Número 15

CICLO DE SÁBADOS: LOS ROSTROS DE LA MASCULINIDAD

La mirada femenina e los rostros de los hombres de hoy

Por Francisca Carrasco

Cuando acepté cerrar el ciclo sobre Masculinidad, yo creía tener las ideas más claras sobre este tema. No sé cómo el confinamiento y el parón en nuestras vidas contribuirán a que pueda exponer algunas para compartirlas con vosotros: si me ayudará o estaré tan confusa como todo lo que nos rodea.

 

¿Cómo miran las mujeres a los hom­bres de hoy?   Hemos tratado de res­ponder esta pregunta en un seminario sobre la mujer. Una vez concluido, se­guimos interrogándonos   por el hombre de hoy y por la relación entre ambos.

 

Cuando pensaba en los hombres de hoy me vinieron a la mente algunas escenas contemporáneas. La primera imagen correspondía a un anuncio de desodo­rante. No me impactó la marca sino la imagen de un hombre cuadrado, negro, guapo a quien se le veía el torso des­nudo, en una actitud prepotente, seduc­tora y encantado de haberse conocido, que decía, con voz socarrona a la vez que impositiva, “SOY TU HOMBRE”. La imagen entera lo presentaba sobre un caballo blanco, pero sentado al revés, sin ni siquiera tener que mirar a donde va; su traje, que son sus músculos, lo conducen; el caballo sabe a dónde lo ha de llevar; como en las películas del Oeste, los caballos, a los hombres de verdad, los entienden y los adivinan. Re­cuerdo como los hombres de mi tierra decían que no se podía prestar ni la pluma, ni el caballo ni la mujer; las tres cosas eran suyas, “cosas”, las tres co­sas propias de su posición masculina. La seguridad masculina dominando un animal no solo está en este anuncio, también en el anuncio del hombre de Vox paseando por las playas andaluzas, seguros todos ellos de que son los ver­daderos hombres.

 

La segunda imagen es una fotografía en el periódico El país exponiendo una pa­sarela de moda donde comentan que un gran modisto empieza vestir a los hom­bres con atuendos más femeninos. Al fi­jarme con detalle compruebo que se trata de chicos con pantalones cortos, calcetines hasta la rodilla y un bolsito de lado; pensé ¿esto es lo masculino?, ¿ser como chicos de colegio? ¿Aceptar lo femenino es tomar lo   infantil? Es la versión de lo que para algunos ha sido ancestralmente lo femenino. A mí me parecía verdaderamente decepcionante que el cambio de la masculinidad tuviera esa cara.

 

Por otra parte, pudimos ver al bailarín Is­rael Galván en un espectáculo fla­menco, bajo mi punto de vista estu­pendo, bailando de forma muy mascu­lina y con traje de mujer. Es decir que, dependiendo de lo que el hombre piensa que es su ser hombre, así se vestirá, así será su semblante.

 

La masculinidad es la manera en que cada hombre vive su ser hombre, el modo en el que transita un hombre por su sexualidad y su género. Las imáge­nes en las televisiones de los “hombres de la manada”, que aparecen en el video grabado por ellos mismos bailando por su hazaña, muestran el sexo como fin, la satisfacción inmediata sin consecuen­cias, sin tener en cuenta al otro, exenta de responsabilidad, de compromiso ético. Estas manadas que luego hemos podido sufrir repetidas veces, como muestra de una versión del hombre de hoy. Podríamos pensar qué está pa­sando con el encuentro sexual y en qué lugar queda el otro, que no sea solo como medio de satisfacción erótica.

 

Vemos un espectro muy amplio en lo vi­sual, en lo cultural y en lo político de las masculinidades actuales, de los sem­blantes del hombre hoy. Podemos com­parar a Abascal (dirigente político de Vox) con Miguel Bosé como dos rostros del ser hombre hoy, ya maduros. En ese recorrido tan extenso encontramos que habrá mujeres que miran a este jinete (si no son racistas) como el colmo de la masculinidad; otras mirarán a estos chi­cos modelos como los hombres que les permiten un encuentro con un hombre no agresivo y al que cuidar como hijos; otras mujeres pueden sentir muy hom­bre a una figura como Bosé. Mujeres como las chicas víctimas de las mana­das, que se confunden queriendo ser como el hombre y no calculan los ries­gos, confiadas en la igualdad, sin tener en cuenta las diferencias y el lugar donde este tipo de hombres las colocan, negando lo evidente de la disparidad existente. Pienso en el juego de moda en la que hombres con el pene erecto, sentados, esperan a una mujer compi­tiendo entre ellos a ver quien sostiene más la erección y la mujer va de uno a otro entrando es este juego prestándose a la cosificación que esto supone. Como vemos el goce de la mujer se puede so­meterse a lograr ser la que más para el hombre. Todas estas feminidades en re­lación con la masculinidad las tenemos hoy en nuestro haber.

