Terapia de juego grupal, una intervención en la latencia. Simbolizaciones de transición.

La latencia ya no es ese tranquilo y aburrido período de receso definido por lo negativo. Nada de quietud, por el contrario: nuevos placeres y destinos, nuevos aprendizajes y expansiones, nuevas relaciones y complejidad tanto en lo intra como en lo intersubjetivo.

Hay una latencia temprana hasta los 8 años de un frágil equilibrio intersistémico, y por ello con su natural emergencia de la angustia frente a lo impulsivo, y una latencia tardía en la que consolidan su autonomía y consigen continuidad y equilibrio en su conducta. Entre una y otra, un camino desde el impulso hasta el control. Pasan de los juguetes al juego igual que en el desarrollo intelectual se pasa de manipular objetos a manipular representaciones.  Zona pensante como nueva zona erógena al decir de P. Aulagnier.

Veámoslo en las viñetas de una terapia de juego grupal. Al inicio eran 3 niños: Ángela, 8 años, con un trastorno del vínculo, con autoagresiones y bloqueada verbalmente; Isidro, 9 años, con un funcionamiento psicótico con rasgos autistas, con lenguaje funcional y Carlos de, 8 años con un gran descontrol de impulsos, un control omnipotente severo, hetero y autoagresiones y tartamudeo. Luego llega Daniel, 9 años con un funcionamiento paranoide, tics y con excelente lenguaje.

 

  1. En los comienzos, cada cual atiende su juego

Tres niños sentados a mí lado, tres actividades, juego en paralelo, poco diálogo y muchos enfados por la invasión de territorios o materiales, algún rudimento de juego simbólico individual o en pareja, con escasas verbalizaciones y desarrollos de tramas.

Isidro hace el pino o se arroja desde unas sillas formando un paracaídas con telas. Hace aviones de papel o dibuja en una pizarra elementos repetitivos o tareas escolares. Apenas se comunica, tal vez una pregunta o una frase reiterada. Sus enfados son el resultado de su incipiente competencia con Carlos, de su inhabilidad social para entender juegos compartidos o la disputa por la atención de Ángela. Abandonará sus enfados golpeando al aire o a la pared, o llorando. Oscila entre el aislamiento o la imitación-repetición de acrobacias de personajes televisivos. Ángela distribuirá juego, decidiendo con quién, dónde, qué…Durante un tiempo será jefa de una familia a la que se debe atender, será el bebe enfermo o un perro atropellado. Las escenas son poco elaboradas. Todos imitan su juego y yo seré mamá o médico de bebes enfermos o del perro. Ángela tendrá una cuerda que la “ata” a mi silla.

Carlos desespera por la posesión de la mayor cantidad de material o la dedicación exclusiva pero nunca lograda de Ángela, o de entrar el primero, o de tener toda la caja de construcciones para sí y sino la guerra: golpes, insultos, escupitajos, autoagresiones y huidas. Escala 5 de Richter. Apenas hay palabra o mediación posible. Su imagen todopoderosa cae continuamente. Es torpe y sus frustraciones motrices y vinculares arrasan con él, pero no hacen mella en su narcisismo.

Daniel jugará más apartado, inundado por sus tics, reparando objetos rotos o realmente destruidos en sus arranques, usará las piezas de construcción para hacer robots, torres, aviones o trenes singulares que siempre se caen o que el mismo destruirá ante ataques persecutoriamente interpretados por él. Las peleas con Carlos por los objetos serán terribles. Daniel usa palabras insultantes, descalificadoras, nunca da golpes.

Soy siempre demandada a intervenir en los conflictos que el control de Ángela o la furia de Carlos desencadenan. Nadie descansa, si duermen, tienen pesadillas. Las peleas son lo habitual, pero algo avanzamos; Carlos “va a la guerra” no siempre armado con su boca llena de palabrotas, escupitajos y mordiscos sino con una pistola hecha con piezas.

  1. Levantan vuelo

 El grupo comienza a ubicarse en la sala más lejos de mí. Llegan las primeras residentes como observadoras. Comienzan juegos de roles más enriquecidos que se diluyen por los desbordes pulsionales. De a poco comienzan todos a usar las piezas de construcción.

Ángela abandona su liderazgo en una etapa de retraimiento, tal vez más elaborativa que defensiva. Isidro oscila entre la depresión y la excitación, siendo un poco más partícipe. Carlos va cediendo suavemente sus arranques y es el que incorpora más variedad, afectos y realidad a los juegos. Daniel sigue instalado en su lógica paranoide, inundado por la excitación, pero casi sin tics. Es el Superyo justiciero y persecutorio del grupo.

Recuerdo una sesión muy intensa en la cual todos habían aislado a Carlos y él insistía en jugar con las construcciones desesperando por su incapacidad y por la falta de ayuda. Me propongo como compañera de juego y juntos hacemos, por sugerencia mía, un puente. El grupo se acerca y así amplían y terminan la construcción del puente, usándolo para un circuito de coches y trenes. A partir de ese momento cooperan en la construcción de objetos que suponen, un lugar común, un encuentro: un salón, una casa.

 

Regreso de las vacaciones. Isidro y Ángela dibujan imitándose, Carlos arma una cama con cojines. Al rato comparten charla, actividad, material y espacio. Daniel entra disgustado, Carlos le ofrece su cama y Daniel se recuesta para aislarse. Todos quieren aviones de papel y los hacen con sus limitaciones, pero ayudándose para tener cada uno, un avión. Visto desde fuera es una danza cada uno con su ritmo, sin invadirse, disfrutando del movimiento propio y del de su avión, así como de él de sus compañeros. Dos detalles: el disfrute cuando el avión toca el cuerpo de otro, preferentemente el mío. Lo señalo como modo de contacto, de hacer tierra. Otro detalle, todos reclaman que los mire, sin superponerse. Los aviones no se dirigen a ningún lugar. Es puro gozo conjunto del movimiento.

No será sino muy lentamente que comenzarán a hacer el trabajo de la latencia en el que los juegos de roles marcarán un acceso al registro de lo simbólico en un espacio donde las identificaciones transitorias darán lugar a tramas dramáticas historizadas.

De las escenas fragmentadas con apenas inclusión de secuencias temporales al desarrollo de una trama organizada los vemos alejarse de las “ecuaciones simbólicas”. Muchas modalidades iniciales coinciden con el “juego en alucinosis” de D. Liberman cuando la experiencia emocional no consigue transformarse en representación mental, sino que toma la vía de la descarga motora o la evacuación sensorial, por falta de continente “mental”.

La triangulación va gestándose tanto intragrupo como desde las intervenciones hechas por un Equipo más amplio.  También cada uno de ellos, en ritmos muy diferenciados por su patología y capacidad de evolución, van conformando un Superyó ambivalente que oscila entre el acatamiento y la rebeldía. En los juegos motrices el grupo avanza, los juegos compartidos, al principio tumultuosos y desordenados, combinaran lo armónico con lo plástico, superando la repetividad. Nuestro trabajo terapéutico es crear enlaces simbólicos allí donde no los hubo, las simbolizaciones de transición” de las que hablaba Silvia Bleichmar.

 

Extracto de la Comunicación libre para el XXI Congreso Nacional de SEPYPNA, del 17 y 18 de octubre del 2008, en Almagro.

Edith Bokler Obarzanek 

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y padres.

Profesora y Miembro de la Comisión Directiva de AECPNA