La violencia filioparental es un fenómeno social que desgraciadamente va en aumento en nuestro país. Así lo muestran gran variedad de estudios. Una realidad sobre la que recomendamos reflexionar a aquellos profesionales interesados en la adolescencia. Esa tarea facilitará el trabajo en estos casos: ayudar a los actores de esta trama violenta, padres e hijos* adolescentes.

La violencia con nombre propio

Maria** tiene 15 años. Ha empujado y amenazado a su madre, insultado a su padre y ha roto mobiliario en casa. Puede pasar días fuera de casa después de una pelea con sus padres. Consume porros y no estudia.

Pablo** tiene 16 años. Su madre le denunció el día que ya no pudo soportar más las peleas en casa. Todo empezó por la Play pero podría haber sido por decirle que hiciera la cama o bajar el tono de voz.

En el domicilio familiar se pueden vivir situaciones críticas en las que es necesaria la presencia de un tercero. Es frecuente que después de años de tensión y peleas, nada cambie e incluso la situación empeore. En esos casos es necesaria la actuación de la policía como autoridad que pone un límite y hace de corte entre las partes. En muchas ocasiones los padres, impotentes ante la situación con su hijo, sienten que solo les queda esperar a que tenga lugar otro incidente para llamar a la policía y después denunciar. Es posible que antes de poner una denuncia hayan llamado a la policía en otras ocasiones ejerciendo ésta una función de contención en un momento de máxima tensión.

Maria o Pablo, como lo pueden ser otros, son jóvenes que gritan, insultan, amenazan, golpean objetos, muebles e incluso a su madre, padre o hermanos. No es un extraño al que se deshumaniza y sobre el que se ejerce violencia, es un familiar. En estos casos, la familia fracasa en sus funciones más básicas, la protección y el bienestar y es una fuente de malestar (Freud, S. 1930). Donde se esperaría que hubiera afecto hay desprecio, donde se esperaría seguridad hay inestabilidad y donde se esperaría valoración hay denigración.

La sociedad y sus efectos

Ya sabemos que los actos violentos están determinados por múltiples variables, desde las sociológicas, hasta las familiares pasando por las individuales. Tener en cuenta todas estas variables y hacer un estudio multidisciplinar nos permite entender mejor a los adolescentes y familias implicados.

Las variables sociales, familiares e individuales se entremezclan haciendo de esta realidad un fenómeno complejo de difícil solución. Desde una lectura amplia y global, se puede entender que éste es un síntoma social con el que los jóvenes denuncian la violencia de la sociedad y el efecto perverso de algunas de las prácticas a las que se han podido ver sometidos como el exceso de patologización o etiquetado del sufrimiento infantil (es frecuente que muchos de estos jóvenes tengan un amplio historial en psiquiatría). Quizás podrían entenderse esas prácticas como intentos de la sociedad por sofocar las pulsiones en los niños que, con el tiempo, son responsables del malestar cultural en línea con las ideas expuestas por S. Freud en “El malestar de la cultura”. Quizás, sin saberlo también denuncian que tienen un futuro incierto en una sociedad inestable a la que le piden contención.

El psicoanálisis no es ajeno a la época en la que vivimos. La describe como una época marcada por la dificultad para hacer existir el deseo, parece un tiempo de muerte del deseo. Un tiempo sin límite que no conoce la castración y en el cual se impone un imperativo superyoico de goce. En nuestro tiempo prima la inmediatez, lo placentero, la acción frente a la reflexión y casi todo es posible gracias a la tecnología.

Como sabemos las familias y las personas están atravesadas por la sociedad, por la cultura en la que viven. En nuestra sociedad, descrita anteriormente nos encontramos con familias en las que las relaciones se simetrizan entre padres e hijos, las diferencias generacionales se borran y hablamos de crisis de la función paterna. Los padres quedan perdidos en sus funciones parentales y en el quehacer con sus hijos. Les cuesta poner normas, límites, transmitir el valor del esfuerzo, de la espera, y fallan en la transmisión del deseo y en la tarea de filiación. Los padres abandonan su lugar de adulto y no están donde se les espera para que el joven pueda elaborar la pulsión agresiva, o si están dificultan esta elaboración.

En el caso que nos ocupa se trata de padres que por lo general renuncian al lugar de adultos y piden que sea otro, un tercero, un juez, una institución la que se haga cargo de las funciones que les corresponden. Y esto no quiere decir que no sufran pero de esta manera se mantienen en un lugar peculiar. Se mantienen en el lugar de padres observadores del drama de su hijo y niegan su implicación en la problemática protegiéndose así del desgarrador sufrimiento narcisista.

Los hijos de esta sociedad se ven desbordados por el ansia del cumplimiento inmediato de sus deseos y sufren una baja tolerancia a la frustración. Cuando la situación se complica, no es raro que aparezcan las patologías relacionadas con la violencia, hacia uno mismo o hacia los demás. Si la violencia es frecuente pasa a ser la forma que tienen de anular cualquier obstáculo que les impida disfrutar, acceder a lo placentero y aparecen los beneficios secundarios.

En próximas entradas nos iremos adentrando tanto en el aspecto intersubjetivo como individual de los actores implicados en esta trama y lo que el psicoanálisis puede aportar para comprender estas realidades.

*Se menciona padres e hijos como genérico, pero hace referencia también a madres e hijas.
** Los datos personales son ficticios, pero reflejan vivencias reales.

Nuria Sánchez-Grande, psicóloga

Psicoterapeuta acreditada por FEAP y psicodramatista

Miembro de la Junta Directiva de AECPNA