 

He tomado una reflexión de Gustavo (Dessal, G., comunicación personal, 2020) que nos planteaba las dificultades sobre la virilidad bajo la pregunta ¿Dónde están los hombres? Y lanzaba la idea de que las mujeres se quejan de que los hombres son tóxicos, pero a la vez les exigen ser viriles.  Si seguimos a Lutereau podemos decir con él que ya no hay hombres Lutereau, 2016). Entre “ya no hay hombres como los de antes” y querer ser protegida hay mucho que pensar: ¿quiere la mujer un hombre como el de antes?, ¿antes de qué?, ¿antes de que dejaran de ser viriles? ¿Y eso qué es?

 

Tenemos que pensar, como ya nos ad­vertía Lacan, que la mujer no existe, sino que hay que construirse de una en una, como ya afirmó rotundamente Si­mone De Beauvoir. Corremos el peligro de pensar en las “mujeres” con mayús­cula, adjudicándoles una universalidad inexistente: los rostros de la feminidad son tan variados como el de los hom­bres. Esto era, más o menos, lo que nos apuntaba Dessal.

 

Sea como sea, habremos de entender qué es esto de ser viriles y cómo a lo largo de la historia se ha entendido la vi­rilidad. Para ello vamos a ver las conclu­siones de algunos autores: Pierre Bour­dieu (2000), en la Dominación Mascu­lina, toma como ejemplo de la posición masculina en el Mediterráneo, cultura a la que pertenecemos, los campesinos de la montaña de Cabilia, porque man­tienen unos comportamientos muy este­reotipados y rituales, que representan una forma paradigmática de la visión falo-narcisista y androcéntrica que com­partimos todas las culturas mediterrá­neas. Toda el área europea participa de la misma tradición, por más que la fama venga de los mediterráneos, ya en el li­bro El folclore francés contemporáneo Arnold Van Gennep (1992) recoge los mismos rituales en la Francia de co­mienzos del siglo XX.

 

Bourdieu afirma que los cuerpos tienen una construcción social y el orden de la sexualidad no está formado como tal, sino que las diferencias sexuales están inmersas en el conjunto de las oposicio­nes que organizan el Cosmos: los com­portamientos y los actos están sobrecar­gados de determinaciones antropológi­cas y cosmológicas. No es una esencia. El cuerpo humano está socializado y se concibe dentro de lo que es natural y lo que no es natural: la naturaleza al servi­cio de la política. Hay un desplaza­miento de todas las manifestaciones cósmicas y sociales al cuerpo, de ma­nera que todos los movimientos hacia arriba están asociados a lo masculino, por la erección o la posición en el acto sexual. Lo masculino entonces se opone a lo femenino de la misma ma­nera que se oponen derecha e iz­quierda, lo frio a lo caliente; las diferen­cias se miden por la oposición.

 

La división entre los sexos parece estar en el orden de las cosas, tal y como es­tán ordenadas la tierra, el sol, las estre­llas. La fuerza del orden masculino no tiene ninguna justificación, no hay nin­guna legitimación posible. El orden so­cial funciona como una máquina simbó­lica: “que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya: es la di­visión sexual del trabajo, la distribución estricta asignada a cada uno de los se­xos, de su espacio, de su tiempo, sus instrumentos” Bourdieu (2000, p. 23).

 

El planteamiento es que el mundo social construye el cuerpo como una realidad sexuada, dentro de una lógica binaria y el programa social se aplica a todas las cosas del mundo, en primer lugar, al cuerpo en sí, a la realidad biológica.  De esta manera, durante mucho tiempo la visión mítica del mundo arbitrariamente ha justificado como natural la domina­ción de los hombres sobre las mujeres. En segundo lugar, la diferencia anató­mica aparece como la justificación natu­ral de la diferencia entre los sexos.

 

En esta polaridad, la virilidad estaba to­mada en el sentido latino VIR y se le atri­buye a esta virilidad esta virtud natural e indiscutible: el viril es bueno y virtuoso, además de sabio. Podemos pensar que sabe lo que la mujer quiere, o lo que debe querer, pero este privilegio no deja de ser una trampa porque esta virtud en­tendida como su capacidad reproduc­tiva, social y sexual también le impone una predisposición especial para la vio­lencia. O sea, ser viril es ser violento, hombres para defender el territorio y así -pensamos- se defiende la propiedad mujer, teniendo sobre ella todos los de­rechos.

 

Un hombre consulta porque no entiende cómo puede entrar en un ataque de ira en determinadas situaciones. Él piensa que no tiene causa lógica porque es de pronto y sin causa justificada. Con el tiempo podemos ver que esa reacción airada se produce cuando siente su masculinidad en entredicho, cuando se siente menos. Comenta: quiero estar tranquilo, que no es no tener sangre en las venas. Para demostrar que tenía sangre, que no estaba muerto como hombre, necesitaba volverse iracundo: una salida a las dudas de si se es o no se es hombre. ¿Cuántos hombres tie­nen esta salida y pasan al acto, agre­diendo a la mujer que piensan compro­meten su ser hombres?

