Número 13

CICLO SÁBADOS: CONSTRUYENDO BRÚJULAS PARA EXPLORAR NUEVAS REALIDADES. LAS DIFERENCIAS SEXUALES HOY

Género, Trans-versalidad y Psicoanálisis

Por Adolfo Berenstein

Introducción

Desde hace años, pero con mayor intensidad este último tiempo, estamos viviendo profundas conmociones sociales que han puesto en un primer plano las cuestiones del sexo, el género y la sexualidad. Los abusos sexuales de menores dentro del mundo de la Iglesia, en colegios e institutos de enseñanza o en centros de actividad física, la extensión de la violencia de género, las violaciones y los crímenes sexuales, la desprotección legal de las víctimas, y la lucha por los derechos de las mujeres y de las minorías conducidas por el colectivo LGTBI, son algunas de las manifestaciones actuales que enmarcan una situación que no puede dejar insensible a los psicoanalistas.

Sin olvidar para nada este paisaje de fondo deseo comenzar mi intervención, a modo de preámbulo, planteando algunas referencias tangenciales que están dedicadas al dispositivo analítico, y aunque les parezca por un instante un desvío del tema que nos convoca para este encuentro las considero necesarias e indispensables.

Me refiero explícitamente a los problemas, más que preocupantes, que invaden la vida actual del psicoanálisis. De diversos modos, y de distintos lugares, se habla de esta cuestión, y en especial, de las dificultades por las que atraviesa el ejercicio de la práctica psicoanalítica. Mi deseo no apunta tanto a señalar los factores reales externos que condicionan, alteran o distorsionan, hasta desnaturalizar a veces esta práctica, sino a los fundamentos mismos que la constituyen como práctica, es decir, al entramado de discursos, reglas y condiciones que hacen posible el despliegue del dispositivo.

Las teorías psicoanalíticas son, en su conjunto, variadas cajas de herramientas que todos nosotros adquirimos en nuestra formación. Instrumentos diversos que utilizamos, según el criterio de cada uno, para diseccionar los relatos escuchados en nuestras consultas. Son los cinceles que usamos para tallar las historias que nos cuentan, los pinceles y los colores que nos permiten dar tonalidades y matices de sentido al trabajo analítico. Sin el instrumental teórico la práctica se difumina o bien se cubre de una espesa bruma que desdibuja el valor de la experiencia. Sin esas herramientas nos volvemos tan ciegos como lo somos en la vida cotidiana. El uso reiterado o el insensible paso del tiempo han desgastado los engranajes teóricos y limitado su influencia de antaño como si la materia conceptual hubiese perdido la virulencia que antes poseía.

El cuerpo social, y no solo por efectos de una modernidad que ha elevado a la ciencia neurobiológica al cenit del saber, se ha hecho inmune a la peste que antes transportaba el psicoanálisis. Lo novedoso de antaño se ha convertido ahora en una moneda corriente que ha perdido gran parte de su valor de sorpresa; pero más grave aún, es el envejecimiento de ciertos conceptos teóricos que no cesan de obstaculizar la escucha de lo real y de lo diferente en la vida actual, reduciendo, muchas veces, sus manifestaciones a fórmulas estereotipadas.

El edificio teórico sufre con el paso del tiempo un deterioro que hace necesaria una profunda revisión. Cuando las paredes se agrietan y se pone en serio peligro la estabilidad de la construcción debemos pensar que algunos pilares fundamentales de la teoría han comenzado a ceder. Se trata ahora de recuperar ese régimen de verdad del discurso psicoanalítico sobre los procesos psíquicos, de veridicción como lo enuncia Foucault, para continuar ensanchando la obra freudiana y posibilitar nuevamente la emergencia de lo real. Basta recordar aquí esa formulación freudiana que marca el despertar del psicoanálisis en la cultura y que abre nuevos caminos en el pensamiento: el sueño es una realización de deseos. Momento de ruptura con el saber neurológico de la época, el sueño deja de ser ese producto desordenado del sistema nervioso durante el descanso nocturno, para convertirse en un acto subjetivo de alto valor simbólico. Freud supo anudar su concepción teórica a un dispositivo que hace posible la aparición de la verdad para hacerla inteligible.

Es hora de reconocer algo en apariencia tan simple, pero al mismo tiempo tan difícil de asumir por los psicoanalistas: la presencia de fuertes resistencias en su territorio levantadas por el saber adquirido. Los evidentes cambios producidos desde hace pocas décadas, y de forma muy acelerada, por los movimientos sociales, las grandes revoluciones tecnológicas y el desarrollo de nuevas formas de pensamiento, han puesto en tela de juicio ciertos nudos de la teoría psicoanalítica. No se trata de negar la tasa de valor de sus concepciones, y menos aún abandonar el estudio de las construcciones teóricas de los grandes pensadores, todo lo contrario. Muchos teóricos del psicoanálisis han nutrido, y seguirán nutriendo nuestras alforjas, pero es imprescindible leerlos desde un real cultural distinto que exige de todos nosotros una prudente actitud irreverente.

Es necesario dejar atrás algunas de las tradiciones que aún sobreviven enquistadas en el interior de la masa teórica del psicoanálisis. No solo dejarlas atrás, sino también desmontarlas si creemos seriamente en la necesidad de producir algo que nos acerque a lo real y actual. Porque las teorías muestran su vigencia cuando operan sobre lo real creando efectos de sentido, construyendo ficciones que dejan emerger la verdad. Se trata ahora de fabricar relatos que despierten otra vez el sentido de verdad y nos devuelvan el frescor de lo dicho bajo el signo de lo diferente. Debemos reconocerlo, nuestro tiempo histórico ha cambiado profundamente, basta ver la inestable transformación de la cultura y la producción de bienes por la que atraviesa de manera a veces convulsiva nuestra sociedad, y en especial las reivindicaciones que se alzan a las tradicionales concepciones de la vida sexual.

Hay fórmulas teóricas y formas de pensar que duermen aún vivas en nuestra caja de herramientas a pesar de ser obsoletas, antiguas, y ya en desuso en la cultura de nuestra época. Seguir aplicando el saber conservado en las estanterías de nuestras bibliotecas a una realidad muy diferente a la de nuestros antecesores no hace más que reproducir lo ya conocido. Se trata ahora de crear, sin despreciar lo adquirido, nuevas líneas en el pensamiento psicoanalítico. Por eso mi deseo de hablarles hoy sobre el sexo y la sexualidad, porque en este nudo gordiano se expresan aún con mayor nitidez los viejos tabúes de la tradición psicoanalítica y algunas de las dificultades por las que atraviesa la escucha analítica. Dicho de otro modo, la teoría sexual, uno de los pilares fundamentales del psicoanálisis, ha dejado de tener la solidez que le atribuíamos y se convierte en un material sensible a la crítica. No se trata simplemente de retocarla, como si cambiáramos de sitio los antiguos muebles de una habitación, creyendo con ello que la modernizamos. No estoy hablando de mantener viejos conceptos, sino de un profundo cambio en el decorado teórico. Tenemos que atrevernos con gran valentía a explorar la vida sexual desde otras ópticas para modificar el paisaje teórico y trazar nuevas coordenadas que desanden el trillado camino de la perversión, la desviación patológica o la psicosis, cuando el sujeto sexual se aleja de esa normalizada ruta heterosexual reproductiva. Porque allí, justo en ese eje dominante, en esa carretera principal donde terminaba la diferencia sexual para el psicoanálisis, comenzaron a instalarse las patologías inherentes a la sexualidad. Debemos explorar otra vez este territorio sin el mapa de las ideas preconcebidas, abandonando las cómodas autopistas para transitar por carreteras secundarias con una mirada crítica a lo ya sabido. La crítica al saber adquirido es el primer y auténtico paso necesario para aventurarnos hacia lo desconocido.

