Inauguramos esta sección que nos convoca a todos a reflexionar sobre nuestra práctica.

Comenzamos con este artículo sobre el duelo infantil de nuestro compañero Gabriel Ianni que se encuentra publicado en el número 7 de la revista En Clave Psicoanalítica.

 

 

 

EL DUELO EN LA INFANCIA. SUS DISTINTAS MÁSCARAS

Hablar de duelo, supone hablar de un lento y laborioso proceso de elaboración mental que supone transformar aquello que se ha perdido en el exterior en una presencia viva en nuestro interior. Es sabido que el niño necesita vivir en un entorno familiar protector y continente en el cual desarrollarse. Pero el niño que se enfrenta a la muerte de un ser querido (alguno de sus padres, un hermano, un abuelo) está además inmerso en una familia que está igualmente conmocionada por la pérdida.

La primera reacción del ser humano es negarla, como si necesitara un tiempo para frenar la amenaza de desintegración psíquica ante el efecto traumático y devastador de la muerte. Superado este primer “¡No puede ser!” surgen la pena, el dolor, la nostalgia; sentimientos que  suelen acompañarse con inhibición psicomotriz y con pérdida de la autoestima, la tríada clínica de la que nos habla Daniel Widlocher.

Pero en el niño, las formas en que se expresan estos afectos no siempre son tan claras. Si bien el dolor y la tristeza están presentes, el niño no siempre está en condiciones de expresarlo con palabras; suele disimularlo detrás de actitudes defensivas: El dolor físico reemplazando al dolor psíquico.

María tiene 8 años. Perdió a su padre hace ya dos años en un accidente. Se queja de  jaquecas que no ceden ante ninguna medicación. Dice que no la dejan pensar en nada, que no puede concentrarse en nada que no sea ese dolor tan terrible que tiene en su cabeza y que no sabe de dónde le viene tanto dolor. Sin embargo, mientras me cuenta esto, coge unos lápices de colores y dibuja un paisaje dónde se ven dos montañas. En una de ellas hay una casita protegida por un  cerco donde viven una niña con su madre; en la otra, estalló un volcán y la lava arrasó con todo el bosque, convirtiendo la montaña en un desierto. De este modo María nos muestra el efecto devastador que en su mente produjo la muerte de su padre y que pensar en ese dolor le resulta intolerable por la amenaza que supone.

El segundo elemento, la inhibición psicomotriz, es visible en los actos de la vida cotidiana, en particular por la mañana, donde el niño se refugia en un sueño que, sin embargo, ha tenido dificultad en conciliar. Manifiestan su inapetencia por los juegos, las actividades, y todavía más por el aprendizaje y las tareas escolares. Se muestran desinteresados, aburridos, desmotivados, expresando perma-nentemente un: “Me da pereza”.

Aquí la tristeza se hace evidente, pero muchas veces se refugian en actividades frenéticas que permiten mantenerlo alejado del dolor y la pena (hiperactivos?).

Finalmente, el tercer elemento, la pérdida de la autoestima, se observa en la mala imagen que estos niños tienen de sí mismos. El desinterés por la propia persona se traduce por la suciedad y el abandono de su aspecto. La rabia que sienten ante la pérdida se vuelve contra el funcionamiento psíquico, provocando fracasos repetidos, comprometiendo adquisiciones, e induciendo un constante sentimiento de impotencia que lo empuja a destruir sus realizaciones. En los grupos, estos niños suelen provocar la agresión de los otros contra ellos; siendo “chivos emisarios” se hacen rechazar. La culpa está presente y sus conductas traducen una necesidad de punición y expiación.

Y sobre estos comportamientos me parece imprescindible hacer una reflexión. Me refiero a la íntima relación que venimos desde hace tiempo estableciendo (psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas) entre duelo y depresividad en el niño con el Trastorno del Déficit de Atención con o sin Hiperactividad, diagnóstico que parece estar tan de moda. Vinculemos lo que decía anteriormente, –   el refugio en actividades frenéticas que buscan alejarlo del dolor, con la baja autoestima y el sentimiento de culpa y rabia – con este “diagnóstico comodín”.

Niños que se mueven demasiado, niños que están ensimismados, niños que hablan de un modo desafiante, niños que no pueden organizar una tarea, niños que están tristes, niños con serias dificultades para armar pensamientos, todos son englobados en este cajón de sastre en que se ha convertido el Déficit de Atención.

¿No habría que pensar que  un niño que tiene alguna conflictiva psíquica puede manifestarlo a través de la desatención y/o de la hiperactividad? Estos niños ¿no atienden? ¿O atienden a otras cuestiones?

Suelen ser  niños que buscan la aprobación afectiva, el cariño de su familia y de sus profesores, que sin embargo parecen no necesitar y que aparentemente rechazan.

Son niños que sufren y que muchas veces lo manifiestan con un movimiento desordenado, son niños que  necesitan no quedarse quietos porque necesitan constatar que están vivos. Son niños que colocan en padres o profesores el profundo sentimiento de fracaso e impotencia que sienten. Son niños que expulsan la angustia a través de movimientos desordenados para tratar de evacuarla.

Toda problemática requerirá abordajes terapéuticos diferentes de acuerdo a cuales son sus determinaciones. Un niño que está en proceso de duelo requerirá intervenciones diferentes de aquél que ha sufrido situaciones de violencia y ha quedado en estado de alerta continua o de estupor; o que recurre a la hiperactividad como método de evacuación.

Y eso sí debemos diagnosticarlo para encontrar los medios adecuados para ayudarlo.

GABRIEL IANNI

Psicoanalista

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Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Internacional

Miembro de la Junta Directiva y profesor  de AECPNA