 

En oposición a esto, la virtud en la mujer se corresponde femenina con la fideli­dad que la hace digna del hombre. La virilidad es un concepto eminentemente relacional, construido ante todos y para todos los hombres, pero sobre todo con­tra la feminidad, en una especie de miedo a lo femenino.  El hombre es evi­dente, la mujer es oculta y así también nos la describe Lacan (1972-1973), no se sabe lo que tiene. Para Freud es el continente oculto. Freud, en 1918, en su texto El tabú de la virginidad, nos plan­tea que el encuentro entre el hombre y la mujer produce angustia y se creó el tabú de la virginidad para mitigarla, para dejar la castración en ella y que su pro­piedad no fuera de segunda mano, com­probando así que tiene una mujer sin deseo más que por él. Así se evita pen­sar en su virilidad comparada con otro competidor y además se puede consta­tar que la mujer no solo es madre aman­tísima sino ser sexuado.  El hombre, si es masculino, es noble; si no lo es, se atribuye a que es un bestia: de hecho, las madres dicen muchas veces “los hombres son más nobles que las muje­res”, incluso a veces con la coletilla “las mujeres somos más liantas”. Los hom­bres son por el hecho de ser hombres, vienen con todos los suplementos, como los coches de alta gama.

 

Hay un doble estándar, en una asimetría radical, en la evaluación de los atributos masculinos y los femeninos. La domina­ción masculina convierte a las mujeres en objetos simbólicos; las coloca en un estado permanente de inseguridad cor­poral, con una dependencia simbólica del hombre, dependiendo de ser mirada por ellos, para tener un estamento. Para conseguirlo, la mujer ha de ser bella o “tener armas de mujer”, que en realidad consistía en poder tratar al hombre como un niño, sin que él se diera cuenta, haciéndole creer que su potencia es in­finita, o haciéndole la promesa de hacer con él lo que su santa esposa no se atre­vería jamás…

 

En esta concepción vemos que la mujer existe por y para la mirada de los de­más. En este punto podemos definir la feminidad como una forma de compla­cencia respecto de las expectativas masculinas. De hecho, en la posición fá­lica, la mujer se brinda para cumplir el fantasma masculino en el acto sexual, como manera de poseer al hombre, nos dirá Lacan. Pero esto es el armazón del que hemos estado viviendo siglos en la cultura occidental, más o menos explíci­tamente según los países.

 

Para el hombre y para la mujer salir de las posiciones antropológicas y socia­les, que Bourdieu nos aclara, es muy complicado, porque generación tras ge­neración han sido los lugares transmiti­dos de lo que es ser un hombre y ser una mujer: sus identidades se apoyaban es estas adjudicaciones políticas. La subjetividad humana se fragua en la pro­puesta social, en el imaginario social im­perante y en la interpretación que cada sociedad tiene del orden simbólico, es decir que la atribución que se le hace al hombre o a la mujer conforman el gé­nero con los valores y cargas que a cada uno se le atribuye y es la política puesta en el cuerpo.

 

Bonino (2002) propone cuatro subjetiva­ciones producto de la ideología impe­rante. Creo que estas ideologías convi­ven en el momento actual y tienen efec­tos a veces incomprensibles para los su­jetos que se ven presa de sentimientos que incluso detestan. Siguiendo un poco su idea podemos pensar en la subjetivi­dad a través de la política social de la época.

 

La ideología patriarcal propone un su­jeto “Hombre padre” con poder sobre las mujeres e hijos, y con mujeres que afir­man el dominio masculino. La mujer que se adhiere a esta ideología imperante durante tantísimos años piensa como la hermana de Primo de Rivera, que, aun­que no vivió en la Edad media, es acé­rrima defensora de esta ideología. Po­demos oír sus palabras:

 

Todos los días deberíamos dar gracias a Dios por habernos pri­vado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quien sabe si cae­ríamos en la vanidad de exhibirle en las plazas. Las mujeres nunca descubren nada; les falta el ta­lento creador reservado por Dios para la inteligencia varonil. La vida de toda mujer, a pesar de que ella quiera simular o disimu­lar no es más que un eterno de­seo de encontrar un hombre a quien someterse.

 

España ha vivido con esta ideología bastante tiempo. Me parece emocio­nante que la generación a la que perte­nezco y las inmediatas anteriores haya­mos podido cambiar esta barbaridad y hablo de generación tanto de hombres como de mujeres. Pero temo los aires viejos que circulan por nuestra sociedad en tiempo de crisis económicas. Se co­rre el peligro de que lo anterior gane la partida y de que la mujer de nuevo retro­ceda, para someternos a las necesida­des sociales, intentando convertir en na­tural de nuevo lo que es pura política económica. Ya en la anterior crisis apa­rece como ineludible la liga de la leche para dejar la mujer unida al hijo y es di­fícil amamantar y ejercer como mujer en otros aspectos. Lo malo es que las mu­jeres consentimos y compramos algu­nas ideologías como verdades esencia­les.

