Cuando Marc y yo empezamos a trabajar él tenía 6 años. Venía diagnosticado de TDAH. Los primeros meses habían sido intensos. Todo era caos y pura descarga en las sesiones. Se dedicaba a lanzar objetos y desarrollaba un seudo juego. Ya había anunciado sus dificultades en las primeras sesiones cuando jugando a La Oca en lugar de 4 se contó 5 para no caer en el puente, lo que supondría retroceder. Ante un señalamiento mío, del tipo, te habría gustado que fuera un cinco en lugar de un cuatro, cogió un coche de policía y metió en el mismo su ficha y el dado. Todos a comisaria.

    En el inicio se dirigía de manera constante hacia la caja común, con piezas de construcción, un par de puzles y algunos juegos reglados como el parchís, para vaciarla y lanzar todo lo que contenía por los aires. La relación con su caja era mínima. De forma reiterada preguntaba si esa era su caja y se mostraba extrañado de que fuera así. A penas miraba su caja y no la abría, salvo contadas ocasiones en las que también eran destrozados algunos de los objetos que contenía como los coches, y su plastilina pasó a ser una bola de colores mezclados. Esa bola sirvió para armar un juego. Las sesiones pasaron a ser una especie de partidos de futbol  en los que nos pasábamos la bola para intentar meter gol en la portería del otro. Había una regla clara: lanzarla por el aire no valía, ni para él ni para mí. Ese juego le permitió aceptar por primera vez la ley.

    Después de 9 meses de trabajo los avances eran claros. Podía dominar sus pulsiones, frenar el movimiento constante y jugar tranquilamente sin lanzarlo todo por los aires si perdía. También pudo entender algo de la terceridad. Se tomaba muy en serio la terapia, antes de cerrar la puerta del despacho giraba el cartel que ponía, “no pasar” y se fijaba en la hora que marcaba el reloj para no irse ni un minuto antes. Pocas sesiones antes de las vacaciones de verano me preguntó mi nombre, dudaba si lo sabía. Y el último día se despidió de mí llamándome por mi nombre. Claro indicador del paso de la confusión a la diferenciación entre yo-no yo.

   Cuando Marc llegó su madre le presentó como un niño molesto, en clase, en casa y con los compañeros. Además venía etiquetado y clasificado como hiperactivo. La terapia permitió entender los motivos que llevaban a Marc estar inmerso en un movimiento caótico. Más allá de la etiqueta de hiperactivo había un niño que sufría mucho. Nos pudimos dar tiempo para escuchar y querer comprender qué le pasaba. La terapia le ayudó a él, y también su madre – gracias al trabajo con ella- a comprender el sufrimiento que había tras la etiqueta de hiperactivo. La madre también comprendió que la medicación no era la única solución posible.

NURIA SÁNCHEZ-GRANDE

Psicóloga, psicoterapeuta y psicodramatista

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Miembro de la Junta Directiva  de AECPNA