Desde esta perspectiva, se debe medir el valor de lo que traigo para debatir, la construcción de una simple ficción histórica, un relato sobre el saber y el poder de ciertas prácticas sociales y formaciones teóricas, entre ellas la del psicoanálisis. Trataré de abrir el surco de una genealogía que nos permita acercarnos a ese cruce entre determinada jurisdicción de las relaciones sexuales que definían lo permitido y lo prohibido, y la verdad del deseo y el goce. Me apoyaré para ello en el seminario que dicté sobre el sexo y la sexualidad durante el año 2014-2015 en la Asociación Cfronts, en diversos textos y autores pertenecientes al psicoanálisis y a otras disciplinas, traeré citas y observaciones clínicas, insertaré mi manera particular de pensar la sexualidad, en definitiva desplegaré un campo de interrogaciones. Solo le pido al auditorio que le concedan ahora a mis palabras una fluida escucha sin diques de contención. Comencemos sin más demora a hablar del sexo y de la sexualidad.

Desde siempre la cuestión del sexo fue objeto de interés para diversas disciplinas, desde la medicina a la psiquiatría y el psicoanálisis, desde la filosofía a la pedagogía, y ha sido el motor de diversos movimientos colectivos desde el feminismo a las luchas de los homosexuales y lesbianas, generando a su paso nuevas corrientes de pensamiento. Desde distintas líneas se ha contribuido, y aún se continúa con esa interminable labor de construcción del sexo con un entramado de teorías y tendencias ideológicas a veces poco conciliables entre sí; y esto es así, porque el sexo y la sexualidad, insisto en esta premisa, se ha construido a través de una compleja operación llena de matices y contradicciones, de paradojas y confrontaciones, de avances y retrocesos, entre teorías y movimientos sociales.

El sexo, enigmático y perturbador, es el punto nodal donde aparece con nitidez la propia inadaptación del sujeto consigo mismo y con los otros, las profundas discordancias del sujeto con el deseo y los goces. Su carácter indescifrable alentó la proliferación de discursos dirigidos tanto a revelar su secreto como a bloquear todo acercamiento a él. Como se puede apreciar el sexo, el cuerpo sexuado, está bañado por el lenguaje: argumentos, interpretaciones, discursos de los más variados, lo convierte en el centro de especulaciones y controversias, de encuentros y polémicas entre distintas disciplinas, su materia se inscribe en el mundo simbólico y su pertenencia no puede ser considerada para nada biológica.

Desde los orígenes se impuso fundamentalmente una sola dirección: prohibir, censurar, limitar la vida sexual, sin saber que al hacerlo se multiplicaba su interés por ella, se la incitaba y se la estimulaba. Existe en nuestro mundo una productividad disciplinaria y coercitiva del sexo, una violencia del poder sobre el cuerpo sexual del individuo.

“En el sadomasoquismo –escribe Foucault- hay una división bastante neta entre aquél o aquélla que es dominante y aquél que es dominado. Esto repite ciertas relaciones de jerarquía y poder que se encuentran en los modos de vida más convencionales…”. El sado-masoquismo pone en acto la crueldad del poder y de la autoridad, las relaciones violentas del sistema social y la fuente de goce sexual que proporciona su ejercicio. De un modo explícito, su escenario sexual, repulsivo y violento para algunos, le devuelve en espejo a la sociedad y a sus políticas de cualquier género lo que ella es y no quiere admitir: un juego programado bajo el imperio del goce: goce del poder y poder del goce, un contrato social entre amos y esclavos.

El sado-masoquismo no deja de ser una estética, una metáfora del goce del poder y el servilismo. Los uniformes militares, los cueros y látigos, las cuerdas y mordazas, las ataduras y castigos corporales, junto a las violaciones, ponen en escena con inquietante esplendor y tremenda atracción el goce de la autoridad y el placer del sometido. Sin embargo, para que esta escena pueda desplegarse con toda su violencia erótica es necesario cumplir un requisito: el contrato con la persona que espera anhelante su gratificación; un contrato voluntario de sometimiento y abandono de su ser para el goce. Es entonces cuando veremos, con el despedazamiento del cuerpo del masoquista y el anonadamiento de su ser, hacer acto de presencia en la escena sexual a la pulsión de muerte con todo el vigor de su fuerza destructiva. Las guerras, en sus diferentes formas, las limpiezas étnicas, las masacres, los campos de refugiados, las inmolaciones, los atentados terroristas o la violencia doméstica, no dejan de ser demostraciones excesivas de ese goce por la muerte.

El sexo, la sexualidad, la vida sexual se halla así bajo la mirada vigilante y disciplinaria de la medicina y la psiquiatría, y porque no decirlo, también del psicoanálisis y de la pedagogía. No es un fenómeno para nada nuevo el manto patológico con el que se envuelven ciertas manifestaciones del sexo, ni las tendencias a normalizarlo o pautarlo cuyos efectos alcanzan las orillas mismas del campo psicoanalítico. Basta recorrer los archivos médico-psiquiátricos reabiertos por las investigaciones de Michel Foucault para comprobar las preocupaciones por controlar y modelar la vida sexual de los seres humanos. Al mismo tiempo que el sexo era vigilado con un gran ojo panóptico, los discursos verdaderas usinas productoras de deseos y prácticas sexuales, proporcionaban un saber sobre él y creaban múltiples dispositivos sexuales.

Una breve historia en forma de viñeta me servirá de ejemplo para lo que quiero transmitirles. A comienzos del siglo XVIII, para ser más precisos alrededor del año 1710, aparece en Londres la publicación de un texto panfletario, creo que podríamos llamarlo así, de autoría anónima, aunque algunos historiadores nombran a John Marten, un médico de dudosa titulación, como su creador. Estaba dedicado a un tema que adquiere a partir de allí una gran acogida en la población urbana masculina: la masturbación.

La publicación llevaba el nombre de Onania, en honor al bíblico Onán, y se advertía en ella de los peligros que podía ocasionar en la salud de las personas el ejercicio de este vicio solitario y privado. Un placer excesivo era perjudicial. Se ponía el acento sobre todo en el grado de actividad, en el número y en la frecuencia del acto, en su intensidad. El hábito oculto de esta práctica sexual producía para los editores de Onania trastornos muy variados, y todos ellos, por cierto, preocupantes: desde la ceguera a las enfermedades orgánicas de todo tipo, incluso la tuberculosis, desde la astenia a la locura y el suicidio, desde la sodomía y la homosexualidad a la degeneración.

Onania era distribuida en bares, peluquerías, y en cualquier centro de reunión de hombres, y su fama fue creciendo con el tiempo hasta saltar el estrecho de agua que separa a la isla del continente europeo. No solo se hablaba en sus hojas de la auto-polución y sus riesgos, también comenzó a publicarse la confesión escrita de muchos masturbadores que deseaban escapar del tormento o ya lo habían hecho. Eran historias fascinantes que atraían la atención de los lectores y acrecentaban el número de los seguidores de la publicación.

Alrededor de Onania comenzó a gestarse una verdadera explosión económica, a los consejos dados en sus artículos para mejorar la situación de muchos masturbadores, se agregaron una cantidad de remedios y pociones destinadas a combatir el mal, preferentemente vendidas en las editoriales y librerías. Así aparecieron en el mercado de la masturbación numerosas bebidas milagrosas que anulaban los efectos del vicio, pastillas vigorizantes para neutralizar la pérdida de fuerza vital, o artificios y aparatos como mitones para dormir, alarmas de erección, capsulas para el pene o aros para impedir la fricción de las sábanas durante la noche. Había que evitar por todos los medios que el mal se extendiera en el cuerpo vicioso y acarreara graves disturbios en la persona afectada. La tecnología y la farmacopea se pusieron como siempre rápidamente en acción para detener el contagio de este hábito, colaborando con los consejos enunciados en la publicación.