 

La ideología del individualismo de la modernidad supone la consolidación del estado moderno: el hombre accede a la razón y la ciencia aparece fundamen­tando las razones. El “Pienso luego existo” abre la puerta a la filosofía mo­derna y el individualismo entra en la so­ciedad dándole una fuerza al hombre que piensa poder controlar el mundo. Claro que luego vienen los virus y se cae esta fortaleza invencible.  Hay cambio cultural en la relación hombre/mujer: en­tra en otra posibilidad el casamiento por amor y no por interés. El amor se con­vierte en un Dios al que la mujer le rinde pleitesía.  Pero el hombre culto es el va­rón, la mujer queda en las mismas, aun­que ahora puede ser amada no solo con el amor cortes. Mujeres adscritas a esta ideología sobrevaloran la inteligencia del hombre al que aman porque ser amada es poseer su inteligencia, no solo se posee al hombre en la cama. Cuán­tas mujeres hemos visto que son más médicos, militares o filósofos que el ma­rido, aunque nunca hayan tenido acceso a esa profesión, ni estén preparadas para ello; es la manifestación de la po­sesión del amado. El amor las hace fáli­cas.

 

La vieja y muy actual necesidad de ad­mirar a la persona amada hace que se vista de un plumaje colorido al amado, atribuyéndole las virtudes de las que ha­blábamos: se enamoran del amor y se adjudican al hombre que les gusta, o que piensan que las aman. Una mujer joven que pide ayuda para salir de una relación dolorosa de la que no se podía apartar, ella mujer inteligente y muy di­vertida, comentaba que no sabía cómo le atribuyó a este hombre tanta virtud y amabilidad, cuando carecía de ella y concluía: Cuando conozco a un hombre varonil que me interesa, me pongo dos corazones en los ojos y miro través de ellos; hasta que se me gastan puedo pa­sarlo fatal.

 

Es la ideología donde predomina la ex­clusión y subordinación de la otredad. En la búsqueda de una esencia óntica, el hombre rastrea a sus iguales e intenta una identidad que nunca viene dada, sino que ha de encontrarse en las iden­tificaciones. Para eso construimos un yo que imaginariamente nos calma ese sentimiento de no pertenencia y nos reúne con los iguales, que no es más que la idea de lo que se incluye y de lo que se rechaza, la necesidad de poner fronteras a la falta en ser que nos habita. El otro, el diferente, es excluido en mo­mentos como este donde la virilidad está en entredicho y en los que los movimien­tos sociales luchan por la diversidad. Al­gunos hombres sienten que el orden simbólico les devuelve una imagen muy negativa donde narcisísticamente no pueden reconocerse y la cólera se ma­nifiesta contra el diferente apareciendo de nuevo el nacismo y los nacionalismos como refugio narcisista de la imagen idealizada de sí mismo poniendo sobre la madre patria lo que se esperaba de la madre erotizada, tomando la imagen fe­menina lo que se espera de una madre: que solo me mire a mí.

 

La mujer captada en esta ideología ne­cesita sentirse perteneciente al grupo dominante, por más que el hombre la considera no incluida en sus asuntos; son estas mujeres que dicen: Las muje­res son más torpes, yo me llevo mejor con los hombres. Me entienden mejor. En búsqueda de una identidad toma­rían, según Freud, la deriva del complejo de masculinidad, sintiendo su propio gé­nero como despreciable.

 

El heterosexismo propone como única forma de contacto sexual el hetero, como forma de sostener la virilidad im­perante y angustia ante la feminización en el que se siente que ser hombre es desear una mujer. Poniendo su rechazo a la propia homosexualidad la ira y el miedo a lo diferente. La revolución gay es la repuesta a esta ideología en la so­ciedad actual y su orgullo es el aconte­cimiento mundial que predica su caída.

 

Tendremos que pensar la subjetividad posmoderna, que es la que nos ocupa, con una cierta distancia para poder ver sus avatares. En los años 80 y 90 apa­rece este movimiento como critica a la razón y a los convencionalismos: desa­parece el usted; se instaura el valor de lo emocional e intuitivo, en detrimento de la ciencia y la verdad; el presente toma el lugar de lo que antes era el fu­turo; crece la prevalencia de las figuras públicas en detrimento de los hombres de ciencia, el consumo como forma de poder social y de proponer que cada su­jeto proclame su propia realidad; el aquí y ahora toma el lugar del porvenir y el cuerpo adquiere un nivel de culto abso­luto. Lo de “el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso” ya no se lo cree nadie; los vellos no son bellos y se depi­lan las piernas como las mujeres. El pro­blema es que la mujer ha entrado en la búsqueda de la igualdad y no sacrifica su vida profesional por el amor en ese proceso; pero en su búsqueda de juven­tud se somete a agresiones corporales en la necesidad de ser joven bella, ex­celente profesional y exitosa madre de familia, además de joven y hermosa. Todo esto para darse al hombre que le dé su amor único y verdadero, porque se libera, pero no de su necesidad de ser amada.

