colectivos. Ha publicado artículos en los diarios: Infolibre, eldiario.es, La Opinión, Tribuna feminista, El País digi­tal; y en las revistas especializadas: El psicoanalítico, Revista de la Asociación Española de Neuro­psiquiatría, Aperturas Psicoanalíticas y Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid, entre otras. En la actualidad prepara un libro de ensayo sobre la individualidad en el Antropoceno.

BibliografÍa

 [1] López Mondéjar, Lola, Si digo agua, ¿beberé? Psicoanálisis y creatividad, Grupo5 editorial, Madrid, 2018.

[2]https://blogs.laopiniondemurcia.es/microscopias/2015/03/04/fuerza-mayor/ Reseña de Fuerza mayor.

[3]https://www.elsalvador.com/noticias/internacional/recuerdas-los-anuncios-fallece-el-hombre-marlboro/657486/2019/ Dejo aquí para los más jóvenes la imagen del hombre que protagonizó el famoso anuncio de cigarrillos, cuya representación de la masculinidad se convirtió en un tópico.

[4]https://www.periodistadigital.com/cultura/musica/20190710/discurso-hombre-blandengue-fary-tve-1984-video-689403991622/  Dejo aquí el vídeo y las palabras de El Fary, síntesis del pensamiento del hombre convencional español.

«Siempre he detestado al hombre blandengue, y además también he podido analizar que la mujer tampoco admite al hombre blandengue… La mujer es muy pícara, valga el sentido de la palabra, porque como bien he dicho en otras ocasiones, yo lo que más valoro en esta vida es la mujer. Sin la mujer la vida no tendría sentido… Pero la mujer es granujilla y se aprovecha mucho del hombre blandengue. No sé si se aprovecha o se aburre. Y entonces le da capones y todo…»

«El hombre debe de estar en su sitio y la mujer en el suyo, no cabe duda, porque la mujer tiene esos derechos que yo respeto y más tenía que tener porque la mujer se lo merece todo… Pero, amigo mío, el hombre no debe nunca de blandear. Debe de estar ahí porque, entre otras cosas, creo que la mujer necesita ese pedazo de tío ahí. Al hombre blandengue le detesto. Ese hombre de la bolsa de la compra y el carrito del niño… Me parece bien… Pero ya te digo que la mujer abusa mucho de la debilidad del hombre».

[5] Karl, Ove, Knausgard, Un hombre enamorado, Anagrama, Barcelona, 2016.

[6] https://www.youtube.com/watch?v=WM7UiDiDAKQ, video de despedidas de solteros y solteras.

[7] https://tribunafeminista.elplural.com/2019/02/libres-para-imitarlos/ ¿Libres para imitarlos?

[8] https://www.filmaffinity.com/es/film531640.html, Una noche sin control.

[9] Girls, 2012, autores: Lena Dunham, Judd Apatow, Jenni Konner, Lesley Arfin, Murray Miller, Sarah Heyward, Bruce Eric Kaplan, Moivistar +.

[10] Euphoria, 2019, Sam Levinson, HBO.

[11] https://www.elespanol.com/cultura/20181006/loola-perez-violaron-no-malestar-fantasias-violacion/343216887_0.html Loola Pérez

[12] https://elordenmundial.com/rumbo-al-sur-el-turismo-sexual-de-las-mujeres/ Rumbo al sur, el turismo sexual de las mujeres.

[13] https://www.filmaffinity.com/es/film605225.html, Amor, Ulrich Seidel.

[14] Doña Clara, dirigida por Kleber Mendonça Filho en 2016.

[15] https://www.solo-para-mujeres.com/formar-parte/

https://www.placerparamujeres.es/hombres-de-compania/ Solo-para-mujeres. Com

[16]https://www.infolibre.es/noticias/opinion/plaza_publica/2018/10/15/el_modelo_tinder_mayo_del_68_87675_2003.html El Modelo Tinder y mayo del 68.

[17] https://ctxt.es/es/20180606/Firmas/19986/follar-empatia-sexo-patriarcal-feminismo-Loola-Perez.htm, Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo, Loola Pérez. “Follar con empatía en el sexo casual es muy difícil e incluso cuando no se trata de un encuentro esporádico, la mayoría de los mortales no follamos para poner a prueba nuestras habilidades de empatía, comunicación y asertividad. ¿No suena esto sumamente ridículo?”

