Al hablar de los videojuegos se repiten ciertos interrogantes: ¿Es posible un jugar, en un sentido estrictamente winnicotiano, en los contextos digitales? ¿Podemos concebir las pantallas como espacios transicionales, o por el contrario, la hipertextualidad de los juegos coarta la imaginación y la fantasía, limitando el jugar mismo? Para empezar a responder estas inquietudes quiero hablaros de Oscar. Sus padres vienen a verme en las vacaciones de Navidad. Están muy preocupados porque Oscar, de 9 años, suspendió todas las evaluaciones del trimestre. Desde el Colegio les han dicho (¿sentenciado?) que “sin medicación este niño va directo a un fracaso escolar”. “No puede hacer sus tareas, ni estudiar ni hacer los exámenes. Se distrae, se levanta, va y viene toda la tarde…y llega la noche y no ha hecho nada” “ Venimos a la desesperada… para ver si un psicólogo lo salva de la medicación.” Oscar tiene un hermano mayor: “deportista, de notables, muy sociable…un líder nato…en cambio Oscar es tímido, retraído, que apenas tiene amigos” Cuando lo conozco me encuentro con un niño con fuertes inhibiciones que evita la confrontación y la rivalidad con un hermano al que siente inalcanzable. Conflicto que se ha extendido al resto de sus compañeros. Hace un par de semanas descargó en la tablet que tengo en la caja de juegos el Angry Birds, que está jugando en casa los fines de semana. Quiere mostrarme como juega. Importante elemento transferencial porque es un juego en el que tiene una gran habilidad y una enorme destreza. Quiere exhibir su potencia fálica. Todo un desafío!. Este juego no solo permitió el despliegue de sus habilidades también ofrecía un escenario idóneo para poder hablar de rabia, odio, agresividad, confrontación, enfrentamiento, destrucción, muerte…y un largo etcétera. Contenidos pulsionales a los que Oscar, hasta la fecha, se resistía tenazmente. Pero al ir adentrándose en el juego y sostenido por mis interpretaciones Oscar pudo empezar a vislumbrar sus deseos hostiles, su intensa rabia contra unos rivales a los que buscaba destruir. Sin embargo se tranquilizaba a sí mismo diciendo “ A mi este juego me gusta solamente por las carambolas” En la última sesión antes de la interrupción por las vacaciones de verano le digo: “Qué gustito haberte cargado hoy a todos los cerditos!” A lo que responde: “Igual va a ser cierto eso que dices y sí que tengo un instinto asesino! “ Al despedirnos hasta septiembre me sonríe y dice: “ Hoy me siento poderoso!”

Sin duda, en otro contexto terapéutico, Oscar hubiera encontrado otros medios para desplegar su conflicto con la rivalidad y la agresividad: jugando a la pelota con su analista, jugando un juego reglado, jugando con muñecos… es lo que tiene de fascinante la clínica infantil. Si hay receptividad analítica un niño encuentra los medios adecuados para comunicar su conflictiva a la espera de que pueda ser semantizada y comprendida por su analista. En este caso, el medio utilizado fue la pantalla de una tablet.

Gabriel Ianni

Psicoanalista Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Internacional

Presidente electo y profesor de Aecpna