 

En todas las ideologías vistas tenemos que precisar que el hombre, al igual que la mujer, tiene sus mascaradas: el hé­roe, el patriarca y el monstruo son más­caras con las que busca ser amado, res­petado y temido. Tenemos que pensar si estas mascaradas han caído en desuso o no. Desde mi punto de vista, están “en tinguiringi”, en el aire, tanto para hombres como para mujeres que no pueden renunciar a la mascarada del hombre de ayer, sin seguir la propuesta de que ya no hay hombres y busca en un hombre algo de estas tres máscaras. Incluso algunos hombres homosexuales siguen los ideales de virilidad de los que hablamos y junto al exceso de perfec­ción corporal se imbuyen en una dureza verbal y agresiva que les hace sentirse más hombre entre ellos.  No así los queer que intentan parodiar la masculi­nidad hegemónica y plantear otra forma de ser hombre.

 

Ya desde la apertura de este ciclo sobre masculinidad, se nos hacía la pregunta de cómo de un niño fálico surge un hom­bre, pregunta muy interesante porque nos adentra de lleno en lo que para una mujer es ser un hombre y en lo que para un hombre es ser un hombre.

 

¿A qué tiene que renunciar el hombre para dejar de ser ese niño insoportable creyendo que es el portador del falo? Hemos de pensar que no lo tiene fácil porque lo social a veces ha contribuido a dejarlo en ese niño fálico que no puede soportar el sufrimiento, pero puede causarlo sin ningún remordi­miento porque él lo tiene. La mujer quiere no tener que encontrase con esta versión de la masculinidad, pero el yo a veces traiciona y fomenta esta posición masculina, producto de un trasvase transgeneracional de tantos siglos. Cuantas analizantes se dan cuenta de que muy sutilmente los hijos varones tie­nen más contemplación que las hijas, que las madres temen la frustración masculina más que la femenina. Pare­ciera que los varones tienen que aguan­tar menos, porque tienen más violencia, más/menos, da igual: el yo responde por más deseo de cambio que se tenga., aunque el convencimiento de cambio esté ahí. La historia se impone y las mu­jeres quedan perplejas con el descubri­miento de que están apoyando la domi­nancia masculina sin ser conscientes de ello. Ahora, en el confinamiento obli­gado, una madre me comentaba como su hijo no podía soportarlo porque los hombres no pueden aguantar tanto.

 

El caso clínico que con gran maestría expuso el último día del ciclo Teresa Sánchez (comunicación personal, 2020) nos permitió ver como esta dominación masculina facilita sacar el niño fálico que lleva dentro y pasar al acto la fantasía de tener el falo. Mujeres actuales se de­jaban vejar por él con un gran sufri­miento incluso con intento de suicidios, por alguna de sus parejas volviendo so­bre ellas la violencia que él producía. Con más o menos claridad la sociedad es permisiva y un perverso puede actuar sin gran revuelo social sosteniendo que la mujer nunca tiene el estatuto de su­jeto.

 

Las salidas de estas identidades son a veces lentas, a veces abruptas, y otras veces no queremos salir de esto por miedo a lo desconocido. Las mujeres no quieren ser dominadas y algunos hom­bres actualmente no tienen ningún inte­rés en dominar, porque para el hombre estas mascaradas son también cárceles en las que se sienten constreñidos y anulados. Esto es verdad si no nos aso­mamos al panorama político, porque allí ser viril parece ir de la mano de nuevo con ser violento. Las palabras de desca­lificación a los diferentes, de enfado y lu­cha nos hablan de cómo estos hombres necesitan mostrar su virilidad mante­niendo su territorio, su partido, su reino a través de la fuerza del verbo, más que pensar en unir fuerzas para salir de esta situación crítica. Las mujeres a veces se angustian frente a lo desconocido y frente a la perdida de lo gratificante de una posición sumisa. A veces cuesta, pero también tendremos que pensar ¿por qué nos dice Dessal que las muje­res quieren que las protejan?; ¿que las protejan de qué? Tal vez lo que piden al hombre es que las protejan de esta do­minación masculina: que las protejan de una sociedad que aún no ve a la mujer en igualdad, protégeme de los tuyos de tu masculinidad dominante, e incluso protégeme de mi misma idea de ser me­nos, tu amor me protege incluso de mi masoquismo.

 

Rodrigo Bilbao (comunicación personal, 2020) nos introduce en la importancia de diferenciar entre sexualidad y sexua­ción; nos aclara que ser hombre no es ser portador del falo y que ser mujer no es estar castrada y no tenerlo, sino que tiene que ver más con cómo se posi­ciona cada sujeto en relación al goce. De manera que aquellos sujetos que go­zan desde la posición fálica son hom­bres, y los sujetos que no sólo gozan de lo fálico, sino que además gozan de un goce que se viene llamando No-todo (no todo es fálico); se posicionan como mu­jer, tengan o no tengan el apéndice.