[18] Aunque carezco de datos estadísticos, he recibido en la consulta algunas jóvenes que se mantienen vírgenes porque rechazan las formas de relación actuales. Más allá de las inhibiciones intrapsíquicas, es evidente que se protegen de unos intercambios que les producirían mucho dolor, pues temen con razón ser tratadas con menosprecio. El miedo al rechazo es también frecuente entre quienes usan la aplicación.

[19] Duportail, Judith, El algoritmo del amor. Un viaje a las entrañas de Tinder, Contra, Barcelona, 2019.

[20] Amigos con derecho a roce, Judith Duportail, El País, https://elpais.com/autor/judith-duportail/

[21] Illouz Eva, Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, Katz editores, Buenos Aires, 2007

[22] La sexualidad es ineludible: hoy el sexo precede al amor, Entrevista con Eva Illouz, El País,

https://elpais.com/cultura/2015/03/26/actualidad/1427384053_822164.html

23 Un estudio de la Agència de Salut Pública de Barcelona, en colaboración con el Instituto de Salud Carlos III concluye que el 6,7% de los 7.942 hombres entrevistados para este trabajo manifiesta un consumo de riesgo de alcohol. Para el grupo de mujeres (6.171), la cifra se reduce a la mitad, al 3,5%. El consumo recurrente de cánnabis también es casi cuatro veces superior en hombres que en mujeres (3,7% frente al 0,9%), mientras que en el caso de los hipnosedantes la situación se revierte y son las mujeres las que consumen casi el doble que los hombres (15% frente al 7,6%).

[24] Miguel, Luna, El funeral de Lolita, Lumen, Barcelona, 2018.

[25]https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2019/02/01/abanico_lecturas_nomadas_91407_1821.html

Abanico de lecturas, Lola López Mondéjar, Infolibre, 1 de enero 2019.

[26] El sueldo, Lola López Mondéjar, microteatro. Pueden encontrar el texto íntegro en:

http://www.lolamondejar.com.mialias.net/index.php/teatro/

[27] Bien sabemos que no existe nada que podamos calificar estrictamente como real en lo humano, sino que todo está resignificado, transformado e interpretado a la luz de motivaciones inconscientes.

[28]ttps://www.mujerhoy.com/vivir/sexo-pareja/201801/20/tinder-ligar-sindrome-tinderella-mujeres-20180117150150.html El placer de ligar o el síndrome Tinderella.

[29]Jon E. Illescas ha analizado ampliamente en su libro, Educación tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes, El Viejo topo, Madrid, 2019, la educación que reciben los niños y jóvenes entre nuevo y dieciocho años, observando el predominio de los valores machistas tanto en la música que escuchan como en la pornografía, que empiezan a consumir a partir de los nueve años.

[30] ¿Por qué se excitan? Lola López Mondéjar,

http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2018/05/03/excitan/918855.html

[31] https://www.mdpi.com/2076-328X/6/3/17/htm is internet pornography causing sexual dysfunctions? a review with clinical reports.

 [32] Fine, Cordelia, Elgar, Mark A. Hombres promiscuos, mujeres castas y otros mitos. Revista Investigación y ciencia, nº 494, noviembre 2017.

[33] Meler, irene, Mujeres postmodernas: entre la tradición y el cambio, El Psicoanalítico, número 7, octubre 2011, monográfico:¡Mujeres!

[34] Al analizar la naturaleza del amor y otras cuestiones relacionadas con este artículo he dedicado el libro de ensayo sobre el que trabajo actualmente, Invulnerables e invertebrados, espero que de próxima aparición.

[35] https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-39900429  Las razones por las que cada vez tenemos menos sexo.

[36] https://cronicaglobal.elespanol.com/creacion/vida-tecky/uso-apps-ligar-se-dispara-entre-jovenes-pese-confinamiento_332193_102.html  El uso de apps para ligar se dispara entre los jóvenes pese al confinamiento.

[37] https://www.levante-emv.com/vida-y-estilo/tecnologia/2020/03/30/tinder-confinamiento-apps-citas-reinventan/1995689.html El Tinder del confinamiento: las apps de citas se reinventan.

[38] El imperativo de la felicidad es otro de los pilares del capitalismo avanzado, un imperativo que, curiosamente, nos hace infelices. Pero esta es otra historia.