El ejercicio libre de la sexualidad comenzaba así a ser moldeado y configurado por una tecnología que luchaba contra los malos hábitos. Un poder difuso y descentralizado iba a mostrar poco a poco su presencia en las clasificaciones médico-psiquiátricas sobre los trastornos de la sexualidad, acompañado de normas pedagógicas, preceptos morales, y regulaciones sociales y administrativas sobre el sexo. Comenzaron las medidas profilácticas para preservar a los niños y adolescentes de esta práctica nociva y sus consecuencias negativas en la capacidad reproductiva de cada individuo y de la sociedad. La masturbación extendida era una amenaza latente que ponía en peligro el crecimiento de la población. El sexo debía ser vigilado y castigada toda posible desviación de lo que podía considerarse normal por la cultura de la época. Se configura así un sistema de reglas y valores, de instancias o aparatos de restricciones, de tal manera que los individuos son conducidos a comportarse como sujetos de conducta moral, o dicho de otro modo se constituyen formas de subjetivación moral. Un placer desbordado, excesivo, merece un especial cuidado moral. Se establece entonces un código o ética de la carne.

La prevención más importante por la trascendencia de sus efectos fue sin duda la vigilancia permanente de los padres y su presencia disciplinaria. Se podría decir, de un modo general, que la masturbación contribuyó a la construcción de la familia nuclear tal como la conocemos hoy, favoreciendo el acercamiento de padres a hijos alrededor de los peligros que podía ocasionar el ejercicio abusivo y antinatural de la sexualidad infantil. Aproximó a los padres, acortó su distancia con los hijos a través de la prevención puesta en la vigilancia sexual, pero al mismo tiempo acrecentó en ellos el peso de los fantasmas incestuosos.

Era un deber de los padres impuesto por el poder de la medicina y la pediatría, proteger al niño de los vicios auto-eróticos si deseaba fortalecer su buena salud corporal y mental. El cuerpo del niño era por primera vez, de una manera nítida y transparente, una preocupación familiar, educativa y médica, en el control y dominio de los impulsos sexuales. Las medidas de vigilancia trataban de impedir el despertar temprano y peligroso del instinto sexual, y prohibir con una mirada condenatoria todo intento de excitación que obstaculizara el normal desarrollo del individuo. En esta dirección hallamos dos siglos más tarde las normas higiénicas y educativas promovidas por el padre de Schreber, que alcanzaron un gran prestigio durante el régimen nazi con los Kinder Gardens, y tuvieron tan nefastas consecuencias sobre su hijo, cuyas Memorias ocupan un lugar entre los casos analizados por Freud.

Esta onda popular y folletinesca creada alrededor de la masturbación por Onania fue decreciendo con el tiempo, pero dejó un profundo rastro en el tratamiento médico-moral a través de diversas obras especializadas. Algunas de ellas se ocuparon de los peligros que la práctica ocasionaba en la salud, y de las limitaciones reales en prevenirlos y dominarlos. Se trataba del cuidado moral del uso de los placeres. Se reconocía en el masturbador la existencia de fuerzas interiores, deseos y fantasías, pocos accesibles al control médico. Para conducirse moralmente en relación a los placeres el individuo debía mantener una actitud de combate. Para dominarlos debía resistir si no quería ser esclavizado. La conducta moral, en materia de placeres, era entendida como una batalla por el poder, vencer o ser vencido. Muchos autores plantearon frente a este vicio que proviene desde dentro del sujeto, desde su interior, implementar como mejor y único remedio efectivo la culpa. Como ven la religión, y también la pedagogía, debían ayudar a la medicina en esta tarea destinada a transformar el placer narcisista de una etapa del desarrollo del individuo y encauzarla hacia la madurez de una sexualidad normalizada y reproductiva. Desde este punto de vista la masturbación era una muestra de infantilismo y una pérdida de virilidad que se oponía al destino sexual de todo individuo.

El desarrollo sexual era normal si cumplía con la finalidad inherente a su naturaleza, la conservación de la especie; y se consideraba como una desviación enfermiza o una anomalía cualquier obstáculo que se interpusiera en este camino. La masturbación era un peligro para la subsistencia humana porque suponía un gasto improductivo de energía corporal puesto al solo servicio del goce sexual.

Una nueva preocupación aparecía entonces en la escena: el control de la natalidad. Se abría así un debate entre los que proponían esta práctica para evitar el crecimiento desproporcionado de la población y los que consideraban moralmente incorrecto alentar una sexualidad no reproductiva. Los tratamientos hormonales junto a ciertos dispositivos tecnológicos tendrán más tarde su palabra sobre este tema al favorecer la reproducción o liberar la capacidad de goce sexual de los cuerpos.

“El proyecto político burgués -recordará Foucault- se asienta en la reproducción y el crecimiento de su poder de clase”. Es decir, en la descendencia y la herencia, y para llevar a cabo esta estrategia tomará posesión del cuerpo humano como objetivo privilegiado. Se preocupará por el desarrollo de sus aptitudes y utilidades y establecerás controles reguladores de la salud y de la sexualidad. Por supuesto, la buena salud de la infancia fue una de las mayores preocupaciones sanitarias y educadoras.

“Nos hallamos –siguiendo esta lectura de M. Foucault- frente a una nueva productividad del sexo, a nuevas formas de disciplinarlo, de recrearlo y de favorecerlo, de inscribirlo socialmente como norma o rechazarlo como amenaza, de conducirlo hacia un aumento de la natalidad o de restringirlo si la población minoritaria es un peligro por razones políticas, religiosas o raciales, de castigarlo con leyes y normas, de orientarlo en las tendencias y los deseos sexuales, de modelarlo en las fantasías y estimularlo imaginariamente…El sexo está atrapado por esta red de poder…que ha penetrado en el cuerpo humano”.

La sexualidad era así la causa de múltiples trastornos corporales y anímicos y, al mismo tiempo, la propia vida sexual del individuo era vigilada para evitar sus desviaciones patológicas. La sexualidad pasó a ser, de este modo, un problema médico de primer orden.

En 1886, más de 150 años después de Onania, aparece en lengua alemana la obra de Krafft-Ebing, un verdadero compendio de las formas de manifestación de la vida sexual que va desde lo normal a lo patológico, desde las tendencias de la vida amorosa al fetichismo, el sadismo, el exhibicionismo, la homosexualidad o el masoquismo. Su Psychopathia Sexualis pondrá el acento en el instinto sexual y su desarrollo y en esa “lucha sin tregua entre el instinto y las buenas costumbres, entre la sensualidad y la moralidad”.