 

Freud ya nos dijo que la anatomía no era definitoria, pero también es verdad que la sociedad en la que vivimos, aunque no estrictamente como Cabilia, bebe de estas influencias. Incluso Freud, como hombre de su tiempo, en su teoría marca que el hombre piensa que la mu­jer no tiene el pene por cumplir las fan­tasías incestuosas de las que ellos tam­bién son deseosos y la única manera de conservar el atributo fálico es no acce­diendo a estas fantasías para no ser castigados, como ellas, con la ausencia de este apéndice que las hace “ser me­nos”.

 

Hasta ahora estamos en una lógica bi­naria, como decíamos al principio, entre lo crudo y lo cocido, el hombre y la mujer son las dos formas únicas de diferenciar los sexos.

 

Pensemos entonces cómo el encuentro del hombre con la mujer es un encuentro donde él piensa que la mujer merece un castigo, y este encuentro siempre pro­duce angustia, de la que nos habla Freud en su texto El Tabú de la virgini­dad de 1918.

 

Estas certezas se van rompiendo con la entrada de la mujer en lo social y la caída de la extrema dominación mascu­lina que quiebra la lógica fálico-cas­trada. En el intento de salir de esta ló­gica y de poner las cosas no en oposi­ción, Lacan (1971) abre la posibilidad de entender ser hombre o ser mujer desde otra perspectiva. Pero también desde esta lógica, ya hace una aseveración definitiva: ser madre no es ser mujer. Recoge el cambio social imperante con la entrada de la mujer en lo social tras la segunda guerra mundial.

 

La salida de la posición dominante, la necesidad de encontrar una nueva iden­tidad femenina, es la que se hace evi­dente en este mundo nuestro de hoy. Como decíamos arriba, no podemos buscar la esencia del ser porque no existe más que una carencia de esta esencia. La falta en ser del hombre es tan evidente como la carencia óntica de cualquier hablante, sea hombre o mujer. Así como la mujer ha de encontrase en su ser una, creo que la masculinidad tiene que encontrase en su ser uno, en su goce no todo.  Es verdad que Lacan hablaba de que la mujer no existe y el hombre sí. Tendremos que pensar si eso es mantenido hoy y el hombre es el mismo que el del siglo XX. A falta de esencia tenemos semblantes, según Jacques Alain-Miller; el semblante sería aquello que incluye lo simbólico y lo ima­ginario frente a lo real. Es decir, está compuesto del orden simbólico reinante, más lo que cada uno define e interpreta (al modo neurótico, psicótico o perverso) que constituye dicho orden simbólico reinante. En nuestra sociedad falocén­trica el hombre puede y ha podido mos­trar este poder fálico como semblante masculino prestado y adquirido en lo que lo que la política le adjudicaba (Mi­ller, J. A., 1993).

 

Alberto Constante (2006) en un artículo llamado “Derridá, memoria de la exclu­sión”, me ha hecho pensar en las conse­cuencias de la exclusión de la mujer de la vida pública. La mujer tiene su identi­dad basada en una diferencia impuesta jerárquicamente por el hombre:

 

“Tal como concibe Derrida. La creación de una identidad im­plica el establecimiento de una jerarquía entre hombre y mujer etc. Una vez hemos compren­dido que toda identidad es rela­cional que la afirmación de una diferencia es una condición pre­via para la existencia de cual­quier identidad – es decir, la per­cepción de otra cosa que consti­tuirá su “exterior” entonces pode­mos empezar a comprender por qué dicha relación siempre puede convertirse en caldo de cultivo del antagonismo,…un no­sotros por la demarcación de ellos se conviertan en amigos y enemigos. Esto sucede cuando el otro que hasta entonces era considerado como diferente, em­pieza a ser percibido como al­guien que cuestiona nuestra identidad y amenaza nuestra existencia “

 

El pasaje de lo diferente a la amenaza de la identidad es lo ocurrido con los hombres y las mujeres; las olas feminis­tas sienten a los hombres como peligro­sos para la adquisición de la nueva iden­tidad femenina; de ahí la toxicidad atri­buida al hombre como peligro para la asunción del “nosotras”. Y la ferocidad de ciertos hombres ante el movimiento feminista también es producto del peli­gro que supone el “vosotros” para la identidad masculina imperante. De nuevo la mujer quiere, como el hombre, definir sus fronteras haciendo casta.

 

Una vez reconocida que las palabras de Pilar Primo de Rivera son el peaje para estar en la sociedad impuesta por el hombre. Es fundamental para este cam­bio que la mujer tome consciencia, se­parando maternidad y feminidad. La aparición de los anticonceptivos permite y da cuerpo a esta separación haciendo evidente que la mujer puede tener de­seo sexual más allá de la procreación. También los estudios de género contri­buyen a que las mujeres puedan tomar conciencia de su exclusión ancestral y con esta memoria histórica asumir dis­tintas posiciones: hacer su casta exclu­yendo al hombre, o intentando tomar su lugar en una rivalidad insostenible. Así van surgiendo las olas feministas en la búsqueda de una salida a la adjudica­ción de lo que se veía diciendo que era el sexo femenino.

