Cuando recibimos a un niño o una niña en la consulta actuamos como anfitriones que esperan a un invitado especial y por eso le esperamos con aquello que sabemos que le puede interesar: Folios, colores, plastilina, juguetes variados (familias, animales salvajes y domésticos, coches, alimentos…) y también juegos de mesa como las cartas, la Oca o el Parchís. Desde los comienzos de la psicoterapia infantil sabemos que es en el juego y a través del juego que es como un niño se comunica. Al jugar, el propio niño como los objetos que lo rodean se transforman para simbolizar personajes, animales, objetos, o cualquier elemento que no se encuentre presente. Es de este modo como un cubo de madera se convierte en un camión de bomberos, un palo en una espada, una muñeca en una niña, una escoba en un caballo, atribuyendo a los objetos y al mundo circundante todo una suerte de significados, simulando situaciones imaginarias y coordinando a niveles complejos múltiples roles en un juego caracterizado por la simulación o el como si; que implica el desarrollo de símbolos lúdicos. Pero es en el marco de la psicoterapia que el juego no sólo es subjetivante y elaborativo sino que también adquiere una verdadera función comunicativa.

Si pensamos en los juegos de mesa en el contexto de la psicoterapia infantil es posible que lo primero que venga a nuestra mente es que va a servir para trabajar la aceptación de las normas o la competitividad. Quizás pensemos que para desplegar tramas entre personajes serían más útiles los muñecos. Reconozco que yo pensaba así cuando empecé a trabajar con niños, sin embargo, la práctica en la clínica infantil me ha demostrado que no tiene por qué ser así. Los niños pueden elegir y usar tanto los muñecos como los juegos reglados para desplegar sus fantasías, sus miedos, sus relaciones…. Objetos igualmente válidos para proyectar y comunicar el mundo interno, del que no pueden hablar.

Cuando los niños pueden desplegar su conflictiva jugando al parchís, el tablero dejar de ser una sucesión de casillas con números y cuatro colores para ser un mundo por recorrer. Un mundo cargado de tramas y emociones intensas, alejado de los fríos números y de las casillas. Un mundo en miniatura donde aparece lo pulsional, la confrontación narcisista o la rivalidad edípica. Uno puede querer matar (que no comer) al adversario para aplastarlo dominado por la pulsión anal; puede querer acumular victorias como trofeos fálicos para exhibir su poderío o no poder ganar y contarse de menos cuando considera que ganar es peligroso. El juego puede tener una lectura edípica si el paciente quiere obtener la victoria arrebatándosela al contrincante, o narcisística, cuando solo puede haber un único jugador y al contrario hay que aniquilarlo. De qué se trate dependerá del paciente y sus avatares.

Si la tarea que sostiene la clínica infantil es que el niño pueda comprender su sufrimiento para encontrar nuevas vías de elaboración mental – en lugar de educarle o moldearle según el deseo de padres o maestros – no jugaremos simplemente al parchís como lo podría hacer cualquier otro adulto o niño. Jugamos observando cómo juega ese niño en particular, porque no hay dos niños que jueguen igual (tampoco al parchís), y buscamos las marcas de su subjetividad. Jugamos queriendo saber sobre ese niño. El juego que desarrolle nos mostrará quién es ese niño y qué le hace sufrir para poder ayudarle. He podido observar como un niño solo jugaba con una ficha mientras el resto esperaban en “casa”. Ese era el mismo niño que vivía con emociones encontradas los inesperados y largos viajes de su padre y se quejaba a su madre de no salir de casa los fines de semana. Era el mismo niño que se ponía nervioso en cuanto una ficha del equipo contrario se acercaba. La sola presencia inquietaba, igual que inquietaba la presencia de sus compañeros de colegio. El tablero del parchís puede ser más que un tablero, puede ser desde una ciudad a un patio de colegio.

Cuando jugamos con un niño desde el marco psicoanalítico le damos valor de comunicación al juego que trae a sesión y le damos forma de discurso. Esto permitirá dotar de sentido tanto al síntoma como a la vida del paciente. Sólo cuando jugamos así al parchís el tablero se llena de vida y no somos un jugador más que juega para ganar.

Nuria Sánchez-Grande, psicóloga

Psicoterapeuta acreditada por FEAP y psicodramatista

Miembro de la Junta Directiva de AECPNA