Quiero traerles ahora un caso clínico que pueden encontrar en la observación 354 de la obra de Krafft-Ebing. Es la autobiografía de un médico húngaro nacido el año 1844. ——–Vivaz e inteligente, jamás experimentó la alegría de ser un niño, prefería ser una niña. Exteriormente era un niño, pero en su fuero interior era una niña perezosa de corazón tierno. A pesar de amar al padre temía sus opiniones contrarias a su manera de sentir, mientras que la madre lo trataba de conducir sin hacerle sufrir el ridículo. Su deseo de pertenecer al mundo de las mujeres lo alejaba de los niños y lo atraía a las niñas. Ya en la escuela tenía una inclinación por los guantes de mujer, trataba de ponérselos en secreto en cuanto podía. Avergonzado cuando lo descubre su madre decide esconder su predilección por las cosas femeninas. Bajo ningún precio se hubiera mostrado a los otros vestida de niña porque temía exponerse a la burla. Deja su país natal por el trabajo de su padre y pasa a residir en Alemania donde continúa sus estudios. Allí se encuentra con un régimen escolar más severo y las continuas ironías de sus compañeros por sus maneras de niña. Fue púber hasta los 13 años, pero su figura permanece femenina hasta los 18 años, en esa época asoma la barba que oculta, en parte, su aspecto femenino. Si bien ignoraba casi todo lo concerniente a la sexualidad, tenía el sentimiento cierto de preferir ser una mujer, y no hubiera temido al bisturí de la castración para alcanzar ese fin. Terminados los estudios frecuenta ambientes disolutos; bebe mucha cerveza, fuma hachís hasta sentirse envenenado y practica la masturbación con frecuencia. Parecía ser un hombre doble: masculino, pero mezclado de feminidad. Sabía que tenía inclinaciones femeninas y sin embargo creía ser un hombre. Se gradúa de médico y se casa con una mujer enérgica y amable. Cumple con los deberes de esposo, pero sin satisfacción porque siendo un hombre desde el punto de vista exterior tiene siempre sensaciones físicas y psíquicas femeninas. La posición del hombre continúa diciendo en su autobiografía- le es difícil y siente por ella una aversión particular. Se siente siempre pasivo, vive el acoplamiento como una mujer. Tiene la impresión de la cohabitación de dos mujeres, una de las cuales se considera como hombre enmascarado. Debe ocultar su estado a su propia mujer. No le sería difícil volverse un homosexual pasivo, pero la prohibición religiosa pone allí un obstáculo. En su calidad de médico militar vivió los horrores de la pederastia de los turcos en los hospitales que despertaron en él un profundo rechazo.—–Desde hace tiempo experimenta la percepción de ser una mujer de los pies a la cabeza. Una voluptuosidad indecible se apodera de él y se siente transformado en mujer. Se percibe como hombre en un cuerpo de mujer, el pene le parece un clítoris, la uretra se asemeja a la entrada de la vagina siempre húmeda, el escroto le parece ser los grandes labios, siente los pezones como senos, tiene la sensación de poseer una pelvis de mujer. Tiene periódicas perturbaciones mensuales: hemorragias por el ano, las encías o la nariz. A pesar de ser padre con grandes dificultades y sin tener placer se pregunta de qué sirve la suprema sensación de goce femenino si no se tiene la emoción de la concepción. La feminidad que se ha implantado exige ser reconocida y como no puede salir travestido a la calle se contenta con una pequeña concesión: llevar un brazalete detrás de la manga.

Según sus propias apreciaciones, no se consideraba un homosexual porque sus preceptos morales y religiosos se lo impedían. Tampoco se consideraba un travesti a pesar de sus gustos por las ropas femeninas, porque el pudor no le permitía salir vestido así a la calle. El empuje voluptuoso y arrebatador de su goce femenino le acarrea evidentes efectos trans que no borran su certeza de ser un hombre. Casi con toda seguridad a este joven húngaro le esperaban en nuestros días dos posibles alternativas: ser tratado como un perverso o un psicótico o responder a las demandas creadas por el propio aparato médico para normalizar su anomalía sexual, es decir, someterlo a un protocolo endocrino-quirúrgico destinado a la cura de su enfermedad y de este modo reintroducirlo otra vez dentro del eje binario hombre-mujer.

El sexo y la sexualidad tienen porosas fronteras, se transita desde un lugar a otro a veces de un modo natural, como ocurre con el fenómeno actual del cross-dressing. Hombres que frecuentan lugares privados donde hallan a su alcance vestidos femeninos y complementos, donde son maquillados por estilistas y comparten con otros de su misma tendencia amables tertulias sin que exista ninguna posibilidad de encuentro sexual, y que pueden salir a mostrar, en un paseo por las calles de la ciudad, su nueva figura sexual. No son en sentido estricto gays, ni travestis, ni transexuales, pero tampoco comparten el modelo y la manera de funcionamiento de los heterosexuales. Son seres que muestran la fluidez del sexo más allá de los patrones socialmente aceptados.

Haré ahora un salto acrobático que me permitirá aproximarme a las concepciones de Freud sobre la vida sexual y a ciertas corrientes de pensamiento todavía vigentes dentro del campo psicoanalítico que mantienen, a pesar de la apariencia, esa mirada de sospecha patológica sobre cualquier forma sexual que se aparte del eje heteronormativo.

Freud se encuentra, por lo dicho anteriormente, con un territorio ya abonado donde germinarán muchas de sus ideas a contracorriente del poder médico.

El primer nicho lo halla en la vida cotidiana de la familia nuclear y las preocupaciones en el control de la vida sexual de los niños. Con una sexualidad que, de no ser vigilada, puede ocasionar graves enfermedades, y que ella misma es proclive, como ya se ha dicho, de ser considerada patológica cuando se desvía de su senda natural destinada a la procreación y a la conservación de la especie.

En segundo término, Freud choca con las definiciones acuñadas por el pensamiento médico-psiquiátrico, por ejemplo el innatismo o la degeneración, que serán revisadas en su teoría y permitirá la aparición de nuevos conceptos en el campo de la sexualidad.

Freud se alza con una poderosa fuerza en Los Tres Ensayos contra el innatismo y la degeneración, pero también contra el poder institucional de la medicina y la psiquiatría. Aún hoy nos hallamos lejos de separar al psicoanálisis del discurso médico sostenido por las clasificaciones patológicas, y el diagnóstico diferencial de los cuadros clínicos, pensando que allí se hallan los puntos de apoyo de nuestra práctica, cuando es el nacimiento en acto de la verdad inconsciente, única e irrepetible, lo que guía el devenir de la clínica psicoanalítica.

El lazo entre la sexualidad y la infancia no es una invención freudiana, viene de ese más allá histórico, marcado por la publicación de Onania y sus preocupaciones por la masturbación. Lo que hace Freud es interrogar la sexualidad del adulto a través del relato de los recuerdos infantiles para retomar así ese hilo del autoerotismo y extender su tejido más allá de los órganos genitales. Freud eleva el sexo infantil al rango de discurso, y a partir de su obra, los niños hablan y su voz tiene una escucha.

Ya no se trata en los escritos freudianos del hábito solitario de la masturbación, y el privilegio de la zona genital en los hombres, sino del encuentro decisivo del cuerpo del infans con el cuerpo de la madre o de sus sustitutos. Allí aprenderá el pequeño sujeto a reconocer con los cuidados que le prodigan el valor erógeno del cuerpo. El autoerotismo se expande a otras zonas que adquieren su pleno reconocimiento dentro del psicoanálisis, y a su teoría bien se le puede otorgar, sin temor a equivocarnos, el título de ciencia del erotismo.

Se diseña en la obra de Freud un cuerpo erótico configurado alrededor de las llamadas zonas erógenas, verdaderas erupciones de lava volcánica que busca por cauces naturales encontrar una descarga satisfactoria. El cuerpo erógeno del niño no se reduce, como se pretendía siglos atrás, a la sola excitación de sus órganos genitales, las fuentes ahora son diversas, múltiples y variadas, y la sexualidad adquiere así una coloración polimorfa y centrífuga que hoy no podemos calificar de perversa como pretendía Freud, aún envuelto por la atmósfera una cultura que tachaba de perversión cualquier desviación de los fines sexuales.

Descentrar la sexualidad de la anatomía genital y hacer de su práctica un ejercicio no vinculante a la reproducción era ya un gran paso que provocaría en el futuro de la sociedad y de la cultura grandes cambios de consecuencias inesperadas. La sexualidad dejaba de ser una prerrogativa exclusiva de la vida adulta al reconocerse su presencia en la infancia, y la heterosexualidad aunque dominante y fuertemente excluyente dejaba entrever la existencia de otras especies sexuales que, alejadas del juego de la reproducción, ponían en un primer plano el goce erótico. Por otra parte, la genitalidad ya no podía considerarse como una estación terminal y normativa de una supuesta y equívoca maduración libidinal. A la unicidad del instinto sexual preconizada por el pensamiento médico-psiquiátrico, Freud opondrá sus ideas sobre la multiplicidad de zonas erógenas y pulsiones parciales. Ellas en su diversidad coexisten y se entrecruzan, tejiendo con sus hilos la tela de un sexo único y singular para cada individuo.