 

De manera simultánea a los movimien­tos feministas, aparecen mujeres que defienden lo suyo, mujeres que quieren desbancar y ocupar el lugar del hombre; otras que buscan la igualdad de dere­chos aceptando las diferencias. Vemos así que hasta que la mujer no pueda mi­rar al hombre fálico con la distancia su­ficiente como para parecer un anacro­nismo y tomar una posición irónica so­bre ello, no tiene entonces más remedio que pasar individualmente por algunas de estas posturas.

 

Los hombres quieren tomar nuevos ca­minos, pero al igual que la mujer les cuesta abandonar las identificaciones con la figura hegemónica y potente que por el hecho de ser hombre parecían te­ner. Hay hombres que mantienen las po­siciones masculinas heredadas tal cual, en una lucha exacerbada por conservar el privilegio. Hombres que la única forma de mantener su virilidad es, como el pa­ciente que nos contaba Teresa, actuar frente a la mujer perversamente; otros que luchan por salir del machismo visce­ral que la sociedad les ha inculcado, solo que a veces les traiciona lo apren­dido de siglos transgeneracionalmente.

 

Hombres que se hacen un lío a la hora de tomar posiciones diferentes borrando las diferencias incluso fisiológicas, por­que la mayoría de los jóvenes para decir que van a tener un hijo dicen “estamos embarazados”, negando el compromiso real del cuerpo de la mujer en este he­cho. Luego del parto toman atribuciones a veces en competencia directa con el espacio que la mujer necesita para des­prenderse de ese algo que ha llevado nueve meses en sus entrañas: una mu­jer viene a consulta con la idea de estar pasando una depresión post parto, ya que siente que todo lo hace mal, porque su marido baña a la niña, le dice cómo y cuándo debe darle de comer y ella no tiene lugar.

 

De una generación a otra los rostros de la masculinidad pueden cambiar sensi­blemente. Oigamos la transición de un hombre pensando en la masculinidad del padre, un padre que él ha visto siem­pre mujeriego, dice:

 

“mi padre siempre cuenta cuando hace alguna labor atri­buida socialmente a las mujeres, lo hace para dar la imagen del esposo perfecto cuando no lo ha sido en lo que debería ser, lo marca para que veamos que no descuida cosas especiales, para dar una versión más completa de sí mismo. Me sorprende que lo haga, a mí ni se me ocurriría por­que lo hago todos los días, entre otras cosas porque vivo solo, pero cuando he vivido con una mujer la distribución de tareas estaba perfectamente hecha…” 

 

El alarde del padre lo ve anacrónico, el hombre representado por su padre, fá­lico, que intenta tomar algunas virtudes sin poderlas hacer suyas, ya no es el hijo. Podemos pensar que este hijo no siente que es más perfecto por acceder a tareas femeninas.

 

El pasaje del hombre fálico al hombre no-todo tiene muchas dificultades, por­que cuando se cuestiona la identidad masculina o femenina, de alguna ma­nera amenaza nuestra existencia y apa­rece un vacío que no se sabe cómo re­llenar, porque si no se es quien se pen­saba que era, ¿quién es?

 

Albero un hombre que sufre, de los que podríamos llamar hombre de hoy (“no-todo”), inteligente, formado, separado de la madre de sus hijos, que llega a análisis por una conflictiva con la de­manda que le hace su nueva pareja, quiere tener un hijo suyo porque el reloj biológico le apremia. Él sabe que tener un hijo es una complicación terrible en estos momentos, cuando todavía sus hi­jas no han podido resolver la separación de los padres y el divorcio con su ex pa­reja no está psíquicamente resuelto, por ahora no puede pensarse siendo padre de nuevo. La demanda de ella es “si me quieres, me tienes que dar un hijo para que yo pueda llegar a ser una mujer”. Es una mujer aposentada en el quicio de la puerta entre lo antiguo y lo nuevo, una mujer que tiene acceso a un trabajo exi­toso, pero que su concepto de ser mujer sigue anclado en un pasado-presente porque no se concibe ser mujer sin el re­presentante fálico que es un hijo: “si no tengo un hijo soy nada, seguiré sin que nadie me tome en cuenta”. El deseo de ella se convierte en el pedido de una se­ñal de amor, al modo si me quieres, dá­melo. Alberto sufre mucho porque tam­poco él sabe si tiene que acceder al de­seo de ella dándole todo a la mujer que ama, y si él tiene derecho a decir que no sin comprometer su amor por ella, y si él tiene derecho a no desear un hijo. La mujer tiene la certeza de que si no se compromete con el deseo de ella es que no la quiere, que no es un hombre como dios manda. Metido en esta problemá­tica entre la demanda y el deseo me cuenta este sueño: soñaba con una fila de mujeres con trajes antiguos y se pre­gunta ¿de verdad nos conquistaron los griegos? Se establecieron, pero no nos controlaron, no nos conquistaron. Llega a una casa tétrica con un gran cuadro muy bien iluminado, un cuadro de tres mujeres, pero no sabía si eran tres sire­nas o tres brujas, seguidamente apa­rece un mayordomo que me dice “esta es la habitación del niño” y doy un grito ahogado.

