—“Patologizar es hacer un diagnóstico que no considera la historia vital del niño, ni los procesos propios de la infancia, ni el contexto ni la época, de hecho, “el niño de hoy se parece más a la época que a sus padres”. Y en esta dinámica de época hay muchas cuestiones, modos de ser niño y posicionamientos que -sin duda- son diferentes a lo esperable por los adultos, pero no por ello patológicos.
El fenómeno de la patologización viene de la mano de la medicalización; medicalizar es la coyuntura del asunto, pues se administran psicofármacos para supuestas patologías sin considerar otras alternativas desde el primer momento, o al menos sin que ingrese el interrogante sobre la cuestión del “síntoma” como eso que “algo quiere decir”. A veces los mismos padres creen que no hay más remedio que la pastilla y desde ese lugar es difícil implicarse con el sufrimiento del niño (…)
—Puede haber otra posibilidad, no?
—Por supuesto, la escucha del paciente y de lo que las conductas disruptivas generan en sus padres, o el análisis de aquello que irrumpe en las vivencias escolares. Contener, alojar el sufrimiento, acompañar….”

Leyendo este reportaje a Natalia Blengino, de Forum Infancias, recordé una consulta que me hicieron unos padres hace unos meses y que en mi opinión ilustra muy bien lo que plantea.

Viñeta clínica

Marcos tiene 12 años. Estando en primaria sufrió bullyng. “El Colegio tomó cartas en el asunto, expulsaron a los abusones y el tema se solucionó”. Ahora cambiaron las tornas. Marcos se ha convertido en un matón. “Está rebelde, insoportable, estalla de furia ante cualquier cosa, no acepta las normas, no acepta la autoridad” dice su padre, con voz firme. “Le grita a su profesora, grita en casa, contesta, sino hacemos algo, el próximo expulsado será él” dice su madre.

Curiosamente, el padre de Marcos es un alto mando de la Fuerza y Cuerpos de Seguridad del Estado y “la insolencia, la falta de respeto y la chulería de Marcos son inaceptables”.

Apenas iniciado el proceso de entrevistas – y desconfiando profundamente los padres de que esto sirva para algo – un domingo por la tarde el padre de Marcos me llama por teléfono, desesperado: Marcos no quería ponerse a hacer los deberes, “intenté obligarlo y estalló, empezó a romper todo, a gritarme que era un hijo de puta y se encerró en el baño y no quiere salir. Mi esposa está tratando de convencerlo para que salga, pero ni contesta, Dígame qué tenemos que hacer! Quiero que mañana a primera hora nos de una cita para decirnos que tenemos que hacer. No le digo que ahora mismo porque entiendo que es domingo, pero mañana a primera hora quiero que nos reciba. A este niño hay que medicarlo”

Al verles, me entero que el padre logró que Marcos saliera del baño aceptando que si no quiere hacer los deberes, que no los haga; pero Marcos, al salir del baño, abrió la puerta de calle, y se fue. “Salió corriendo y nosotros, desesperados, detrás de él”.

Fue muy interesante, y muy esclarecedor, en la entrevista con ellos mostrarles cómo se estaba reproduciendo en el aquí y ahora de la entrevista lo que sucedía en casa. Identificado con su hijo este padre demandaba del analista que le diera pautas, que le diera respuestas, que atendienda y satisfaciera todas sus demandas y ¡con amenazas!: Si no les daba lo que querían no venían más y un “médico de verdad” se ocuparía del asunto y le daría la medicación, que a estas alturas, estoy convencido es lo que necesita”. Porque sobre todo el padre, desde su desesperación, demandaba respuestas: “Diganos qué tenemos que hacer! Quiero pautas! No bla-bla”.

Pero pudo escuchar. Pudo escuchar que así como él estaba pidiendo que “alguien haga algo, que alguien ponga orden” yo entendía que también su hijo le estaba llamando; le estaba pidiendo algo; pero no para que se engancharan en un pulso para ver quien se sometía a la voluntad del otro, no un padre autoritario, no un padre prepotente, no un general que se siente cuestionado en su autoridad porque el soldado Marcos no obedece, le está pidiendo que haga de padre. Tal vez por eso Marcos salió a la calle, salió a buscar un padre que lo saque de la situación de impotencia en la que se encuentra, él y ustedes. Y mirando al padre, le dije: Lo está llamando.

Al escucharme, rompe a llorar y entre sollozos dice: “No me lo puedo creer, no me lo puedo creer” y se abrió paso una historia de humillaciones y sentimientos de impotencia. También él había sido un niño acosado en el internado, incluso sexualmente. Historia que su mujer, asombrada, escuchaba por primera vez.

Reflexión final

Como plantea el reportaje previamente citado, a veces, simplemente, se trata de escuchar, de comprender, de alojar y de contener, y poder así comenzar a entretejer y dar sentido a una historia para abrir un camino elaborativo al sufrimiento


Gabriel Ianni
Psicoanalista
Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Internacional
Presidente y Profesor de AECPNA