En esa época de gran represión sexual lo novedoso fue darle a la homosexualidad en la teoría psicoanalítica un nuevo estatuto que la apartaba de la degeneración hereditaria aunque todavía pesaba sobre ella la sombra de la anomalía y la perversión. Los desarrollos freudianos poseen algunas veces ese tinte tímido y cauteloso, pero tienen esa carga de gran calado que agita las aguas más profundas de la vida social. Al tratar de una nueva manera a la homosexualidad, Freud intenta salir del eje heteronormativo, y así desanudar el fin del instinto sexual con la conservación de la especie humana, y colocar en el centro de la vida sexual a la satisfacción erótica.

Sin entrar aún con pleno derecho en el campo de la normalidad aceptable, la inclusión de la homosexualidad adquirió en la obra freudiana un cierto aire de frescura frente a las rígidas concepciones médico-psiquiátricas. Condenada por la psiquiatría al campo de la patología permaneció dentro del psicoanálisis con el sello de la perversión aún vigente en ciertos sectores. Recordemos aquí el choque producido en el año 1921 en la Internacional Psicoanalítica entre el grupo vienés constituido por Ferenczi, Rank y Freud, y el sector berlinés formado por Abraham y Jones, sobre la prohibición que impedía a los homosexuales el ejercicio del psicoanálisis.

En síntesis, el Freud de Los Tres Ensayos, ensancha las zonas auto-eróticas más allá de los órganos genitales, cubre el cuerpo biológico de una pátina de libido y lo hace sensible a las excitaciones, y convierte a la sexualidad en una compleja construcción de múltiples tonalidades, sin ponerla al servicio exclusivo de la reproducción.

Para la medicina dentro la partición binaria de los sexos el ser humano no puede ser más que hombre o mujer. Una diferencia sustentada sobre bases anatómicas, fisiológicas y genéticas. Se definen así dos campos sexuales con sus caracteres y su necesaria complementariedad en la reproducción y la conservación de la especie. Desde esta perspectiva, en los sujetos considerados “normales” debe existir una correspondencia unívoca entre su psiquismo y su anatomía, y si no la hay, algo falla. Dicho de otro modo, para que se entienda el sentido de mis palabras, el trans padece de esa falta de correspondencia que atañe a su identidad sexual y a su construcción subjetiva, lo que lo coloca fuera del campo de la normalidad. Debemos señalar aquí la paradoja creada por el nombre propio del fenómeno trans, que no es otra cosa que el tránsito y la transformación de un polo sexual a otro con su consecuencia evidente, reproducir el eje macho-hembra, reintroducido otra vez en la escena, a pesar de ponerlo en cuestión.

La emergencia real del hermafroditismo o la intersexualidad no deja de ser otro grave impacto en la línea de flotación de la bisexualidad y su normativa dominante. Una observación de Thomas Laqueuer en la Fabrique du sexe nos ilustra esta otra cara de la figura poliédrica del sexo, dice así: “…más se buscaba en el cuerpo el fundamento del sexo, menos sólidos se hacían los límites”. Es decir, nos hallamos ante un camino sin salida si pretendemos buscar la pertenencia del cuerpo a uno u otro sexo, siguiendo los dictados de la anatomía.

Con Galeno y otros pensadores se impuso la idea de un cierto isomorfismo entre las partes genitales del macho y la hembra. Para ellos existía un alto grado de equivalencia entre el pene y el clítoris, los labios y el escroto, los ovarios y los testículos. Esta concepción naciente del pensamiento médico sobre el isomorfismo se continúa en ciertos grabados y dibujos del Renacimiento, como los trabajos realizados en 1538 por Vesalio, y se aproxima mucho a la construcción infantil de la existencia de un solo sexo. Para los niños hay un solo sexo y las pequeñas diferencias se convertirán en un cataclismo narcisista. Los estudios de la embriología, disciplina que nace a mediados del siglo XIX, cuyos progresos fueron seguidos por Freud, no contradijeron las concepciones de Galeno de un sexo biológico único. Las fronteras anatómicas aparecen entonces como una cuestión de grado en un cuerpo de equivalencias e isomorfismos. Sobre estas bases históricas el cuerpo del hombre y de la mujer se ordena en un eje vertical jerárquico, otorgándole al sexo masculino una primacía sobre el femenino. El sexo femenino fue concebido entonces como una forma desfalleciente del primero. Para los antiguos las partes genitales del macho expuestas al exterior florecían por el calor corporal, las de las hembras más frías se guardaban en el interior del cuerpo detenidas en su desarrollo. La vagina era representada por Vesalio como un pene, como el dedo de un guante invaginado.

Lo dicho nos sirve para afirmar que no hay un modelo sustancial de identidad sexual. Cómo saber que ese cuerpo modelado y bello pertenece a una mujer, o a un travestido dotado de senos por el uso de estrógenos con un órgano viril, o a una mujer trans provisto de una vagina artificial sin ningún trazo físico de hombre.

Hasta aquí el preámbulo al caso de hermafroditismo de Adelaïde Herculine Barbin, conocida como Alexine Barbin, nombrada a veces en su diario como Camille, y convertida finalmente en Abel Barbin, tal como figura en los documentos oficiales. Este deslizamiento de nombres me impuso la idea de designar a estas formas híbridas de los intersexuales con el particular título de sexo metonímico. En su trabajo dedicado a este caso Foucault lanza una pregunta: “¿verdaderamente tenemos necesidad de un sexo verdadero?” O si prefieren se puede traducir esta interrogación de Foucault de esta manera: ¿en verdad existe un solo sexo verdadero?

Se trata de un caso de hermafroditismo de mitad del siglo XIX, extraído por Foucault de los archivos médicos-legales de Francia. Entre los documentos se hallará el diario íntimo de Alexine, titulado Mis recuerdos, escrito cuando ya se ha producido el cambio de su identidad civil, donde se narra su triste historia. Sus recuerdos comienzan con esta amarga confesión: “Tengo veinticinco años y, aunque todavía joven, me aproximo, sin dudarlo, al término de mi existencia. He sufrido mucho, y ¡he sufrido solo, solo, abandonado por todos! Mi lugar no estaba marcado en este mundo”.

Relato de una ingenua provinciana que crecerá en el mundo de las instituciones religiosas, recluida entre las paredes de un internado femenino. Allí entabla relaciones tiernas y cálidas con las educadoras y compañeras del convento. Vive una extraña felicidad de sentimientos homosexuales alentados y prohibidos.

Cuando entra en la pubertad comienzan las primeras manifestaciones de su desarrollo corporal: la ausencia de la menstruación, la distribución del vello, sus estrechas caderas o el nulo crecimiento de sus pechos, le crean un estado de inquietud y desasosiego. Comienzan a ser evidentes la diferencia de su cuerpo con el de las compañeras. Lo deforme, estéticamente imperfecto, lo naturalmente degenerado hasta el extremo mismo de lo morboso, se revela en la vida de Alexina. No se trata de la monstruosidad física de su cuerpo, sino del carácter monstruoso de su propia ambigüedad sexual.

Tierna y dulce, cariñosa y delicada, se ve atraída por una encantadora muchacha, su amor adolescente. Con ella tendrá su primera experiencia orgásmica. Así lo relata Alexina:”Lo que había pasado no fue para mí una revelación, sino un tormento más en mi vida”. Graduada como maestra ayudante consigue su primer trabajo en una institución dedicada a la enseñanza. Allí conoce la pasión amorosa con la hija de la directora. Alexina cruza una frontera que salta por encima de su moral y de su educación religiosa, pero también de su ambigüedad sexual. Su experiencia sexual la conmueve profundamente, su amor lésbico o heterosexual exige el secreto si desea conservarla como objeto sexual. Es entonces cuando aparece en su consciencia la exigencia ineludible de confesarse ante un sacerdote.