 

¿Cuál será la verdad de este Alberto? El niño que hay en él se aterroriza, las aso­ciaciones del sueño giran alrededor de las mujeres de su vida con quienes se ha sentido como Ulises, agarrado al palo del árbol para no seguir los cantos de si­rena. No sabe si esta petición de su pa­reja de tener un hijo es un canto de si­rena o el de una bruja que lo empuja a una situación sin salida, embrujado; no sabe si quiere o no acceder a la de­manda de ella. Lo que plantea es que, como no sabe decir que no a una mujer o a casi todo el mundo, no se siente tam­poco con el derecho a decir que sí.

 

Podríamos decir que la mujer puede pensar que este hombre no quiere com­prometerse, pero no es ésta la proble­mática de Alberto; su conflicto es que él también quiere saber si desea tener otro hijo. Se trata de la apertura del hombre a no saber lo que es ser hombre, a tener que construir su hombría, su masculini­dad llena de angustia a unos y a otros, porque las respuestas a los conflictos planteados hoy no son las mismas que en otros momentos. Pero a veces el yo habla como si no nos perteneciera y así, una mujer que quiere un hombre sensi­ble, afectuoso, sin certezas frente a los cambios en la masculinidad hoy se siente desorientada y le puede exigir ac­titudes pasadas. Porque perder lo poco bueno que tenía le resulta tan difícil como al hombre perder lo suyo.

 

Hasta aquí tenemos las versiones y ros­tros del hombre post moderno, ¿qué viene después? A mí, que no tengo nada claro todo esto y que sí me pro­duce muchas preguntas, me preocupan las posiciones psicoanalíticas adscritas a parroquias o partidos que defienden posiciones repetidas y que pueden ha­cer mucho daño.

 

Veamos que el ser parlante se divide se­gún su adicción al goce, no es lo mismo sexualidad que sexuación y resulta una diferencia compleja, difícil, hablar de mujeres con pene y hombres con va­gina, porque pienso que lo real tiene su lugar y que de alguna manera influye, lo que podemos pensar es que el psicoa­nálisis tal como viene siendo da pocas respuestas al cambio social y a veces las respuestas son muy enlatadas.

 

A modo de conclusión de estas reflexio­nes sobre la masculinidad, me planteo la pregunta sobre ¿cómo situarnos frente a las nuevas realidades de la se­xuación hoy en día cuando no hay una lógica binaria atribuida con la que iden­tificarse? Es muy claro que Freud y La­can estudian las diferencias entre el hombre y la mujer desde una lógica bi­naria. La sociedad empieza a no aceptar esta lógica de los opuestos y necesita hablar de formas de la sexuación no bi­naria. Es decir, no se identifican ni con el hombre ni con la mujer; son géneros llamados fluidos que transitan por varias identificaciones de género y como tal tie­nen un goce sexual que tendremos que conceptualizar. La expresión género no binario se aplica a las personas que se identifican con lo que podríamos llamar un tercer género o con ninguno.

 

Frente a la lógica binaria y en contra de las adjudicaciones sociales hoy se prac­tica una sexualidad diversa, así como es diversa la familia y la pareja, el sistema binario ya está cayendo: Valentina Cas­sachia (2018) comisaria del simposio de género líquido comenta que hay una es­cala amplísima de variantes entre el gé­nero masculino y el femenino y que de­beríamos de dejar de nombrarnos hom­bre o mujer, no poner género que es una invención patriarcal como veíamos al principio.

 

Esto parte de la idea de la modernidad liquida, como dice Zygmun Bauman (2003), una sociedad que rechaza cual­quier tipo de compromiso derivado de la práctica sexual, manteniendo un sexo que se sostenga sobre sus propios pies, evaluable sólo si es o no gratificante; es decir, un sexo que no tenga posibilidad de hacer acontecimiento en la psique del que lo práctica.

 

Sin embargo, la clínica analítica está llena de personas que sufren por una práctica exigida socialmente y que no obstante las cambian como sujeto y ha­cen síntomas o la mayoría de las veces sienten que su ser sujeto se tambalea entrando en ataques de angustia sin sa­ber quiénes son, en una despersonali­zación absoluta.

 

Tenemos que pensar que la mujer mira al hombre, a los rostros de hoy, al hom­bre moderno, al post moderno, al de gé­nero líquido desde la identificación que la sostiene, siendo cierto que al hombre de la sociedad actual le es más fácil ac­ceder a esta falta de acontecimiento psí­quico, porque la mujer sigue pensando que el amor es lo que la hace ser.

 

*Ponencia dentro del Ciclo de Sábados: “Los Rostros de la Masculinidad”, celebrado en AECPNA durante el curso 2019 -2020.

** Sobre la autora:

Francisca Carrasco es psicóloga clínica, psicoanalista, docente de la Asociación Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes de Madrid, coordinadora y profesora del Master de Psicoterapia Psicoanalítica de la Universidad Complutense de Madrid miembro didacta de la Asociación Madrileña de Psicoterapia Psicoanalítica.

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