LA MAGIA NECESARIA

LA MAGIA NECESARIA

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psicoanálisis y fantasia infantil

Llegamos desnudos al mundo e iniciamos un camino con nuestro potencial. En ese caminar es donde hemos de hacemos internamente con ropajes protectores, bagajes preventivos, herramientas defensivas y productivas. Nuestro equipaje y vestimenta se irá proveyendo de lo encontrado, de lo donado y de lo que hacemos con ello, de lo que intercambiamos y de lo que acuñamos. Las vivencias pasan, pero dejan su impresión, queda su estela, dejan su poso e impronta. Nos apoderamos, incluso sin quererlo, de su sustancia y somos su consecuencia.

Siempre que hablemos del desarrollo y constitución psíquica estaremos refiriéndonos a un caminar entre obstáculos; los propios del vivir y los generados en los conflictos entre el sentir personal y el encuentro con la realidad circundante y de los otros; entre lo anhelado y lo hallado; entre lo buscado y lo posible.

En este tránsito pasamos por momentos y tiempos. Primero son sensaciones, percepciones, que conjugan emociones y afectos. Antes estará el sentir, luego el pensar. Antes imaginar, luego simbolizar y poder hablar.

En un principio la razón tiene poco calado en el alma infantil, es un marinero esperando a que esté lista su embarcación. La racionalidad adquiere presencia efectiva más tarde como uno de los frutos de un acceso logrado tras un tramo anterior. Sin embargo, la emoción no entrega nunca el testigo, continúa presente y con un poderoso papel; se inmiscuye en todo lo vivido creando un sustrato básico sobre el que se cimentarán muchas cuestiones relativas a uno mismo, los demás y los acontecimientos.

Desnudez, caminar entre obstáculos… hacen pensar en necesidad de calor y ayuda ¿Qué alentará ese trayecto? ¿Qué cubrirá de tibieza esa desnudez e indefensión? Sencillamente (o complejamente, según se mire), las cosas buenas; lo que abriga nuestro ser más allá de nuestra piel. Del mismo modo que la lana da calor a nuestro cuerpo y las botas protegen nuestros pies de lo que hiere,… la ilusión, la esperanza, lo afectuoso, la novedad, la valoración, el reconocimiento… abrigan y cobijan, alientan y restauran. Son elementos mágicos. Son el equivalente – valgan estas metáforas – a caramelos balsámicos, a bombones que endulzan y acarician el paladar. ¡Y qué goloso es el corazón! Se restablece y anima con lo dulce; con las dulces buenas cosas que nos reafirman y dan asidero, que nos dan un lugar, el lugar de ser, el de ser queridos.

A lo largo del año hay citas concertadas con las buenas cosas, de forma que se pueden esperar con la seguridad de que no faltarán y esa ya es en sí una muy dulce y buena cosa: la seguridad del poder anticipar, dándose así, a su vez, un sentido ilusionante al suceder de los días, a lo que vendrá.

De manera cíclica y repetitiva aparecen los días que traen la magia chispeante donde el niño encuentra especial protagonismo y tiene la ocasión de atesorar esas emociones que formarán una base de recuerdos alentadores, propiciadores de confianza ante situaciones difíciles.

De entre esos días podríamos destacar algunos que sobresalen como productores de sentimientos felices. Unos, individuales, sólo para cada uno, el Cumpleaños, donde se celebra que se haya venido al mundo, que se crezca; ser homenajeado y sentir que importa a los demás de manera explícita, recibiendo felicitaciones y regalos que lo atestiguan. De un modo similar, pero apuntando a otro ámbito de vivencias, está el Ratoncito Pérez, que compensa con unas monedas la pérdida de un diente. Regalos, monedas, compensaciones, reconocimientos,… ¡Ay las pérdidas! Siempre accidentando el recorrido vital. Y los trueques, compensatorios, a través de objetos, que ofrecen concreciones a lo que se vive y se necesita restaurar emocionalmente.

Otra ocasión del año, donde se ensalza a los niños, al grupo que conforman esos seres aún demasiado pequeños para poder ver qué ocurre sobre un mostrador; que necesitan un alza en la silla para poder compartir la mesa del comedor, que son excluidos de las conversaciones y de las cosas de los mayores, de los que aún no pueden hacer esto y aquello… Pero, que sin embargo, en Navidad ocupan un lugar central y vienen seres magos, lejanos, a obsequiarles porque son queridos e importantes.

Días en que lo dulce se presenta y obra la magia de las buenas cosas de la vida. Son fechas donde se festeja, simbólicamente, el nacer, el renacer, el vivir, el ser. Donde se conjuran los temores a no ser querido, a vivir privaciones, a ser abandonado. No en vano en Navidad celebramos en tomo a la abundancia y en unión familiar. Es una festividad ampliamente instaurada, creyentes y no creyentes comparten sus símbolos y significado, al margen o no de lo religioso.

El comercio capta bien todo esto y se alía con esas necesidades y emociones, instaurándose así la compra, el regalo, el consumismo como conjuro y alejamiento de carencias. Y… como podemos constatar los adultos tampoco se sustraen de seguir siendo regalados por esos seres magos.

Cada cultura tiene sus días especiales, donde a través de sus creencias e idiosincrasia son portadores de esa magia necesaria que aportan sensaciones de esperanza y reconfortan y reconcilian con las cosas del vivir a lo largo de la infancia.

Si de todo esto podemos extraer algo es que, para el niño, en su andadura de crecimiento, lo necesario no son cosas en abundancia, sino muchos buenos momentos y amor, que le posibiliten construirse un buen bagaje interno al que recurrir ante las asperezas de la vida.

Iluminada Sánchez
Psicóloga-Psicoanalista
Vicepresidenta y docente de AECPNA


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