La confesión ha dejado de ser desde hace mucho tiempo un asunto exclusivamente religioso, ahora, todos, de una u otra manera, confiesan sus deseos y sus secretos, sus sueños y sus pesadillas, convirtiendo a este instrumento verbal o escrito en un potente multiplicador de los discursos sobre la sexualidad.

La primera confesión trae consigo la condena del párroco. Alexina está en pecado. Pasado un tiempo de calma incierta se produce una segunda confesión ante un misionero. Su consejo es severo. Alexina está violando las leyes de convivencia y debe retirarse del mundo y entrar en la vida religiosa. Alexina considera inaceptable esta salida. La persistencia del dilema por sus deseos, la culpa y los obstáculos que se interponen en su amor, desplazan los dolores del alma al cuerpo. Por sus dolores abdominales interviene un médico que al examinarla descubre su anomalía y le insta alejarse del lugar. Sometida a una intensa presión decide hacer pública su situación. Se dirige ahora al obispo para una última y completa confesión que la llevará a una nueva revisión médica. Como solución final a su problema se procede a un juicio de rectificación del estado civil. Se dejará de llamar Adelaïde Herculine Barbin, y será rebautizada de acuerdo a la ley, y a su nuevo sexo, como Abel Barbin.

Se destacan dos cuestiones en esta historia: la primera, la intervención de tres instancias de poder sobre la condición sexual de Alexina: el orden médico a través de la inspección del cuerpo en la búsqueda de un diagnóstico anatómico, las confesiones espirituales ante los representantes del poder eclesiástico, y la condena judicial que finalmente sufrió; la segunda, de carácter sexual como lo resalta Judith Butler, “…la sexualidad de Herculine genera una serie de trasgresiones de género que desafían la diferenciación misma entre intercambio erótico heterosexual y lésbico, y resalta los puntos de su convergencia y redistribución ambiguas.”

Expulsada de su pequeño pueblo francés, vive en el exilio en París, y obligada a vestir ropa de hombre se termina suicidando en un pobre cuartucho, víctima del poder médico, religioso y jurídico. Dejo ahora en vuestras manos la lectura del diario y los comentarios de Michel Foucault, junto a la novela titulada Un scandale au convent (Un escándalo en el convento), que recrea la historia de Alexine, relatada por Oskar Panizza, escritor de culto poco conocido, psiquiatra y rabioso anticlerical, expulsado de Suiza por abusar sexualmente de una menor, que morirá con un delirio paranoico ingresado en un manicomio de Bayreuth.

En una entrevista del diario La Stampa, Foucault hace algunas reflexiones sobre el escrito íntimo de Herculine: “Lo que más me llamó la atención en el relato de Herculine Barbin, es que, en su caso, no existe un verdadero sexo. El concepto de pertenencia de todo individuo a un sexo determinado fue formulado por médicos y juristas recién hacia fines del siglo XVIII. Pero, en realidad, ¿puede sostenerse que cada uno dispone de un verdadero sexo y que el problema del placer se plantea en función de un sexo verdadero, es decir del sexo que cada uno debiera asumir o descubrir, si se encuentra oculto bajo una anomalía anatómica? Ese es el problema de fondo planteado por el caso de Herculine”

Quiero recomendar ahora una novela de Ernest Hemingway, El jardín del Edén. Es una comedia de enredos, más bien de cabellos enredados, un juego de disfraces, de engañosas verdades y seducciones, pero también una reflexión sobre la escritura y el dolor de escribir. Todo comienza cuando Catherine Bourne propone un divertimento a su esposo David. Se cortará el cabello como un chico. Ahora será un chico y una chica. En ocasiones hará el amor como un chico y en otras como una chica. Un tercer protagonista se agrega a la pareja, Marita. Los tres compartirán un mismo corte de cabello y un mismo lecho de amor. A veces hallamos en la cama a un hombre y una mujer, otras a dos hombres, en ocasiones un hombre se halla en posición de mujer o una mujer en posición de hombre o las dos mujeres alternando en tantas relaciones triangulares como la imaginación conceda.

Podemos plantearnos ahora una extensión de la pregunta de Foucault: ¿hay en verdad un sexo verdadero y un goce para cada sexo de la columna binaria? En la misma entrevista otorgada al diario La Stampa, Foucault habla con contundencia sobre este tema: “…En la civilización moderna se exige una correspondencia rigurosa entre el sexo anatómico, el sexo jurídico y el sexo social, estos sexos deben coincidir ordenados en una de las dos columnas de la sociedad…”

En nuestra cultura solo hay un modo de concebir la vida sexual humana dentro de la normalidad, ella debe ser heterosexual y procreadora, y se considera sospechosa de perversión o psicosis a toda forma del deseo y del goce sexual que se aparte del eje heteronormativo y de su finalidad ideal. Allí donde termina la diferencia hombre-mujer comienza la patología.

La lógica binaria de los sexos, sostenida por el discurso médico-jurídico, y también por otras disciplinas entre las que se halla, con algunos matices, el propio psicoanálisis, es el patrón normativo de la vida sexual. Y menciono al psicoanálisis como soporte de la lógica binaria porque en su entramado teórico aparece la idea freudiana de una bisexualidad originaria que abrirá un abanico de reflexiones a partir de la década de los 70 del siglo pasado, y en especial, los desarrollos presentes en la obra de Judith Butler y Gayle Rubin.

Si bien podemos considerar a la disposición bisexual originaria como una simple estación intermedia en la construcción de la organización sexual infantil –hecho que le permitirá a Freud separarse del discurso médico fundado en la anatomía del órgano genitales imprescindible hacer hoy una crítica a esa posición.

Debemos poner bajo tela de juicio la relación establecida en su momento entre la cultura y la bisexualidad que le otorgaba a la cultura un carácter secundario y le daba a la bisexualidad una condición originaria, cuando en realidad lo que acontece es todo lo contrario. Dicho de otro modo, la cultura, o si se prefiere, la organización simbólica de cada época es la matriz en la que se apoya cualquier intento de hacer inteligible la sexualidad, y por lo tanto, las disposiciones sexuales no son meros hechos primarios prediscursivos, sino el resultado impuesto por la cultura dominante.

Es la Ley de la bipartición sexual presente en Tótem y Tabú la que crea la disposición bisexual y no la disposición entendida como natural y originaria la que da soporte a la Ley. Freud consideraba primario a lo que era secundario, y natural a lo que era un simple efecto discursivo de la Ley. La Ley es una práctica discursiva generadora de universos y ficciones, y es la propia Ley, he aquí su tautología, la que configura un orden que hace de esa misma Ley su poder garante. El campo de relaciones que ella configura depende de un orden cuya Ley es, al mismo tiempo, fundamento y razón de su existencia.

La Ley que organiza la vida sexual de los seres humanos es la Ley de la prohibición del incesto y las leyes del parentesco, y el poder de esta Ley emana de su propia legitimidad y excluye como anormal, o sospechoso de serlo, a toda forma que desborde los límites de la división binaria de los sexos.

Este ordenamiento bisexual es el simple y complejo resultado de un largo proceso psicológico y social, de costumbres y hábitos dominantes en el imaginario cultural, transmitidos de generación en generación por la Ley. Se trata ahora de pensar los efectos de esa Ley aún dentro mismo del psicoanálisis, y preguntarnos sin miedo por qué en su dispositivo teórico se mantiene aún el sistema binario hombre-mujer, macho-hembra dentro de una normalidad que califica cualquier desviación del eje como posible patología. Dicho de otro modo, esta Ley solo es vigente dentro de un campo que ella misma funda y organiza, como acontece con la mecánica de Newton, pero sin dar cuenta de otros fenómenos que escapan al sistema, y hacen necesarias, como en la física cuántica, nuevas construcciones teóricas.

Llegados a este punto debemos aproximarnos con la máxima cautela al Complejo de Edipo, sabiendo que al hablar de él nos remitimos a los lugares y las funciones que ocupan los agentes en el circuito del deseo. Al hacerlo tratamos de reflexionar sobre su trama para descifrar la cartografía que traza el deseo humano en ese laberinto y que conducirá al sujeto a una salida sexual de compromiso. Sí, de compromiso, porque el destino sexual del sujeto es también una formación del inconsciente. No hay una sola manera de atravesar ese territorio dominado por el encuentro de deseos, pero cada uno de esos modos, llevarán al sujeto a hallar una solución particular del enigma. Soluciones todas válidas y diferentes, pero al mismo tiempo frágiles e inestables.

Por todo lo dicho anteriormente no se puede considerar como únicas y exclusivas salidas “normales” del Edipo a lo masculino o lo femenino, ni se puede sostener que ellas son la realización de unas condiciones innatas o biológicas. Son el simple resultado de una solución, probable entre otras, y todas de igual estatuto en sus múltiples diferencias, sin que ninguna de ellas posea un derecho privilegiado sobre las demás. Lo que se pone en cuestión hoy es si esta estructura edípica fuertemente centrada en la construcción de la masculinidad y la feminidad, con caminos colaterales secundarios, considerados desviaciones del eje heterosexual, puede dar cuenta o no de las otras formaciones sexuales, sin llegar a considerarlas patológicas.

No hay un nudo de supuesta normalidad en lo masculino y lo femenino y una existencia marginal y patológica para los otros sexos. Cada sujeto asume en su vida una posición sexual diferente, solamente válida para él dadas las circunstancias de su historia individual, sin ejes ni desviaciones o caminos secundarios. La idea de una identidad normativa e inmutable incluye en su interior un procedimiento de exclusión y de rechazo a lo diferente, aquello que por no ser semejante recibe el repudio. Reconozcamos aquí el germen mismo del pensamiento paranoico.

A través del Edipo la cultura interviene sobre el cuerpo sexual polimorfo para hacer de él, por un tour de force, una representación teatral socialmente definida, una construcción discursiva, política y tecnológica. La sexualidad no es solo una cuestión psicológica, es también por sobre todas las cosas, una cuestión política.

La heterosexualidad es el eje normativo sobre el que giran las diferencias sexuales y las políticas de hegemonía social: regula los dispositivos institucionales y las leyes de funcionamiento, y todo se organiza, como es de suponer, al servicio de los intereses de un sexo, considerado natural y jerárquicamente superior.

Y también hay que decirlo el sexo es una cuestión económica. Es la propia Gay Rubin la que nos trae sus observaciones sobre el fetichismo y el sadomasoquismo en la producción moderna del cuerpo y su relación con los objetos manufacturados. La autora concibe las prácticas sexuales en el marco de un complejo dispositivo de tecnologías en la producción material de objetos de consumo: el atractivo sexual provocado por los coches y las motos y el rugido de sus motores, la transformación de las materias primas y la producción del caucho o el cuero de las vestimentas, o el valor erótico de las medias de seda, y también toda la maquinaria económica puesta en juego en la industria erótica dentro de las redes sociales.

El sexo es entonces un producto construido, no es un dato inmediato, un dato sensible, un dato fisonómico o biológico; y si consideramos al género como una interpretación cultural, compleja y múltiple del sexo, se puede entender la profunda relación que existe entre ambos términos. Dicho de otro modo, el género interviene en la construcción del sexo desde una perspectiva transubjetiva, relacional y simbólica.

El género condensa en la cultura una multiplicidad de discursos y prácticas productivas, de leyes y reglas, de técnicas y saberes que ordenan y delimitan la noción de sexo y su reproducción. Más aún, la idea de la construcción del sexo impone como correlato la de un cuerpo también construido culturalmente por las inscripciones en su superficie, al modo de tatuajes, de los discursos y de las prácticas dominantes en la sociedad.

El género se presenta así ante nuestros ojos como una narración de las prácticas políticas y tecnológicas comprometidas en la fabricación de cuerpos sexuales. Pero este cuerpo sexuado no puede ser considerado como un receptor pasivo de los discursos culturales marcados en su carne. Es también un cuerpo activo donde el psicoanálisis supo reconocer las zonas privilegiadas de goce, las rutas infinitas del deseo, las fuerzas indomables de la pulsión, o los laberintos de la repetición tejida con los sutiles hilos del inconsciente.

Cuando hablamos de género, y aquí me apoyo en las ideas de Judith Butler, resulta inevitable relacionarlo con uno de los géneros que nos llega de la clásica cultura griega: la teatralidad. Pues sí, nos hallamos dentro de la comedia dramática de la vida. La comedia sexual es una performance teatral, un modo de interpretar el cuerpo sexuado. Una puesta en escena, un acto burlesco ejecutado con mucha gracia y finura por el travesti o el Drag Queen, denunciando con su disfraz la máscara de la identidad sexual.

El género se construye con actos repetitivos y estilizados: movimientos, prácticas y gestos del cuerpo, que producen la ilusión de una identidad sin fisuras, cuando es “un acto performativo que el gran público- como lo describe Judith Butler- incluido los propios actores y actrices se conjuran en creer y retomar bajo la forma de la creencia”. Una de las construcciones sexuales que más nos interpela entre otras, me refiero a la intersexualidad, pondrá en duda la identidad sexual sin fisuras y fuertemente congelada, riéndose de nuestras propias ridículas creencias, al mostrar la ambigüedad opaca del sexo.

En clara oposición a estas ideas se alzan algunas voces dentro del psicoanálisis que, a través de un discurso aparentemente sin fisuras, denuncian a “la antropología social norteamericana, desconocedora del Falo simbólico tal como lo definiera Lacan, de justificar con la noción de género el rechazo a la bipartición sexual entre hombre y mujer…El término género permitiría -según esas opiniones- atenuar el carácter radical de la bipartición sexual mediante la borradura de la noción de sexo”. Para esta corriente de psicoanalistas el discurso propio del transexualismo va en una dirección de rechazo creciente de la diferencia de los sexos, arraigado en una bipartición anatómica de la especie humana. La certeza de ser un hombre o una mujer es lo que le falta al transexual, que padece entonces de un fallo simbólico que lo coloca fuera del sexo. En su rechazo de una elección sexuada gobernada por lo simbólico – entiéndase aquí el Nombre del Padre- el transexual nos remite a la fragilidad de lo imaginario. Llegados a este punto solo queda dar un paso definitivo y señalar al transexual como un psicótico en su intento de reparar la falla simbólica de la filiación por la vía de lo real, abriendo así las compuertas a la terapia hormonal y quirúrgica propuesta por la medicina como solución final al dilema. Y como conclusión a sus razonamientos estos psicoanalistas retan, y lo transcribo a la letra, “a quienes impugnen la naturaleza psicótica de la forclusión de la identidad sexual que presentan los sujetos transexuales, responderemos entonces que -continúan diciendo- justamente, en todo psicótico –y con la condición de examinarlo como se debe- podemos encontrar, ya sea durante episodios delirantes o al margen de ellos, la marca de esa falta de una identidad sexual inscripta en el inconsciente”.

En las sociedades occidentales se sigue trazando esa frontera imaginaria entre un sexo bueno y un sexo malo, como lo recuerda Gayle Rubin. En el vértice de una pirámide dibujada por la autora se hallan los heterosexuales blancos reproductores casados. Luego ubica a los heterosexuales monógamos con posibilidades reproductoras. Más abajo el sexo solitario flota en el limbo, mientras que las parejas estables de gays y lesbianas se hallan en el margen de la respetabilidad y la condescendencia a veces hipócrita. Esto es así, pero con matices.Bruce LaBruce, escritor y cineasta de culto –doblemente marica porque su nombre Bruce indica la manera de designar al marica en la década de los 50- denuncia la situación actual por la que atraviesa el movimiento gay. No tanto desde el exterior, sino desde sus entrañas mismas.

“Lo interesante del movimiento gay –dice LaBruce- es que su motor era el sexo. Era sexo militante, sexo político. Los gays ya no pedían perdón por ser como eran, asumían prácticas hardcore sin contemplaciones…Pero tanto esta revolución como la atención sanitaria posterior estuvieron centradas en hombres gays de raza blanca y clase media. Los transexuales, las minorías étnicas y las mujeres quedaban fuera de la ecuación, a pesar que ellos también se estaban muriendo de sida…El movimiento gay se ha aburguesado. En los setenta la lucha era para que se les considerara iguales que los demás, hoy la asimilación -yo emplearía aquí un término foucaultiano la tendencia a normalizar del poder político- ha llegado a tal punto que muchos de ellos se han apartado de los valores que defendían, alineándose con la moral conservadora…La oleada de conservadurismo gay es casi indistinguible del patriarcado blanco”. Esta crítica se convirtió en unos de los pilares del movimiento queer iniciado por lesbianas y prostitutas, chicanas y negras, segregadas socialmente por su condición sexual y de pobreza, reticentes a ser absorbidas por el poder político.

Descendiendo aún más en la pirámide de Rubin se encuentran las castas sexuales más despreciadas que incluyen a los transexuales, travestis, fetichistas, sadomasoquistas y trabajadoras o trabajadores del sexo. En el fondo de todo, en el infierno, se hallan los pedófilos. Como pueden ver, a medida que se desciende hacia la base se pierde el reconocimiento social y aumenta la presunción de enfermedad mental. Esto es así, aunque con matices de elegancia intelectual, también para ciertos psicoanalistas que esconden detrás de su apariencia liberal profundas reservas frente a todo aquello que pueda poner en tela de juicio la normatividad del eje hombre-mujer, masculino-femenino.

En la teoría psicoanalítica se reconoce la función del Falo y la operación de la castración, y señalo su carácter simbólico para evitar malos entendidos, como esenciales en la constitución del sujeto dentro de la lógica binaria de los sexos y sus goces. Lo repito: funciones y operaciones articuladas bajo el dominio normativo de la lógica binaria de los sexos. Quizá debamos ahora pensar esta cuestión desde otras perspectivas diferentes para no deslizarnos por la pendiente que nos conduce a segregar o marginar a todas aquellas opciones sexuales que ponen en evidencia el carácter excluyente del orden heteronormativo. Ser transexual, homosexual o bisexual no puede dar pie para que algunos psicoanalistas sigan considerando a estas formaciones sexuales como meras patologías con el fin de mantener el eje de la heterosexualidad y de la bipartición como gran organizador del campo sexual.

Para que me entiendan, combinemos la pirámide de Rubin con los tres mecanismos fundamentales del sujeto frente a la Ley y a la castración: la represión, el repudio o el rechazo. A medida que nos acercamos a la base del triángulo más imperfecta se presentan las figuras de los agentes: la función paterna se desvanece lentamente hasta casi desaparecer, mientras que la materna adquiere una hipertrofia desmesurada; al mismo tiempo, decrece el peso de lo simbólico y aumenta en la vida del sujeto el campo imaginario. Como en el código penal la presunción de salud mental es menor a medida que se inicia el descenso desde la heterosexualidad normalizada a las formas más bajas de la escala; y en la misma proporción, más desequilibrada aparecerá en la clínica la estructuración subjetiva, cuyas formas neuróticas serán un privilegio de las zonas altas, dejando su lugar a la locura y la psicosis para los sexos marginados. Y aunque esto pudiera no ser siempre así, tiene altas probabilidades de ser considerado de esta manera si la mirada del psicoanalista está atravesada por las estructuras patológicas y su tendencia natural a normalizarlas.

En esta clasificación de la zoología sexual hay especies protegidas, y otras, verdaderas plagas que deben ser, de un modo figurado exterminadas, porque ponen en entredicho la normalidad y la pureza del eje heterosexual y sus goces.

No se trata de borrar las diferencias, ni diluirlas en la indeterminación, tampoco cristalizarlas o cosificarlas en formas inmutables o perennes. La vida sexual de los sujetos transita por diversos senderos de acuerdo a la historia personal de cada uno, y lo hace en consonancia o divergencia con las prácticas discursivas dominantes en el contexto social en el que se vive.

Al admitir una perspectiva así de la sexualidad se ahonda en los matices y las diferencias y se abandona la aparente transparencia de la anatomía genital; al mismo tiempo, se piensa la verdad del sexo en su profunda opacidad y se convierte su formulación teórica en un enigma de difícil resolución. Ahora solo nos queda al hablar del sexo bajo el modo de una alternativa posible e incierta: la construcción de conjeturas que permitan una aproximación a su verdad.

Escuchemos por un momento el sonar de las trompetas que anuncian el cambio de sexo de Orlando en la brillante obra de Virginia Woolf y demos paso a sus reflexiones: “Los trajes no son otra cosa que símbolos de algo escondido muy a dentro. Fue una transformación de la misma Orlando la que determinó su elección del traje de mujer y sexo de mujer. Quizá al obrar así, ella solo expresó un poco más abiertamente que lo habitual –es indiscutible que su característica primordial era la franqueza- algo que les ocurre a muchas personas y que no manifiestan. De nuevo nos encontramos ante un dilema. Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista. De las complicaciones y confusiones que se derivan, todos tenemos experiencia;…”

Para terminar mi exposición unas pocas palabras dedicadas al fenómeno trans. Su presencia en un primer plano en las sociedades modernas se debe fundamentalmente a los movimientos que luchan por el reconocimiento de la diversidad sexual, pero también, con un sentido contrario, a los avances producidos en la modelación del cuerpo humano, convertido en verdadero banco de prueba para los desarrollos de la tecnología médica en los tratamientos hormonales y quirúrgicos.

El orden médico ha conquistado un indudable poder sobre el cuerpo humano y ha puesto los instrumentos de su saber al servicio de las demandas que ellos mismos han creado con las investigaciones desarrolladas. Demandas que le son devueltas en espejo al médico cuando algunos transexuales decididos por la intervención médica, dictan la necesidad imperativa del tratamiento hormono-quirúrgico. Tratamiento hormonal que busca acentuar los caracteres secundarios del sexo deseado, y quirúrgico cuando interviene sobre la anatomía de los órganos genitales llevando a cabo una operación plástica para su transformación. La medicina de hoy genera la ilusión de crear nuevas formas de sexo con una confección a medida del usuario sin preguntarse demasiado por lo que está en juego en la vida de los sujetos que le demandan ese cambio. Solo se trata de ejecutar protocolos que borran todo rastro de subjetividad. Sin embargo, ciertas fisuras y voces cada vez más perceptibles aparecen dentro y fuera del campo de la medicina criticando los procedimientos tecnológicos utilizados en las conversiones sexuales, y poniendo en duda el saber que los médicos afirman poseer sobre la verdad del sexo.

Como pueden ver la transexualidad se halla todavía, en gran parte, bajo el dominio y el poder de las técnicas propuestas por el saber médico y las administraciones políticas. Un saber que desnutre de toda vida al cuerpo humano reducido a su simple biología genética y que hace del sexo una mera cuestión anatómica.

*Comunicación oral presentada el Ciclo de Sábados: “”Construyendo brújulas para explorar nuevas realidades: las diferencias sexuales hoy”, celebrado en AECPNA durante el curso 2018 – 2019.

**Sobre el autor: Adolfo Berenstein es médico, psicoanalista. Docente de teoría psicoanalítica en grupos privados de formación en Madrid, Valencia, Málaga y Barcelona. Docente de ECPNA (Barcelona) desde su fundación hasta el 2004. Coordinador del área de formación de Cfronts del 2007 al 2014. Autor de diferentes artículos publicados en diferentes medios especializados. Autor del libro Vida sexual y repetición. Editorial Síntesis. Madrid. 2002
Miembro fundador de la revista Tres al Cuarto. Fundador junto con otros colegas del primer Espai Obert, así como del Nou Espai Obert.